PUENTE PEGASUS 2

DÍA D: DE LAS 00.16 A LAS 00.26 HORAS

Wallwork luchaba para dirigir su inmenso pájaro de madera, mientras sobrevolaba la costa del Canal, a ras de horizonte, sin ser visto. Intentaba controlar el momento exacto en el que el Horsa perdía su lucha contra la gravedad. Wally Parr lanzó una mirada a través de la puerta abierta y «Dios mío, los árboles pasaban a ciento cincuenta kilómetros por hora. Simplemente cerré los ojos y respiré hondo». Wallwork vio el puente surgiendo amenazante frente a él, el suelo aproximándose a toda velocidad, árboles a su izquierda y un estanque pantanoso a su derecha. Vio la alambrada de espino, claramente frente a él. Estaba yendo demasiado rápido y corría el riesgo de estrellarse contra el terraplén de la carretera. Iba a tener que utilizar el paracaídas, perspectiva que le horrorizaba: «No nos gustaban nada esas cosas. Sabíamos que era muy peligroso; en realidad, no eran más que artilugios que nunca habían sido puestos a prueba». Pero si quería detenerse a tiempo, tendría que utilizar el paracaídas.

Al mismo tiempo, le preocupaba que el paracaídas lo frenara demasiado rápido y lo dejara demasiado lejos de su objetivo. Quería recorrer tanta zona de aterrizaje como fuera posible y, si podía, atravesar la alambrada, «no porque Howard quisiera que así lo hiciera, tampoco porque yo fuera especialmente valiente o tremendamente hábil, sino porque no quería que me diera por detrás el planeador número dos o el número tres que venían detrás de mí».

Cuando las ruedas tocaron el suelo, Wallwork le gritó a Ainsworth: «¡Ábrelo!». Ainsworth apretó el botón, el paracaídas se hinchó como una nube, «y dios mío, levantó la cola y empujó hacia abajo la rueda del morro». Entonces todo el planeador se elevó un poco en el aire, y las tres ruedas se desprendieron. «Pero el paracaídas nos tiró hacia atrás, bajó mucho la velocidad de vuelo, de modo que en dos segundos o menos le dije a Ainsworth: «Deshazte de él», y Ainsworth accionó el interruptor, el paracaídas se desprendió y seguimos avanzando a unos noventa y cinco kilómetros por hora».

El Horsa volvió a tocar tierra, esta vez con sus patines. Lanzó cientos de chispas por la fricción con el suelo; Howard y el resto de los pasajeros pensaron que eran balas trazadoras; que habían sido vistos y les estaban disparando. Y de repente, recuerda Howard, «se produjo el estrépito más infernal que puedas imaginarte, la colisión más impresionante».

El morro se había empotrado en la alambrada y la había derribado. Como consecuencia del choque, Wallwork y Ainsworth atravesaron volando el cristal delantero, atados aún a sus asientos, que se habían desprendido de sus anclajes. Quedaron fuera de la cabina, en el trozo de tierra que había justo debajo de ella. De esta manera, fueron los primeros soldados aliados en tocar territorio francés el Día D. Sin embargo, ambos habían quedado inconscientes.

Dentro del planeador, los soldados, los zapadores y el comandante de la compañía también estaban todos inconscientes. El cinturón de seguridad de Howard se había roto y había salido disparado contra el techo, golpeándolo con el casco y perdiendo el conocimiento.

Excepto por algún que otro tenue gemido, reinaba un silencio absoluto. El soldado Romer, que se paseaba de un lado a otro del puente, oyó el estruendo, pero supuso que sería un trozo de ala o de cola de algún bombardero británico (acontecimiento por otro lado bastante habitual) y siguió caminando.

Lo de la Compañía D era verdaderamente sorprendente. Wallwork y Ainsworth habían situado al 1er Pelotón exactamente donde se suponía que tenían que hacerlo. Habían representado su papel de forma realmente magnífica.

Sin embargo, todos sus pasajeros habían quedado inconscientes. Romer estaba girando por el extremo oeste del puente para comenzar a caminar hacia el este. Si llegaba a ver allí al planeador, que no estaba ni siquiera a cincuenta metros del extremo este del puente, y daba la voz de alarma, y si sus compañeros se despertaban lo suficientemente rápido, el 1er Pelotón podría ser fácilmente aniquilado dentro del Horsa.

