CHINDITAS

El siguiente es un relato de la primera parte de la segunda invasión Chindita en Birmania, tras las líneas japonesas. El autor del relato es el Grl Michael  Clavert, comandante de una de las brigadas intervinientes en la operación

Invasión desde el aire

  La primitiva intención de la invasión aerotransportada aliada del Norte de Birmania, tal y como se estableció en Quebec, era la de ayudar a las fuerzas chino-norteamericanas del general Stilwell a conquistar Mogaung y Myitkyina y una zona lo bastante al Sur para hacer seguros a dichos centros ferroviarios, a fin de poder abrir una carretera y un oleoducto desde el Nordeste de Assam a Yunnan, en China. Los japoneses tenían veinticinco divisiones en este último país, y los chinos, que habían estado luchando contra ellos desde 1937, estaban cansados de guerra. La principal tarea de Wingate consistía en cortar las comunicaciones de los japoneses que se enfrentaban a Stilwell y la división china sobre el río Saluin, al Este.

El 5 de febrero, el general Bernard Fergusson partió de Ledo, en el valle del Brahmaputra, para marchar hacia Iridaw, una distancia de 575 kilómetros a través de la selva. Comenzó por cruzar el Chindwin superior el 28 de febrero, y halló la progresión por las sierras de Patkai increíblemente dura y muy lenta.

Cuando Fergusson inició su marcha, el plan general preveía que las tres brigadas Chinditas — la 16a (Fergusson), la 77a (Calvert) y la 111a (Lentaigne) — tomarían la pista de aterrizaje de Indaw, y que una división regular, con artillería y blindados, sería aerotransportada allí para conservarla. Fergusson iba a llevar a cabo el ataque original, mientras que Calvert bloquearía los accesos por el Norte y Lentaigne impediría cualquier envío de refuerzos desde el Sur.

Este plan ocupaba naturalmente todos los pensamientos de Fergusson en tanto realizaba su gran marcha al Sur. Pero desde su partida de Ledo al comienzo de la operación aerotransportada el 5 de marzo, habían pasado muchas cosas en ambos bandos, y resultaba difícil que Fergusson saliera airoso.

El jefe de la 16a había completado el cruce del Chindwin para el 5 de marzo, gracias a la utilización de botes neumáticos de goma lanzados por la RAF, y empezado la segunda parte de su larga marcha hacia el Sur.

La noche del 5 de marzo daba comienzo la invasión de Birmania por la ruta del aire. Como general de brigada, yo mandaba entonces la 77a de Infantería india, y estaba encargado de la fuerza transportada en planeadores. El relato de la invasión que aparece a continuación procede de las notas que tomé entonces.

•«Originalmente, mi plan había sido desembarcar mi brigada en dos claros, «Piccadilly» y «Broadway», a fin de conseguir el mayor número posible de soldados la primera noche, antes de que se produjera cualquier reacción japonesa. Wingate había ordenado que ningún avión de reconocimiento volara sobre los lugares de aterrizaje propuestos, una vez elegidos éstos, hasta la última tarde. Cuando nos preparábamos para embarcar, en presencia del general Slim, jefe del Catorce Ejército anglo-indio; del vicemariscal del Aire (general de división) Williams y de otros altos oficiales, un tal comandante Russhon, de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos, se presentó con las fotografías de los dos terrenos de desembarco. Piccadilly había quedado bloqueado por una cubierta de troncos de árbol.

«Hubo una conferencia inmediata. Tras algunas discusiones, Wingate se me acercó y dijo: ‘¿Está preparado para volar a Broadway y Chowringhee?’ (Este último era otro posible lugar de aterrizaje al Este del Irrawaddy.) Wingate continuó diciendo: ‘Si no vamos ahora, no creo que vayamos nunca, ya que tendremos que esperar a la próxima luna y la estación está muy avanzada. Slim y los aviadores desean que vayamos ahora, y todo está dispuesto. ¿Qué le parece? No me gusta ordenarle que vaya si yo no voy. Por el momento, les he dicho que lo pensaría, porque quería conocer su punto de vista’.

