PUENTE PEGASUS 1

DÍA D: DE LAS 00.00 A LAS 00.15 HORAS

Era un puente de acero, pintado de gris, con una gran torre y una superestructura. A las 00.00 horas del día 6 de junio de 1944, las delgadas nubes se separaron lo suficiente como para permitir que la luna casi llena brillara y revelara el puente, mostrándolo desnudo sobre las resplandecientes aguas del Canal de Caen.

En el puente, el soldado Vern Bonck, un polaco de veintidós años reclutado por el Ejército alemán, se cuadró para saludar al soldado Helmut Romer, un berlinés de dieciocho años. Romer se había presentado para relevar a Bonck. Cuando Bonck abandonaba su servicio, se encontró con otro centinela, también polaco. Ninguno de los dos tenía sueño y decidieron ir al burdel local, en Bénouville, para divertirse un rato. Caminaron por el puente hacia el oeste, luego giraron hacia el sur (izquierda) en la bifurcación, y enfilaron la carretera de camino a Bénouville. A las 00.05 horas llegaron al burdel. Como eran clientes asiduos, en dos minutos estaban bebiendo vino barato con dos prostitutas francesas.

Junto al puente, en la orilla oeste, al sur de la carretera, Georges y Théresa Gondrée y sus dos hijas dormían en su pequeño café. Estaban en habitaciones separadas, no por elección sino para utilizar todas las habitaciones y evitar de este modo que los alemanes alojaran soldados con ellos. Era la noche número 1.450 de ocupación alemana en Bénouville.

Hasta donde sabían los alemanes, los Gondrée eran simples campesinos normandos, gente sin importancia que no les daba ningún problema. De hecho, Georges vendía cerveza, café, comida y un brebaje hecho por Madame con melones podridos y azúcar, medio fermentado, a los agradecidos soldados alemanes apostados en el puente. Había alrededor de cincuenta; los suboficiales y los oficiales eran todos alemanes y los reclutas, en su mayoría, eran conscriptos de Europa del Este.

Pero los Gondrée no eran tan simples como fingían ser. Madame provenía de Alsacia y hablaba alemán, hecho que ocultaba con éxito a la guarnición. Georges, antes de adquirir el café, había sido durante doce años oficinista en el Lloyd’s Bank de París y hablaba inglés. Los Gondrée odiaban a los alemanes por lo que le habían hecho a Francia, odiaban la vida que llevaban bajo la ocupación, temían por el futuro de sus hijas, y por consiguiente actuaban para tratar de poner fin al dominio alemán. En su caso, lo más valioso que podían hacer por los Aliados era proporcionarles información acerca de la situación en el puente. Théresa obtenía información escuchando las conversaciones de los suboficiales en el caté; se la pasaba a Georges, quien se la pasaba a Madame Vion, directora del hospital de la maternidad, quien a su vez se la pasaba a la Resistencia en Caen cuando viajaba a la ciudad para llevar material médico. De Caen pasaba a Inglaterra a través de los aviones Lysander, pequeños aparatos que podían aterrizar y despegar apresuradamente en pleno campo. “Hacía tan sólo unos días, el 2 de junio, Georges había enviado de este modo una breve e interesante noticia que Théresa había oído por casualidad, el botón que haría estallar los explosivos preparados para volar el puente se encontraba en el fortín de las ametralladoras al otro lado de la carretera, frente al cañón antitanque. Deseó que esa información hubiera llegado a su destinatario final, aunque sólo fuera porque hubiese odiado ver su puente destruido.

El hombre que daría esa orden, el comandante de la guarnición del puente, era el mayor Hans Schmidt. Éste estaba al mando de una compañía incompleta del 736.° Regimiento de Granaderos, perteneciente a la 716.a División de Infantería. A las 00.00 horas del 6 de junio, estaba en Ranville, una localidad situada a dos kilómetros al este del río Orne. Las aguas del río corrían paralelas al canal, a unos cuatrocientos metros al este, y también eran cruzadas por un puente (ocupado y vigilado por centinelas, pero sin posiciones defensivas ni guarnición). A pesar de que los alemanes esperaban la ya anunciada invasión en cualquier momento, y a pesar de que a Schmidt le habían dicho que los dos puentes eran los puntos más críticos de Normandía porque ofrecían los únicos cruces de las aguas del Orne a lo largo de la carretera costera normanda, éste no había puesto a su guarnición en máxima alerta, ni siquiera estaba presente, ya que se encontraba en Ranville ocupándose de sus asuntos. Salvo los dos centinelas apostados i-n cada puente, sus tropas estaban durmiendo en sus bunkeres, dormitando en sus trincheras o en el fortín de las ametralladoras fuera de servicio y con las prostitutas de Bénouville.

El propio Schmidt estaba con su novia en Ranville disfrutando de la magnífica comida y bebida normandas. Schmidt se veía a sí mismo como un fanático nazi, decidido a cumplir con su deber por su Führer. Pero raramente permitía que el deber interfiriera con el placer, por lo que disfrutaba de esa noche con la mayor de las tranquilidades. Su mayor preocupación consistía en la posibilidad que los partisanos franceses hicieran volar sus puentes, pero eso parecía muy poco probable a no ser que si-produjera coincidiendo con una operación aerotransportada, y los fuertes vientos y el tormentoso clima de los dos últimos días excluían la posibilidad de un lanzamiento de paracaidistas. Tenía órdenes de volar él mismo los puentes si la captura aparecía como algo inminente. Había preparado los puentes para su destrucción, pero no había puesto los explosivos en sus emplazamientos, por miedo a un accidente o a los partisanos. Puesto que sus puentes estaban casi a ocho kilómetros tierra adentro, supuso que sería avisado con la suficiente antelación de la llegada de cualquier unidad Aliada, incluso de paracaidistas, porque se sabía que éstos tardaban mucho tiempo en reunirse y organizarse tras tomar tierra. Schmidt se sirvió un poco más de vino y comida.