A los hombres del planeador les pareció luego que debieron haber estado inconscientes durante varios minutos. Cada hombre luchó por recobrar el conocimiento, vagamente consiente de que tenía que cumplir con su deber y de que su vida estaba en peligro. A todos y cada uno de ellos les pareció que para despejar su mente y seguir con la misión habían necesitado mucho tiempo. Según recuerdan todos, transcurrieron varios minutos, algunos dicen tres minutos, y otros hasta cinco.

En realidad, volvieron en sí en ocho o diez segundos. Fue un momento crítico, el resultado de tantas horas, tantas semanas, tantos años de entrenamiento. Su excelente estado físico les permitió ponerse en marcha, todos sacudieron sus cabezas, se despejaron, y se pusieron alerta, ansiando continuar. Pocos boxeadores de pesos pesados hubieran podido recuperarse con tanta rapidez de semejante golpe.

Luego, lo que comenzó a dar sus frutos fue el intenso entrenamiento: automáticamente se quitaron los cinturones de seguridad, atravesaron la puerta destrozada o salieron de un salto por la parte de atrás. Una vez más, a Parr, Bailey, Gray y los demás les pareció que reinaba el caos, chocando todos entre sí en busca de una salida. Pero, de hecho, ésta fue rápida y tranquila.

Howard pensó que estaba muerto o ciego, hasta que levantó su casco y se dio cuenta de que podía ver y de que estaba bien.

Sintió un gran alivio y observó con orgullo cómo el 1er Pelotón salía del planeador. Howard salió de un salto y vio el puente ante él y el alambre de espino aplastado bajo sus pies. No había disparos. Se sintió estimulado. «Dios bendiga a esos pilotos», pensó.

No se dijo ni una palabra en voz alta. Brotheridge buscó a Bailey y le dijo, susurrándole al oído: «Pon en marcha a tus muchachos». Bailey y otros dos tenían que ocuparse de destruir el fortín de las ametralladoras. Se pusieron en marcha. Luego Brotheridse reunió al resto de su pelotón y les susurró: «Vamos, muchachos», y comenzó a correr hacia el puente.

En ese momento, aterrizó el planeador n.° 2, exactamente un minuto después del planeador n.° 1. Oliver Boland era el piloto. Podía ver el Horsa de Wallwork delante del suyo, «y no quería estrellarme contra él», de modo que Boland utilizó su paracaídas y apretó con fuerza sus frenos aerodinámicos, obligando de este modo a su Horsa a acercarse al suelo. Tuvo que virar bruscamente para evitar chocar contra el planeador de Wallwork, y al hacerlo rompió la parte de atrás de su planeador. Se detuvo justo en el borde del estanque, temblando un poco, pero consciente. Les dijo a sus pasajeros por encima del hombro: «Ya estamos aquí, moveros y haced lo que os pagan por hacer».

El jefe del pelotón, David Wood, había sido lanzado fuera del planeador por el impacto. Llevaba con él un montón de granadas, y su Sten, con la bayoneta calada (las bayonetas habían sido afiladas en Tarrent Rushton, un gesto demasiado dramático por parte de John Howard, según pensaban muchos de sus hombres). Su pelotón se reunió alrededor de él, exactamente como se suponía tenía que hacerlo, y fue hasta donde estaba esperando Howard, junto a la alambrada.

Howard y su operador de radio, tumbado en el suelo, acababan de recibir los disparos de un fusilero que estaba en las trincheras al otro lado de la carretera. Howard le susurró a Wood: «Misión número tres». Eso significaba despejar las trincheras del lado noreste, al otro lado de la carretera. Según Howard, «como una jauría de perros de caza, el pelotón de Wood lo siguió hasta el otro lado de la carretera y entraron en acción». En ese momento aterrizaba el planeador n.° 3.

Al igual que el planeador n.° 1, el n.° 3 rebotó con su paracaídas, se deshizo de él, y aterrizó con sus patines provocando una estruendosa colisión. El doctor Vaughan, que estaba sentado justo detrás de los pilotos, salió volando por la cabina; su último pensamiento fue lo tonto que había sido al ofrecerse como voluntario para estos malditos planeadores. Terminó a algunos metros del morro del planeador, totalmente inconsciente, tardó casi media hora en recobrar el conocimiento.

El teniente Sandy Smith estaba a su lado. «Salí disparado como una bala y pasé por encima de los pilotos, atravesándolo todo, y aterricé frente al planeador». Estaba aturdido, cubierto de lodo, había perdido su subfusil Sten, y «realmente no sabía qué demonios estaba haciendo». Incorporándose sobre sus rodillas, Smith levantó la mirada y vio el rostro de uno de sus jefes de sección. «Bueno —dijo el cabo en voz baja—, «¿qué estamos esperando, señor?»