«Yo había discutido las posibilidades con mi segundo en el mando, coronel Claude Rome, mientras esperábamos. Rome iba a encargarse del extremo indio mientras yo volaba. Le dije a Wingate: ‘Estoy preparado a llevar a toda mi brigada a Broadway solo, y aceptar las consecuencias de una concentración más lenta, puesto que no deseo dividir mi brigada a ambos lados de Irrawaddy. Este cambio de plan significará volver a dar instrucciones a los tripulantes, pero creo que esto se puede hacer a tiempo si enviamos primero a los que ya han sido informados acerca de la ruta Broadway’. El coronel Cochran, de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos, que estaba con Wingate, dirigía el excelente «Comando Aéreo» norteamericano y era su consejero en materias de aviación, se mostró de acuerdo conmigo. Wingate no se hallaba aún totalmente satisfecho, y el general Slim se acercó y pidió mi opinión. Le dije que cualquier nueva escisión en mi brigada arruinaría mis planes para el ataque al ferrocarril, que constituía el verdadero objetivo de la invasión aérea. Después de todo, nuestro propósito principal era atacar, y los medios para llegar allí resultaban secundarios respecto al ataque en cuestión. Añadí que no creía que se presentara ningún problema. Si las fuerzas aéreas podían desembarcarnos en esos puntos, estaríamos perfectamente. Eso les correspondía a ellas. Slim no hizo ningún comentario y se alejó silenciosamente.

«Wingate vino hacia mí pocos minutos después diciendo: "Toda su brigada va a ir a Broadway como usted quería. Los norteamericanos están reorganizando los horarios y las rutas de vuelo para que todos los planeadores aterricen allí esta noche. Ello puede causar cierta confusión, pero Alison y Cochran dicen que pueden hacerlo. Mucha suerte y acuérdese de comunicármelo’.

«Media hora después despegábamos en doble remolque. En el quinto planeador de la tercera sección íbamos la avanzadilla del cuartel general de mi brigada y yo.

«Al sentarme nerviosamente en el planeador me preguntaba cómo se desarrollaría nuestro plan. No se debía a temeridad que yo dijera que debíamos ir aquella noche. Habíamos reunido tres brigadas de doce mil hombres, dos mil mulos, cañones antiaéreos, abastecimientos, equipo, alambre de espino y otro material diverso. Disponíamos de cinco o seis noches de buena luna para aterrizar. Nuestra concentración de planeadores pronto sería advertida por los japoneses. En mi opinión, si titubeábamos estábamos perdidos. También había muchos que dudaban entre los altos oficiales de los cuarteles generales superiores, que no creían en una operación semejante ni deseaban que se llevara a cabo. No podíamos esperar otra luna. Yo había tenido noticia de que se preparaba una ofensiva japonesa y, una vez que se iniciara, me parecía que habríamos perdido nuestra oportunidad porque podíamos vernos envueltos en la lucha. Entonces nuestra idea, nuestro plan, en el que confiaba plenamente, de penetrar profundamente en las líneas japonesas, donde no había unidades de combate, y de destruir sus comunicaciones o bloquearlas, no se podría ejecutar ni demostrar.

«Todos anhelábamos poner en practicar las ideas y los planes de Wingate.

Pensé también en que nunca se nos volvería a forzar hasta tal extremo, moral, física o materialmente.

«Miré por el portillo del planeador y vi la llanura de Imphal y, luego, más montañas. Cruzamos el Chindwin. Era mi cuarto cruce: dos a nado y otro en bote perseguido por los japoneses. Quizá éste constituía el mejor medio de hacerlo.

«Mi tarea consistía en cortar, y mantener cortadas, todas las comunicaciones de las divisiones japonesas que se enfrentaban a Stilwell, a fin de contribuir a su avance hacia el Sur. Mi plan suponía hacer esto primero mediante el establecimiento de una «plaza fuerte» que sería nuestra base. Una vez que hubiéramos construido una pista de aterrizaje, los Dakotas podrían tomar tierra y despegar y evacuar nuestras bajas al mismo tiempo que nos abastecían. Mi fuerza principal de la 77a Brigada avanzaría inmediatamente desde esa base para bloquear la carretera y el ferrocarril entre Mawlu y Hopin. Una tercera misión tenía por objeto negar el uso del Irrawaddy a los japoneses. En cuarto lugar, el teniente coronel Herring, con su fuerza Dah y el 4°-9° de Gurkhas, iba a cortar la otra ruta que tenían los japoneses en el Norte: la carretera Bhamo-Myitkyina.

«Vi la desembocadura del Kaukkwe Chaung en el Irrawaddy. Era nuestro punto de giro. Viramos al norte. Piccadilly me pareció encantador a la luz de la luna. ¿Cómo sería nuestra recepción en Broadway?

«Luego lo vi debajo. Cortamos el remolque. Hubo un tremendo silencio sú-bito. Nos inclinamos acusadamente al virar y nos dirigimos hacia tierra. Hubo una gran sacudida y despegamos nuevamente, el morro al aire. Un choque; un montante me golpeó en la espalda, y descendimos.

«Me uní a Alison que apagaba las bengalas de petróleo utilizadas para guiar a los planeadores en el descenso. El coronel Scott y su equipo estaba patrullando. Un obstáculo fue que había dos árboles solitarios en medio de la pista principal y varias zanjas que no se apreciaban en las fotografías aéreas; pero resultaron suficientes para eliminar el tren de aterrizaje de los planeadores.

«Mientras Alison y los suyos extinguían las balizas de aterrizaje, el resto de nosotros trataba de despejar la pista a fin de recibir al grueso de los planea-dores. Sin embargo, antes de que pudiéramos hacerlo, oímos con espanto el zumbido de aviones, y más planeadores comenzaron a tomar tierra. Los primeros lo hicieron felizmente, logrando evitar las unidades destrozadas y otros obstáculos; mas muchos de ellos cayeron en las zanjas y quedaron inmovilizados, Luego, otros más chocaron con los que se hallaban parados antes de que fueran desocupados.

«El estrépito de los planeadores y el consiguiente tumulto alcanzaron su apogeo y se apagaron. Se produjo un silencio roto únicamente por los lamentos de los heridos y los gritos de los imposibilitados. La primera oleada había aterrizado. Para entonces yo me sentía exhausto y descorazonado. El oficial de radio del coronel Alison había logrado establecer comunicación con nuestra base en Assam, y Wingate se hallaba al aparato. Se trataba de la primera experiencia del general en cuanto a la soledad del alto mando. Había pasado toda la noche en vigilia preguntándose si los planes daban resultado, y se veía impotente para hacer algo al respecto.

«El general Slim estaba sentado a la mesa con el jefe de Estado Mayor de Wingate, general Derek Tulloch, y mi segundo en el mando, coronel Claude Rome, que organizaba el despegue. Claude me dijo posteriormente que el general Slim era una fortaleza absolutamente tranquila. Yo había convenido con el general Wingate un código por si tenía que hablar con él sin emplear la clave, en caso de urgencia. Había pensado dos conjuntos de palabras. Si todo iba bien, enviaría el mensaje: «Salchicha de cerdo». Y si las cosas se presentaban mal, el mensaje sería: ‘Soya Link’. (Soya Link era una especie de sucedáneo de salchicha, a base de soja, que, en nuestra opinión, suponía lo peor que nos podía ocurrir si la recibíamos en nuestras raciones durante el período de instrucción y adiestramiento).

«Yo sabía que muchos de la primera oleada no habían aparecido. Vi bastantes soldados muertos o heridos. La ruta de los planeadores aparecía sembrada de aparatos destrozados. Una segunda oleada se disponía a despegar. No se podía confiar en nuestras comunicaciones con la base. Y envié el fatídico mensaje: ‘Soya Link’.

«Alison y yo echamos un vistazo a nuestro alrededor y evaluamos nuestros triunfos y nuestras pérdidas. Los totales sobre el terreno ascendían a treinta muertos y veintiún heridos, incluidos soldados británicos y tripulaciones aéreas, y personal de ingenieros norteamericanos. De los 54 planeadores que despegaron, 37 habían aterrizado en Broadway, seis cayeron en manos japonesas en territorio ocupado en Birmania y el resto se vio forzado a tomar tierra en terreno británico en Assam. Supe, al pasar lista, que tenía 350 hombres en total bajo mi mando y dispuestos a luchar.

«Aproximadamente la mitad de los pasajeros y tripulaciones de los planea-dores que habían hecho aterrizajes forzosos en Birmania lograron regresar felizmente a la India o marchar hacia nosotros en Broadway. El personal de un planeador a las órdenes del teniente coronel Peter Fleming tomó tierra cerca de un puesto de mando japonés. Tras llevar a cabo una acción de diversión, que hizo creer a los nipones que constituían el objetivo de aquel desembarco aéreo, Fleming condujo a su grupo en el recorrido de 160 kilómetros de regreso a la India, perdiendo sólo un hombre en el cruce del Chindwin. Todos los que volvieron tomaron inmediatamente un avión para reintegrarse a sus unidades, ahora en Birmania.

«En Broadway, el teniente Brockett, al mando de los ingenieros, descubrió que además de sus dos explanadoras, intactas, tenía un jeep con raedera y unos siete hombres. Otro oficial con sus soldados habían perdido la vida. Días antes, en el adiestramiento, un tercer oficial y su grupo perecieron en un planeador. Al romper el día, Brockett vino a informarme y dijo que disponía de bastante equipo si yo le podía proporcionar mano de obra para terminar por la tarde una pista de aterrizaje para los Dakotas. Tanto Alison como yo sentíamos ciertas dudas, pero confiando en ello y tras ver a la luz del día todo lo que era posible y lo que no lo era, envié un ilusionado mensaje «Bachicha de cerdo» a la India y hablé después con el general Wingate.