«Y en ese momento —dice Smith analizando el suceso cuarenta años después—, fue donde entró en juego el entrenamiento.» Se puso de pie tambaleándose, cogió un subfusil Sten, y comenzó a avanzar hacia el puente. Media docena de sus muchachos seguían atrapados dentro del planeador estrellado; uno de ellos se ahogó en el estanque, la única víctima del aterrizaje. Eran las 00.18 horas.

En el prostíbulo de Bénouville, el soldado Bonck acababa de desatarse los cordones de las botas. En el puente, el soldado Romer acababa de pasar junto a su compañero centinela y se acercaba al extremo este. Brotheridge y su pelotón subieron el terraplén a toda prisa. Cuando dispararon contra Howard rompiendo el silencio, Romer vio aparecer veintidós soldados de las fuerzas aerotransportadas británicas, según él, literalmente de la nada. Con sus guerreras de combate camufladas y sus rostros grotescamente ennegrecidos, daban una espeluznante sensación, mezcla de salvajismo y civilización. La parte de civilización representada por los subfusiles Sten, las ametralladoras Bren, y los fusiles Enfield que llevaban en las caderas, preparados para disparar.

El grupo más decidido con el que Romer jamás se había topado se le acercaba con paso rápido. Éste pudo ver en un instante, por la forma en que los hombres llevaban las armas, por sus miradas y por el modo en que sus ojos se movían de un lado para otro, muy blancos tras las negras máscaras, que eran asesinos muy bien entrenados, decididos a salirse con la suya esa noche. ¡Quién era él para enfrentarse a ellos!, un simple colegial de dieciocho años que apenas sabía cómo disparar su fusil.

Romer giró sobre sus talones y comenzó a correr, una vez más hacia el extremo oeste, gritándole «¡Paracaidistas!» al otro centinela al pasar junto a él. Ese centinela sacó su pistola Verey y disparó una bengala; Brotheridge le disparó con su Sten y lo eliminó. Acababa de morir el primer alemán en defensa de la Fortaleza europea de Hitler.

Simultáneamente, Bailey y sus camaradas lanzaban granadas a través de las troneras del fortín de las ametralladoras. Hubo una explosión, luego grandes nubes de polvo. Cuando se despejó, Bailey no encontró a nadie dentro. Corrió hasta el otro lado del puente, para tomar su posición junto al café.

Para entonces, los zapadores estaban comenzando a inspeccionar el puente en busca de explosivos, y ya estaban cortando mechas y cables.

El sargento Hickman conducía hacia Le Port y estaba a punto de llegar a la bifurcación, en la que giraría hacia la izquierda para cruzar el puente, cuando oyó la Sten de Brotheridge. Le dijo a su conductor que se detuviera. Inmediatamente supo que era una Sten. (Hoy dice que la Sten y la Bren tenían velocidades de disparo diferentes, fácilmente reconocibles, y agrega que ambas eran notablemente inferiores a sus homologas alemanas.) Cogiendo su Schmeisser, Hickman les hizo una señal con la mano a dos de sus hombres para que se colocaran en el lado derecho de la carretera que llevaba al puente, mientras que él y los otros dos soldados avanzarían por el lado izquierdo.

El grito de Romer, la pistola Verey, y el subfusil Sten de Brotheridge se combinaron para poner en alerta a los soldados alemanes que manejaban las ametralladoras y a los que estaban en las trincheras a ambos lados del puente. Los soldados, todos conscriptos extranjeros, comenzaron a alejarse poco a poco, pero los suboficiales, todos alemanes, abrieron fuego con sus MG 34 y sus Schmeisser.

Brotheridge, casi al otro lado del puente, sacó una granada de su macuto y la lanzó a la ametralladora que tenía a su derecha. Al hacerlo, fue alcanzado en el cuello por una bala. Justo detrás de él, también corriendo, venía Billy Gray, con su ametralladora Bren en la cadera. Billy también le disparó al centinela con la pistola Verey y luego comenzó a disparar contra las ametralladoras. La granada de Brotheridge explotó, destrozando la posición en la que se encontraba una de las ellas. La Bren de Gray y los disparos de otros que cruzaban el puente, eliminaron a la otra ametralladora.

Gray estaba de pie en uno de los extremos del puente, en la esquina noroeste. Brotheridge estaba tumbado en medio del puente en el extremo oeste. Otros hombres de la sección corrían sobre el puente. Wally Parr estaba con ellos y Charlie Gardner iba a su lado. Parr se detuvo de repente en el centro del puente. Estaba intentando gritar «Able, Able», tal como habían empezado a hacer los demás hombres a su alrededor en cuanto estalló el tiroteo. Pero para su horror, «tenía la lengua pegada al paladar y no podía decir nada. La boca se me había secado, no tenía ni una gota de saliva y tenía la lengua trabada».

Sus intentos de gritar sólo hicieron que la lengua se le pegara aún más al paladar. La frustración de Parr era algo terrible de contemplar, Parr sin su voz era algo imposible de imaginar. Tenía el rostro encendido, a pesar del corcho quemado, de toser y de la furia. Con un gran esfuerzo, Parr aflojó la lengua y gritó con su intensa voz cockney: «SALID A LUCHAR, CABRONES», con una E muy prolongada. Contento consigo mismo, Parr comenzó a gritar «Ham y Jam, Ham y Jam», mientras corría por el resto de tramo de puente, luego giró a la derecha para ir a por los búnkeres, tal como le habían ordenado en Inglaterra.

La luna emergió por detrás de las nubes. Mientras lo hacía, el sargento Hickman se arrastró hasta quedar a menos de cincuenta metros del puente. Vio cómo se acercaba el l.er Pelotón, «y me dieron miedo hasta a mí, por la forma en que cargaban sus armas, por cómo disparaban, o cómo corrían por el puente. No soy un cobarde, pero en ese momento tuve miedo. Si ves un paracaidista totalmente equipado, puedes llevarte un susto de muerte. Y si es de noche y ves a un paracaidista corriendo con una ametralladora Bren, y al que viene detrás con un Sten, y no hay nadie que te cubra las espaldas —estaba solo con cuatro jóvenes que nunca habían estado en combate, de modo que no podía contar con ellos—, es normal que sientas miedo. Se trataba de mi pequeña y miserable vida. Así que lo que hice fue apretar el gatillo, dis-parar».

Le disparó a Billy Gray, mientras cambiaba el cargador de su Bren en la esquina del puente. Billy acabó de recargarla y le devolvió el disparo. Ambos hombres disparaban desde la cadera, y ambos apuntaron sus armas ligeramente alto, de modo que sus balas pasaron por encima de sus cabezas. Hickman puso otro peine en su Schmeisser y comenzó a rociar de balas el puente, mientras Billy se metía de un salto en el granero que tenía a su derecha. En cuanto estuvo dentro, apoyó su ametralladora Bren contra la pared y se puso a hacer pis.

Hickman, entretanto, se había quedado sin municiones, y además, estaba furioso con la guarnición del puente, que apenas había opuesto resistencia. Despreciaba esa clase de soldados: «Habían tenido una vida demasiado cómoda, durante todos aquellos años de guerra en Francia. Nunca habían estado en peligro, sólo hacían guardias». Los británicos, acabó diciendo Hickman, «nos habían pillado desprevenidos». Hickman decidió salir de allí. Haciéndoles señales con la mano a sus cuatro soldados, regresó al coche y partió hacia Caen a toda velocidad; cogió el camino más largo para llegar al cuartel general, que estaba a tan sólo algunos kilómetros hacia el este. De modo que Hickman fue el primer alemán en pagar el precio de la toma del puente, lo que debió haber sido un paseo de diez o quince minutos, le llevó seis horas (porque tuvo que rodear Caen, que estaba siendo bombardeada), y para cuando llegó al cuartel general para informar que habían aterrizado tropas de paracaidistas, hacía mucho ya que su comandante había recibido la noticia.

Cuando Hickman se disponía a regresar, Smith llegó corriendo por la pasarela del lado sur del puente, resoplando más de lo normal porque se había torcido la rodilla en el choque. Los hombres de Brotheridge estaban lanzando granadas y disparando sus armas; sus oponentes alemanes respondían con fuego esporádico. Cuando Smith llegó al otro lado, vio a un alemán lanzándole una granada. El alemán se giró para saltar el muro bajo del patio que rodeaba la fachada del café, Smith le disparó con su subfusil Sten. El alemán se desplomó contra el muro, muerto. Simultáneamente, explotó la granada. Smith no sintió nada, pero su cabo se acercó para preguntarle: «¿Está usted bien, señor?». Smith notó que tenía agujeros en la guerrera y en los pantalones. Luego se miró la muñeca. Ya no tenía casi carne, sólo quedaba el hueso. Lo primero que pensó Smith fue: «Vaya por Dios, se acabó el criquet». Curiosamente, el dedo que utilizaba para disparar el gatillo aún funcionaba.