«Aún me sentía apesadumbrado por el número de planeadores perdidos, pero cuando supe que muchos habían aterrizado en la India porque no pudieron superar las montañas, comprendí que nuestras pérdidas no eran tan grandes como había pensado. Un hábil oficial despegó tres veces en planeadores distintos y en cada ocasión el piloto se estrelló o tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en las cercanías. El personal de un planeador había tomado tierra cerca de un puesto de mando británico, y sus pasajeros y tripulación, que creyeron haber caído en medio de los japoneses, mantuvieron a raya a tropas de su país hasta el amanecer, pensando que se trataba del enemigo.

«Sesenta y seis oficiales y soldados desaparecieron y no volvieron. Algunos de ellos quizá fueron hechos prisioneros. Sin embargo, hubo un dividendo inesperado. Muchos de estos planeadores aterrizaron entre fuerzas japonesas que se dirigían a atacar Imphal y Kohima. La caída de los aparatos causó completa confusión al enemigo, y algunas tropas interrumpieron su marcha. Tardaron algún tiempo en enterarse de nuestro paradero y de la cuantía de nuestros efectivos.

«Durante aquel día, mientras Alison montaba su organización en tierra para guiar por la noche a los aviones, yo establecí mi puesto de mando. Había elegido un punto para la defensa de Broadway en una península de árboles que se proyectaba hacia el llano abierto. Allí le dije a Scott que cavara, mientras enviaba patrullas en todas direcciones con fines de reconocimiento. Una agra-dable corriente de agua atravesaba la zona.

«A mitad del día llegaron doce avionetas a las órdenes del comandante Rabori, de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos. Yo había estado preocupado por nuestros heridos, a quienes posiblemente no podríamos llevar si éramos atacados. Cada uno de nosotros disponía de raciones para siete días. Si podíamos evacuar a los heridos, yo me sentiría feliz de luchar o de marchar si las cosas se ponían mal.

«El comandante Rabón se ofreció galantemente a llevarse a los heridos, lo que significaba volar 650 kilómetros a plena luz sobre territorio enemigo y con unos pilotos que no habían estado anteriormente en Birmania. Rozando los árboles y fijando una juiciosa ruta por encima de la selva, todos los aviones volvieron felizmente. Este fue nuestro primer contacto con los valerosos pilotos de las avionetas norteamericanas.

«Brockett y sus hombres trabajaron sin descanso durante todo aquel día. Alison había estado en comunicación con Assam. Una hora después del crepúsculo, el general de brigada Oíd, de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos, llegó con el primer contingente. Sesenta y tres Dakotas más aterrizaron esa noche bajo el excelente control aéreo de Alison y su equipo.

«Elegimos emplazamientos para la artillería de campaña y la antiaérea, que iba a llegar la noche siguiente. A partir de entonces, y durante los próximos días, más de un centenar de aviones Dakota tomaban tierra cada noche. No hubo accidentes, ni actividad enemiga, ni informes de patrullas adversarias.

«El general Wingate aterrizó la segunda noche. Le llevé de inspección y se mostró satisfecho. Tras un contra-tiempo inicial sus planes se desarrollaban perfectamente.

«También, durante aquellas primeras noches, la 111a Brigada de Infantería india del general Joe Lentaigne tomó tierra en Chowringhee, al Sur de nosotros y al otro lado de Irrawaddy.

«En pocos días, los Chinditas tenían doce mil hombres y dos mil muías, gran cantidad de equipo y baterías de campaña y antiaéreas, todo ello bien afincado detrás de las líneas enemigas.

«Como dijo Wingate, ‘estábamos ahora en las entrañas del adversario’».

Establecimiento de White City

«A medida que aterrizaban los batallones de la 77a Brigada, eran conducidos por guías a sus zonas de concentración. Al mediodía siguiente las columnas iniciaban su marcha hacia el objetivo, el ferrocarril.

«En el curso del adiestramiento, estas columnas habían recorrido centenares de kilómetros, y cada soldado y cada mulo sabían cuál era su puesto en la columna y al vivaquear por la noche.

«Yo había reconocido en dos ocasiones la vía férrea en un bombardero B-25 Mitchell, desde la zona del nudo ferro-viario de Indaw a Hopin. Y descubrí dos posibles puntos para bloquear la carretera y el ferrocarril. Uno se hallaba en Nansiaung, a mitad de camino entre Mawlu y Mawhun. El otro estaba donde había una serie de pequeñas colinas semejantes a toperas, justamente al Norte de Mawlu. En Nansiaung se encontraba una eminencia dominante cubierta de vegetación. En Henu, al Norte de Mawlu, la serie de colinas ofrecía una buena posición defensiva, porque los pequeños valles entre ellas podían proporcionar cobertura a todos nuestros servicios auxiliares, como mulos, equipos de radio, sanidad, etcétera.

«Mi plan suponía que una columna de los Fusileros de Lancashire, a las órdenes del comandante Shuttleworth, avanzara sobre la carretera y el ferrocarril al Sur de Mawlu, en las cercanías de Pinwe, y hostigara y volara la comunicación ferroviaria en esa zona. La otra columna del mismo Regimiento, bajo el mando del coronel Christie, haría lo mismo en las proximidades de Mawhun y Kadu. Serían éstas incursiones de di-versión para mantener ocupadas a las guarniciones japonesas de Indaw y Mohnyin, mientras montábamos entre ellas el obstáculo principal.

«Esto me dejaba dos batallones y el Cuartel general de la brigada para dicho obstáculo. Los del 3°-6° de Gurkhas del comandante Shaw (tal era su graduación entonces) se dirigieron a Nansiaung, mientras el teniente coronel Richard y el comandante Degg, del regimiento South Staffordshire, avanzaban sobre Henu. Mi Cuartel general de brigada y la compañía defensiva de ésta, del capitán MacPherson, les siguieron. «En la alta escarpa de Rit Pun recibí confirmación de que Shaw había tenido una escaramuza con el enemigo en Nansiaung, cuya estación parecía estar ocupada por los japoneses. Así que dispuse que el coronel Skone, que mandaba el 3°-6° de Gurkhas, avanzara con su columna para reforzar a Richard e instalar el obstáculo en Henu inmediatamente. Dije al comandante Shaw que se reuniera conmigo en el valle como reserva próxima a la obstrucción, y que observaríamos cómo se desarrollaban los acontecimientos.

«Las dos columnas de Fusileros de Lancashire al Norte y al Sur de nosotros habían tenido dificultades al atravesar la jungla, y yo no tenía aún conocimiento de si se había bloqueado el ferrocarril para impedir que vinieran refuerzos hacia nosotros con destino a la obstrucción. Al acercarnos a ésta oímos intenso fuego. Recibí entonces un mensaje de que Christie había entrado también en acción y volado la vía férrea en Kadu.

«La radio me informó de la situación en Henu. Degg llegó primero a la línea del ferrocarril y pidió que le lanzaran suministros para la consolidación, especialmente alambre de espino, picos y palas y gran cantidad de municiones y alimentos. Por desgracia, el procedimiento de lanzar no funcionó bien esta vez, y muchos de los pertrechos cayeron en una ladera próxima a donde nosotros estábamos, y hasta una semana después no pude recuperarlos mediante un equipo de elefantes que habíamos incautado.

«A Degg se habían unido rápidamente Skone y Richard. Empezaron a cavar con lo que tenían: cuchillos indígenas, como el kukri, y bayonetas. La operación de Freddye Shaw en Nansiaung había entretenido a los japoneses en aquella zona, permitiendo así que se consolidara la obstrucción, al menos por el momento. El 14 de marzo decidí avanzar con las fuerzas de plana mayor de mi brigada y la columna de Shaw. Alcanzamos una pequeña colina desde donde podíamos ver Mawlu, Henu y la línea férrea. Los japoneses parecían ocupar otra colina semejante con una pagoda en la cumbre, y Ron Degg la ladera anterior de un cerro que se alzaba frente a ella al Norte. En medio había un pequeño valle, y todo hacía suponer que los japoneses avanzaban valle arriba hacia la selva sobre el flanco izquierdo de Degg. Yo me había adelantado con un pequeño grupo, en el que figuraban Shaw, en comandante Bobby Thompson, mi primer oficial de la RAF, el cabo Young mi asistente, un chino de Hong-Kong, y el cabo Paddy Dermody, mi ordenanza del Ejército irlandés. Le dije a Shaw que cruzaríamos corriendo el valle para establecer contacto con Ron Degg, y que éste iba a subir el resto de los gurkhas, con la compañía de MacPherson, y que acatase cualquier cosa que él hiciera.