Georges Gondrée se había despertado con el ruido. Gateando, se acercó hasta el alféizar de la ventana y miró con atención. Smith levantó la vista de su muñeca para observar lo que se movía y vio la cabeza de Gondrée, giró bruscamente su Sten, le apuntó, y disparó. Apuntó demasiado alto, de modo que hizo añicos la ventana y las balas impactaron en las vigas de madera, sin alcanzar a Gondrée, que huyó a toda prisa, cogió a su esposa y a sus hijas y las bajó al sótano.

Cuando el soldado Bonck oyó los primeros disparos, se puso rápidamente los pantalones, se ató las botas, se abotonó la guerrera, cogió su fusil, y salió a toda prisa del prostíbulo hacia la calle. Su camarada ya estaba allí; corrieron juntos hacia la bifurcación. Después de echarle una ojeada al tiroteo que estaba teniendo lugar, dieron media vuelta y volvieron a atravesar Bénouville corriendo hacia la carretera que llevaba a Caen. Cuando estaban ya casi sin aliento se detuvieron, hablaron de la situación, dispararon todas sus municiones, y luego corrieron otra vez hacia Bénouville, para informar, una vez más sin aliento, que las tropas británicas estaban en el puente y que habían gastado todas sus municiones antes de regresar a toda prisa para dar parte de la situación.

A las 00.19 horas, el general de brigada Poett tomó tierra; fue el primer paracaidista en llegar. No había podido orientarse durante su corta caída, y después de un suave aterrizaje se desabrochó el arnés, se recuperó del esfuerzo, miró a su alrededor, y se dio cuenta de que no sabía dónde estaba. Se suponía que la torre de la iglesia de Ranville debía ser su punto de referencia, pero estaba en una pequeña hondonada en medio de un campo de cereales y no podía verla. Ni tampoco podía ver a ninguno de sus muchachos. Se había puesto en marcha a la búsqueda de algunos de sus soldados, especialmente de su operador de radio, cuando oyó los disparos de la Sten de Brotheridge. Eso fijó en su mente y, con exactitud, su punto de reunión, y empezó a avanzar hacia él, tan rápido como puede moverse un hombre por la noche a través de un campo de cereales. En el camino se encontró con un soldado.

En Inglaterra, a las 00.20 horas, el bombardero Stirling del capitán Richard Todd comenzaba a prepararse para atravesar el Canal. Todd, que tenía veinticuatro años, había dejado de lado una prometedora carrera como actor para unirse a los paracaidistas. Se había incorporado al servicio activo a comienzos del año 1941 y estaba ahora en el 7.° Batallón de la 5ta Brigada de la 1ra División Aerotransportada. El coronel del batallón, Jeffery Pine Coffin, estaba en el mismo grupo de bombarderos Stirling que Todd. Los paracaidistas estaban en camino para reforzar al grupo del golpe de mano en el puente.

Se suponía que Todd tenía que volar en el Stirling n.° 36, pero cuando su grupo salió de un salto del camión y comenzó a subir a bordo del bombardero, un oficial superior de la RAF se acercó y dijo que él también iba, y que ese avión sería el n.° 1. «Apenas protesté, y tampoco lo hice de una manera muy convincente -—dice Todd—, porque ya teníamos elaborado nuestro plan, nuestro plan de lanzamientos, pero no puedes discutir con alguien que tiene un rango superior al tuyo. De hecho, tuve suerte porque aproximadamente los primeros veinte aviones pasaron gracias al factor sorpresa. Cuando estaba allí abajo mirando cómo entraban los otros, vi cómo derribaban a más de treinta. El que me reemplazó fue derribado y se perdieron todos los muchachos que iban en él, de modo que esa noche tuve un poco de suerte.»

A las 00.20 horas, Fox y su pelotón aterrizaban sin problemas a unos trescientos metros del puente del río. Según Fox, el verdadero líder del pelotón era el sargento Thornton. «Era un hombre excepcional —dice Fox hablando de Wagger Thornton—. En el cuartel era un hombre callado y discreto que igual le daba barrer él mismo el suelo del barracón que ordenarle a otro soldado que lo hiciera, pero en combate era absolutamente de primera clase, y era él quien prácticamente comandaba el pelotón. Yo era algo así como el testaferro y hacía más o menos lo que él me decía.»

Cuando aterrizaron, Thornton le recordó a Fox que se había olvidado de abrir la puerta; cuando Fox no consiguió abrirla, Thornton le enseñó cómo hacerlo. Después de bajar y agruparse, se suponía que un cabo tenía que ponerse en marcha con la sección de vanguardia y que Fox debía seguirlos al mando de las otras dos secciones. Pero el cabo simplemente se quedó allí de pie. Fox se acercó a él para preguntarle qué sucedía; el cabo respondió que podía ver a alguien con una ametralladora. «Al diablo con eso —le respondió Fox—, pongámonos manos a la obra.» Pero el cabo siguió sin moverse.

Fox se puso en marcha. Oyó disparos de una MG 34. Todos se dejaron caer al suelo. «Mientras tanto —cuenta Fox—, Thornton, más rápido que nunca, puso en posición de tiro un mortero y llevó a cabo un fabuloso disparo, que consiguió alcanzar a la ametralladora, tras ello corrimos hacia el puente, gritando "Easy, Easy, Easy".»

Llegaron a la orilla este, con el teniente Fox al frente. No hubo oposición alguna porque los centinelas habían huido cuando Thornton disparó el mortero. Fox estaba allí de pie, jadeando y disfrutando de su victoria, y Thornton se acercó a él. Thornton dijo que había montado la ametralladora Bren en la parte interior del puente, para poder cubrir al grupo de avance. Luego le sugirió a Fox que podría ser una buena idea dispersarse un poco, en vez de estar allí todos agrupados en el extremo del puente. Fox estuvo de acuerdo y dispersó a los hombres.

A las 00.21 horas, el planeador de Sweeney estaba prácticamente tocando tierra. Sweeney gritó: «Buena suerte, muchachos. No olvidéis que en cuanto aterricemos, debemos salir sin perder un instante». Luego escuchó que el piloto del planeador decía: «Oh, maldita sea». El Horsa había tropezado con una pequeña bolsa de aire y había aterrizado antes de lo que había querido el piloto. El aterrizaje en sí fue tranquilo. Dirigiéndose a Sweeney, el piloto dijo: «Lo siento, he aterrizado unos trescientos setenta metros antes». En realidad, había aterrizado casi setecientos metros antes.

La salida fue tranquila. Sweeney reunió a su pelotón y se puso en camino a paso rápido. Sin perder el ritmo, cayó en una zanja de drenaje y quedó empapado. Salió y dobló la velocidad de marcha. Cuando él y sus hombres llegaron al puente, lo cruzaron en tromba gritando: «Fox, Fox, Fox» con todas sus fuerzas. Como no hubo oposición, Sweeney sospechó que el pelotón de Priday o bien el de Fox habían llegado allí antes que él, «pero también tenía la espantosa sensación, cuando llegué al puente, de que podían atacarnos desde abajo, que harían volar el puente con nosotros en él». Dejó una sección en la orilla oeste y cruzó al otro lado con las dos secciones restantes. Los hombres «caminaban con paso firme junto a mí, y Fox estaba allí, con sus hombres, gritando "Easy, Easy, Easy"».

«Y entonces nos detuvimos, bastante decepcionados, porque estábamos todos mentalizados para matar al enemigo con nuestras bayonetas, o para volar por los aires o algo así, y allí, al otro lado del puente, con lo único que nos encontramos fue con la inconfundible figura de Dennis Fox.»

Sweeney había visto a Fox de pie exactamente en esa misma posición en innumerables ocasiones durante las maniobras en Exeter. En esas ocasiones, la gran preocupación de Fox, al igual que la de todos los jefes de pelotón, siempre había sido los árbitros y cómo marcarían su actuación.

Sweeney fue corriendo hasta donde estaba Fox. «Dennis, ¿cómo estás? ¿Está todo bien?»

Fox lo miró de arriba abajo. «Sí, creo que sí, Tod —le respondió—. Pero no puedo encontrar a los malditos árbitros.»

Antes de las 00.21 horas, los tres pelotones en el puente del canal habían eliminado prácticamente toda la resistencia procedente de las posiciones de las ametralladoras y de las trincheras, el enemigo había sido eliminado o había huido. Los hombres que habían sido destacados previamente para realizar el trabajo comenzaron a penetrar en los búnkeres. Sandy Smith recuerda que «los pobres cabrones que estaban en los búnkeres no tuvieron oportunidad de escapar y nosotros no tomábamos prisioneros ni hacíamos el tonto, sencillamente lanzábamos granadas de fósforo y de alto poder explosivo dentro de las posiciones y le disparábamos a todo lo que se moviera».