«Atamos nuestros mapas, impresos en pañuelos de color naranja, a un largo palo que yo llevaba, y los cuatro cruzamos el valle a la carrera, tras las líneas japonesas, hacia donde la columna de Ron Degg cavaba trincheras. Como los picos y palas que esperaban habían caído en las colinas a varios kilómetros de distancia, sus estrechas trincheras eran poco profundas, y ya habían sufrido cierto número de bajas en las desnudas laderas. Yo me había dado cuenta, al venir desde el flanco que proporcionaba una buena observación, que los japoneses no disponían de grandes efectivos, pero también que los de South Staffordshire se hallaban en una posición muy expuesta. Así que me puse en pie y ordené a los hombres de este regimiento que calaran bayonetas y atacaran la colina de la pagoda. Mis órdenes no fueron comprendidas inmediatamente en el fragor de la lucha, ya que eran además un tanto inusitadas. No obstante, las repetí y comencé a bajar cautelosamente por la ladera con mi pequeño grupo. Los South Staffords comprendieron pronto lo que quería decir. Calaron bayonetas y nos rebasaron lanzados a la carga.

«Subirnos unos diez o doce metros hasta la cima de la colina de la pagoda, donde se hallaban los japoneses. En vez de permanecer tendidos en el suelo (no había trincheras) y disparar contra nosotros, siguieron alocadamente nuestro ejemplo y cargaron al grito de Banzai. Oí descargas en mi flanco izquierdo, donde Shaw con sus gurkhas combatía con los japoneses que habían intentado infiltrarse en la posición del South Staffordshire.

«En la cumbre de la pagoda de la colina, no mucho mayor que dos campos de tenis, se desarrollaba una escena asombrosa. La pequeña pagoda blanca se hallaba en el centro de la colina. Entre ella y la ladera que remontábamos tenía lugar una melee de South Staffords y japoneses, que se acribillaban a bayonetazos en lucha personal, mientras otros japoneses se limitaban a lanzar granadas desde los flancos. Young, Dermody y Thompson se acercaron para protegerme todo lo posible de los japoneses. A corta distancia vi cómo un oficial nipón cortaba un brazo al teniente Cairns y recibía un balazo de éste. Cogió la espada, aunque su axila era un surtidor de sangre, y empezó a dar tajos a los japoneses que le rodeaban, hasta caer al suelo. Me arrodillé y le ha¬blé antes de que expirara, justo cuando el enemigo era rechazado detrás de la pagoda. Cinco años después recibió la Cruz Victoria (máxima recompensa británica al valor) a título póstumo.

«Empujamos a los japoneses detrás de la pagoda y hubo una breve pausa, mientras se lanzaban granadas hacia atrás y hacia adelante. Freddie Shaw apareció en ese momento y dijo: «Tengo seis pelotones de gurkhas a su disposición, señor». Los japoneses nos gritaban en inglés, así que puse en práctica una pequeña treta. Chulé a los South Staffords que ‘los retiraríamos en esa dirección’, y señalé un lado de la pagoda, y a ‘los gurkhas en aquel lado’. Lo repetí y ellos comprendieron. Cuando grité: «¡Ahora!», los South Staffords corrieron por un lado de la pagoda y los gurkhas por el otro, y en pocos minutos los sorprendidos japoneses fueron expulsados de la cumbre hacia la localidad de Henu, que se hallaba abajo. Allí les siguieron los gurkhas y les sacaron de las casas, hasta que desde la cima pudimos ver cómo los japoneses comenzaban a arrastrarse por el seco arrozal.

«Tenía ahora el 3°/6° de Gurkhas y a los South Staffords en la obstrucción, junto con la plana mayor de mi brigada y la compañía de defensa. Tras haber explicado a la base que los suministros de consolidación se habían extraviado, la noche siguiente recibimos una buena cantidad de alambre de espino, munición de mortero y de ametralladora y raciones extra para el caso de que nos sitiaran. Esta obstrucción en las principales líneas de comunicación —carretera y ferrocarril— de las fuerzas japonesas que se enfrentaban a Stilwell en Moguang y Myitkyina se hallaba situada idealmente alrededor de una serie de colinas de nueve a quince metros de elevación con numerosos valles pequeños intermedios y agua al Norte y al Sur. Incorporé la localidad de Henu a nuestra área defendida para que pudiéramos tener un buen campo de tiro a través del arrozal, al Sur. También incluí en el perímetro lo que denominábamos «Colina OP», un accidente de terreno apenas más alto que nuestras colinas, para que nos permitiera una buena observación. Dicho perímetro te-nía ahora unos mil metros de longitud, principalmente siguiendo el ferrocarril, y ochocientos de profundidad.