Wally Parr y Charlie Gardner fueron los primeros en entrar en los búnkeres de la izquierda. Una vez bajo tierra, Parr abrió de un tirón la puerta del primer bunker y lanzó una granada dentro. Inmediatamente después de la explosión, Gardner atravesó la puerta abierta y roció el sitio con su subfusil Sten. Parr y Gardner repitieron el proceso dos veces; después, habiendo limpiado ya ese bunker y con los tímpanos aparentemente destrozados para siempre por la sacudida y el ruido, subieron otra vez a la superficie.

Su siguiente tarea era encontrarse con Brotheridge, para cuyo puesto de mando se había fijado el café, y ocupar posiciones de disparo. Cuando giraron en la esquina del café, Gardner lanzó una granada de fósforo hacia el lugar del que parecían provenir disparos esporádicos de armas ligeras alemanas. Parr le gritó: «No lances otro de esos malditos chismes, nunca veremos lo que está sucediendo».

Parr le preguntó a otro miembro de la Compañía D: «¿Dónde está Danny?» (Cara a cara, todo el mundo le llamaba «Sr. Brotheridge». Los oficiales lo conocían como Den. Pero los hombres lo apreciaban y se referían a él como Danny.)

«¿Dónde está Danny?» repitió Parr. El soldado no lo sabía, no había visto al teniente Brotheridge. «Bueno —pensó Parr—, estará por ahí, Danny tiene que estar por ahí.» Parr comenzó a correr rodeando el café: «Pasé corriendo junto a un tío que estaba tumbado en el suelo, en la carretera, del lado opuesto al café». Parr le lanzó una mirada mientras seguía corriendo. «Espera», se dijo a sí mismo, y volvió y se arrodilló.

«Lo miré, era Danny Brotheridge. Tenía los ojos abiertos y movía los labios. Puse mi mano bajo su cabeza para levantarla. Simplemente me miró. Sus ojos se pusieron en blanco. Dejó de respirar y cayó hacia atrás. Mi mano estaba llena de sangre.

«Simplemente lo miré y pensé: "Dios mío". En medio de todo aquello me arrodillé, le miré y pensé: "¡Qué mala suerte!". Todos los años de entrenamiento que hemos invertido para este trabajo y ha durado tan sólo unos segundos. Él seguía allí tumbado y yo no podía dejar de pensar: "Dios mío, qué mala suerte".»

Jack Bailey se acercó corriendo.

—¿Qué demonios está sucediendo? —le preguntó a Parr.

—Es Danny —respondió Parr—. Está muerto.

—Dios mío —murmuró Bailey-

Sandy Smith, que había pensado que todos serían increíblemente valientes, estaba aprendiendo algo acerca de la guerra. Le asombró muchísimo ver escondido en una trinchera y rezando a uno de sus mejores hombres, un muchacho en quien había llegado a confiar mucho durante los ejercicios y de quien pensaba que demostraría ser un verdadero líder en la batalla. Otro de sus muchachos dijo que se había torcido un tobillo en el choque y se alejó cojeando en busca de protección. Nadie lo había visto cojear antes. El teniente Smith vio truncadas muchas ilusiones en muy poco tiempo.

En el otro extremo (el este) del puente, el pelotón de David Wood estaba limpiando a fondo las trincheras y los búnkeres. Pudo realizar su tarea con bastante rapidez, puesto que la mayor parte de las fuerzas enemigas había huido. Los muchachos de Wood iban gritando «Baker, Baker, Baker» a medida que avanzaban, disparándole a todo lo que se moviera dentro de las trincheras. Enseguida comunicaron que estaban libres de enemigos. Wood descubrió una MG 34 intacta con una cinta de balas completa que no había sido disparada. Destacó a dos de sus hombres para que cogieran el arma. El resto de sus hombres ocupó las trincheras y Wood regresó para informarle a Howard que había conseguido llevar a cabo su misión.

Se alejaba de las trincheras, mientras les decía a los soldados de su pelotón: «Buen trabajo, muchachos» y «Bien hecho», cuando se oyó el estallido de una Schmeisser. Tres balas le dieron casi simultáneamente en la pierna izquierda, y Wood cayó, asustado, sin poder moverse y sangrando profusamente.

Wallwork, entretanto, había vuelto en sí, tumbado sobre su estómago debajo del planeador. «Estaba inmovilizado. Ainsworth también lo estaba y podía oírlo. Me acerqué. Ainsworth parecía estar bastante mal y sin embargo intentaba gritar. Lo único que pudo decir fue: "Jim, ¿estás bien, Jim? ¿Estás bien, Jimmy?". Estaba mucho peor que yo, estaba inmovilizado de cintura para abajo.» Wallwork le preguntó a Ainsworth si podía arrastrarse. No. «¿Si lo levanto, puedes salir arrastrándote?» Sí. «Y lo levanté. Sentí que estaba levantando todo el maldito planeador; me sentí como Hércules cuando lo levanté. Ainsworth logró salir arrastrándose.» Mientras un médico se encargaba de Ainsworth, Wallwork comenzó a descargar municiones del planeador y a llevarlas hasta donde estaban los pelotones de combate. No se dio cuenta de que tenía varias heridas importantes en la cabeza y la frente, y de que le caía sangre a raudales por la cara.

En el puente del río, la sección de Sweeney que estaba en la orilla más alejada escuchó como que se acercaba una patrulla por el camino de sirga procedente de Caen. El jefe de la sección gritó «V», el santo y seña. Pero la respuesta que obtuvo de la patrulla desde luego no fue «Por la victoria», sino algo que sonaba a alemán. Toda la sección abrió fuego y mató a los cuatro hombres. Investigaciones posteriores revelaron que uno de ellos era un paracaidista británico, uno de los exploradores que había sido capturado por la patrulla alemana, que evidentemente lo llevaba hasta su cuartel para interrogarlo.

A las 00.22 horas, Howard había instalado su puesto de mando en una trinchera en la esquina noreste del puente. El cabo Tappenden, el operador de radio, estaba a su lado. Howard intentaba hacerse una idea de cómo iba el enfrentamiento en su puente mientras esperaba informes del puente del río. La primera información que recibió fue casi desoladora: Brotheridge había caído.

«Realmente me trastornó —dice Howard—, porque era Den, porque era un buen amigo y porque mi pelotón principal se había quedado sin oficial.» La siguiente noticia fue igual de mala: Wood, su operador de radio y su sargento habían sido heridos y estaban fuera de combate. Otro ordenanza informó que el teniente Smith había estado a punto de perder una mano y que además tenía una rodilla gravemente lesionada.

Se había quedado sin sus tres jefes de pelotón, ¡y en menos de diez minutos! Afortunadamente, los sargentos estaban totalmente familiarizados con las diversas tareas y pudieron hacerse cargo; en el pelotón de Wood, un cabo tomó el mando. Además, Smith seguía activo, a pesar de que apenas podía moverse y padecía fuertes dolores. Howard no tenía oficiales en el puente del canal. El pesimismo pudo haber dado paso a la desesperación de haber sabido que su segundo jefe, el capitán Priday, y una sexta parte de su fuer/a de combate, habían aterrizado a veinte kilómetros de distancia, en el río Dives.

Howard seguía preguntándole a Tappenden:

—¿Has escuchado algo procedente del río, algo del 4.°, 5° y 6° Pelotones?

—No —seguía respondiendo Tappenden—, nada de nada.

Durante los siguientes dos minutos, hubo un cambio dramático en la naturaleza de los informes que llegaban, y por consiguiente en el humor de Howard. Primero se acercó a él Jock Neilson, de los zapadores: «No había explosivos debajo del puente, John». Neilson explicó que el puente había sido preparado para su destrucción, pero que los explosivos no habían sido colocados en sus cámaras. Los zapadores quitaron todos los mecanismos de activación y luego se unieron al combate como infantería. Al día siguiente encontraron los explosivos en un cobertizo cercano.

Saber que el puente no sería destruido fue un gran alivio para Howard. Y otra noticia igual de buena fue que los disparos estaban remitiendo, por lo que Howard podía ver, a través del humo y de la luz parpadeante de la luna, que su gente se había hecho con el control de ambos extremos del puente del canal. Justo cuando se dio cuenta de que había conseguido llevar a cabo Ham, Tappenden tiró de su guerrera. Había llegado un mensaje del pelotón de Sweeney: «Tomamos el puente sin disparar una sola bala».

La Compañía D lo había conseguido. Howard sintió una tremenda euforia y una oleada de orgullo por su compañía. «Envía ese mensaje —le dijo a Tappenden—: Ham y Jam, Ham y Jam, y sigue haciéndolo hasta el acuse de recibo.» Tappenden comenzó a gritar incesantemente: «Ham y Jam, Ham y Jam».

Tappenden transmitió el mensaje en dirección este, esperando que llegara hasta el general de brigada Poett. Lo que él y Howard no sabían era que Poett no había encontrado a su operador de radio, y que se acercaba a ellos caminando con dificultad y con la compañía de tan sólo un soldado.

Mantener el control del puente hasta la llegada del relevo. Esas eran las órdenes de Howard, pero un general de brigada y un fusilero no constituían lo que se dice un relevo.

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