«Entre tanto, las otras columnas no habían estado inactivas. La de Christie, al Norte, voló un puente en Mawhun. El comandante David Monteith se situó en el Irrawaddy con un centenar de hombres de los Fusileros de Lancashire y paralizó todo el tráfico. La columna de Shuttleworth había llegado a la carretera en Pinwe. Al alcanzarla vio que por ella venían algunos camiones japoneses con tropas, y les tendió una emboscada inmediatamente. Esta se completó por algunos Mustangs, cuya colaboración pidió Shuttleworth para terminar la destrucción. Se hicieron numerosas bajas. Supimos luego por unos diarios que los camiones pertenecían a un batallón que se disponía a atacarnos en el plazo de dos días. Se sembraron minas en la carretera al Sur de Mawlu, operación realizada por uno de los comandos gurkhas.

«Entre el 18 y el 21 de marzo comenzaron las patrullas japonesas a tantear nuestras defensas, y nos causaron un par de bajas. Reunimos algunas de las suyas con fines de identificación, pero los muertos no llevaban documentos ni insignias. Dedujimos de ello que probablemente pertenecían a un batallón veterano. Hicimos una pista para avionetas entre las colinas y el terraplén de la línea férrea. Así quedaba protegida del fuego casi en todas direcciones, y los aviones podían llegar y evacuar heridos sin constituir un blanco mientras estaban en tierra.

«White City se organizaba de este modo para la defensa con nuestras columnas móviles al Norte y al Sur de nosotros. Teníamos ahora dos mil hombres en la obstrucción y gran cantidad de víveres y municiones. Muchos de los paracaídas empleados para lanzar su-ministros se enredaron en los árboles y no se podían recuperar. Me preguntaron cómo llamaríamos a la obstrucción con fines de identificación y, debido a esos paracaídas, contesté que la denominaría «The White City» (La ciudad blanca).

«Cada puesto de mando de compañía y pelotón disponía entonces de alambrada de espino; se tendieron y enterraron líneas telefónicas; se almacenó la reserva de agua; se coordinó y perfeccionó lo relativo a morteros y ametralladoras; todos los sectores se hallaban bien abastecidos de municiones y granadas de mano. Los médicos prepararon un centro para la selección de bajas.

«Destaqué una compañía como «compañía móvil» para que efectuara breves patrullas en torno a la obstrucción, fuera de la alambrada del perímetro, que se mantendría en comunicación conmigo por medio de la radio, a fin de que pudiera atacar por la retaguardia a cualquier enemigo que hostilizara el obstáculo. Era una tarea terrible para los nervios de sus componentes, por lo que la compañía se relevaba con frecuencia. La compañía de defensa de MacPherson guarnecía la un tanto aislada ‘Colina OP’. Utilizábamos los envases que venían en paracaídas: los llenábamos de tierra y hacíamos muros, para proteger a nuestros mulos y caballos, así como la enfermería central. Durante el día podíamos disponer de los Mustang de Cochran a las dos horas y media de solicitarlo. El lanzamiento de suministros se producía casi cada noche. Estábamos preparados para un asedio.

«A las siete menos cuarto de la tarde del 21 de marzo, gritos y estallidos de granadas en el sector Norte fueron la primera señal de un ataque importante. El enemigo se precipitó contra la sección avanzada haciendo como si sus soldados fueran gurkhas y exclamando: ‘Hola, Johhny’, Alto el fuego’, ‘De acuerdo, Bill’, ‘Retiraos ahora, somos gurkhas’. Esto hizo que los defensores suspendieran momentáneamente el fuego, pero no por mucho tiempo. Los japoneses lograron poner pie en las posiciones de dos pelotones en el sector del coronel Richard, sufriendo pérdidas muy duras por el fuego a quemarropa y el de los morteros de 75 milímetros. Habíamos puesto en acción nuestra barrera coordinada de fuego de mortero cuando él nos dio la señal de peligro.

«La lucha continuó hasta las dos o las tres de la madrugada. Los japoneses habían montado para entonces dos ametralladoras ligeras dentro de nuestras líneas y gritaban continuamente muy cerca de nosotros. Richard me pidió dos pelotones para el contraataque. Le mandé dos de comandos con lanza-llamas, que se deslizaron por el borde occidental para unirse a él. Al amanecer, Richard lanzó un frenético contraataque y una carga a la bayoneta que dirigió personalmente. Puso en fuga o dio muerte a muchos, pero resultó herido en el pecho. Me puse en contacto con Shaw, que estaba con nuestra compañía móvil, y atacó a los japoneses por la retaguardia.

«Yo me adelanté a observar los resultados. Los japoneses habían alcanzado nuestro hospitalillo, donde los capitanes Cheshire y Thorne, de Sanidad Militar, se ocupaban valientemente de los heridos, "pero no intervinieron.

«Delante de nosotros se alzaba la Colina Desnuda. Era un pequeño otero donde se habían talado todos los árboles, cuyos troncos, desprovistos de ramas, yacían en la tierra pelada. Cuando Paddy Dermody, Young y yo subíamos por ella, a la que se suponía limpia de enemigos, Paddy gritó: ‘Al suelo’, me dio un empujón y cayó alcanzado en la ingle. Había un japonés herido al otro lado de un tronco. Le vacié mi revólver y dirigí a los gurkhas hacia la colina. Allí dieron muerte a once nipones. Los japoneses a veces se hacían pasar por muertos y luego disparaban a los oficiales por la espalda. Por ello, siempre clavábamos las bayonetas en cualquier cuerpo que no estuviese muerto sin lugar a dudas, sólo para asegurarnos.

«En el curso de la mañana reparamos nuestras defensas y tomamos medidas para otro ataque. Yo había pedido apoyo aéreo para castigar las colinas, doscientos metros al Norte de nosotros, donde los restos de las tropas japonesas se habían atrincherado un tanto al azar. Vimos cómo un japonés saltaba por el aire y caía sobre un árbol. Otras bombas hicieron volar las hojas y descubrieron cuerpos de francotiradores atados a los troncos.

«Los japoneses que nos atacaron pertenecían a compañías del 3ef. Batallón del 114° Regimiento de la 18a División, la que se enfrentaba a Stilwell.

«Habíamos aprendido muchas lecciones importantes de este encuentro. Nuestros lanzallamas personales habían demostrado su eficacia, pero, por desgracia, los que los manejaban sufrieron cuantiosas pérdidas. El control centralizado del fuego de mortero resultó de gran eficiencia y abortó completamente un ataque cerca de la esquina Nordeste, donde hallamos muchos más cadáveres, algunos días después, en la espesa selva. Nuestra alambrada no era lo bastante gruesa, pero eso se remedió rápidamente. Las trampas explosivas montadas en ella dieron resultado y causaron numerosas bajas a los japoneses.

«Nuestro sistema telefónico a todas las posiciones en torno al perímetro se había demostrado insustituible, y cualquier sector podía pedir apoyo de mortero en cualquier momento.

«Pasamos revista al difícil papel de la compañía móvil. Descubrimos que o bien tenía que estar bastante cerca del perímetro al trabar combate en condiciones muy difíciles y sin la protección de las alambradas, o adentrarse más, lo que supondría que no se la podría dirigir fácilmente y a tiempo contra el enemigo. Decidimos que la compañía móvil debería intentar hallar la base del ene-migo o sus emplazamientos artilleros y atacarlos mientras las tropas de éste es-tuvieran ausentes, y no mezclarse en la inmediata batalla en el perímetro.

«Wingate visitó la obstrucción el 25 de marzo. Me habló del ataque japonés sobre Tiddim, Imphal y Kohima, y que el IV Cuerpo de Ejército en la zona de Imphal estaba en el mismo estado, y que él había tenido dificultades en conseguir que se nos abasteciera adecuadamente. Dijo también que el avance de Stilwell se hacía más lento a causa de la embestida japonesa hacia Kohima, que amenazaba sus propias comunicaciones por ferrocarril, y que no quería comprometerse demasiado por si tales comunicaciones eran, a su vez, cortadas. Esto aminoraba el efecto de nuestro corte de las vías de abastecimiento japonesas, porque la lucha había cesado en el extremo de ellas.

«Me mostró mensajes de felicitación de Churchill y Roosevelt por su magnífico logro de situar doce mil hombres en las ‘entrañas del enemigo’. Wingate había contestado que, con tres escuadrones de Dakotas, podía tomar el norte de Birmania en unos pocos meses. Llegaron los escuadrones e hicieron logísticamente posible la conquista de la citada zona en los seis meses siguientes, pero seis meses después de la muerte del general Orde Wingate. Esta era la última vez que iba a verle. Visitó cada parte de White City y el perímetro, e hizo mucho por la moral de las tropas. Tenía algo que decir a cada uno, y una y otra vez ofrecía buenos consejos tácticos. Por último se despidió de nosotros: ‘Tened ánimo y yo cuidaré de que no carezcáis de nada’».

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s