En Vimont, al este de Caen, el coronel Hans A. von Luck, comandante del 125.° Regimiento de Granaderos Panzer de la 21.a División Panzer, estaba haciendo informes de personal en su cuartel general. El contraste entre Schmidt y von Luck iba mucho más allá de sus actividades nocturnas. Schmidt era un oficial ablandado por varios años de cómodo servicio de ocupación; von Luck era un oficial endurecido por el combate. Von Luck había estado en Polonia en 1939, había mandado el batallón de reconocimiento avanzado de la división de Rommel en Dunkerque en 1940, había estado en vanguardia en Moscú en 1941 (en diciembre, de hecho condujo a su batallón hasta las afueras de Moscú, la penetración más profunda de la campaña) y estuvo con Rommel durante toda la campaña del Norte de África entre 1942 y 1943.

Había un contraste igual de marcado entre las unidades que comandaban von Luck y Schmidt. La 716.a División de Infantería era mediocre y estaba mal equipada; era una división estática compuesta por una mezcla heterogénea de polacos, rusos, franceses y demás reclutas, mientras que la 21.a División Panzer era la división preferida de Rommel. El regimiento de von Luck, el 125.°, era uno de los mejor equipados del Ejército alemán. La 21ra División Panzer había sido destruida en Túnez en abril y mayo de 1943, pero Rommel había conseguido sacar de la trampa a la mayor parte de los oficiales, y alrededor de ese núcleo pudo reconstruir la división. Tenía equipamiento nuevo, incluyendo tanques Tiger, vehículos autopropulsados de todo tipo, y una excelente red de comunicaciones. Los hombres eran voluntarios, jóvenes alemanes deliberadamente criados por los nazis para el reto al que estaban a punto de enfrentarse, duros, bien entrenados, ansiosos por trabar combate con el enemigo.

Esa noche había una importante actividad aérea, con los bombarderos británicos y estadounidenses cruzando el Canal para bombardear Caen. Como de costumbre, Schmidt no les prestó atención. Ni tampoco von Luck, deliberadamente, pero estaba tan acostumbrado a las imágenes y los sonidos de combate que alrededor de las 00.10 horas notó algo que ninguno de los hombres de su puesto de mando apreció. Había alrededor de media docena de aviones que iban sorprendentemente en vuelo rasante, a quinientos pies de altura o menos. Eso únicamente podía significar que estaban lanzando algo con paracaídas. Probablemente pertrechos para la Resistencia, pensó von Luck, y ordenó un registro de la zona, esperando encontrar a algún miembro de la Resistencia intentando recoger esos pertrechos.

Heinrich (ahora Henry) Heinz Hickman, un sargento del 6to Regimiento (Independiente) de Paracaidistas alemán, estaba en ese momento conduciendo un coche descubierto. Se dirigía desde Ouistreham, por la costa, hacia Bénouville. Hickman, a sus veinticuatro años, era un veterano combatiente de Sicilia e Italia. Este regimiento había llegado a Normandía hacía unos quince días; el 5 de junio a las 23.00 horas el comandante de su compañía le había ordenado a Hickman recoger a cuatro jóvenes soldados situados en puestos de observación fuera de Ouistreham y luego llevarlos al cuartel general, cerca de Bréville, en el lado este del río.

Hickman también oyó los aviones volando bajo. Llegó a la misma conclusión que von Luck, pensó que transportaban suministros para la Resistencia, y por la misma razón, como paracaidista, no podía imaginar que los Aliados llevaran a cabo un lanzamiento importante de paracaidistas utilizando sólo media docena de aviones. Siguió conduciendo hacia el puente que atravesaba el Canal de Caen.

A las 00.00 horas sobrevolaron el Canal dos grupos de tres bombarderos Halifax a siete mil pies de altura en dirección a Caen. Con toda la actividad aérea que estaba teniendo lugar en ese momento, ni los reflectores ni los artilleros antiaéreos alemanes detectaron que cada Halifax arrastraba un planeador Horsa.

Dentro del planeador de cabeza, el soldado Wally Parr de la Compañía D, del 2° de Infantería Ligera de Oxfordshire y Buckinghamshire (Ox and Bucks Light Infantry), integrada en la Brigada de Desembarco Aéreo de la 6ta División Aerotransportada del Ejército británico, dirigía los cánticos de los veintiocho hombres. Con su potente voz y un marcado acento cockney, Parr entonaba «Abby, Abby, My Boy». El cabo Billy Gray, sentado frente a Parr, apenas cantaba, porque en lo único que podía pensar era en sus ganas de orinar. En el fondo del planeador, el cabo Jack Bailey cantaba, pero también estaba preocupado por el paracaídas de frenado del planeador que debía controlar.

El piloto, el sargento jefe Jim Walhvork, de veinticuatro años de edad, miembro del Regimiento de Pilotos de Planeadores, anticipó que en cualquier momento soltarían los planeadores, porque ya podía ver la espuma rompiendo contra la costa normanda. Junto a él, su copiloto, el sargento jefe John Ainsworth, estaba intensamente concentrado en su cronómetro. Sentado detrás de Ainsworth, el jefe de la Compañía D, el comandante John Howard, de treinta y un años de edad, antiguo sargento mayor regimental que también había servido en la policía, se rió como todos cuando acabó la canción y Parr gritó: «¿El comandante ya ha guardado su botiquín?». Howard se mareaba volando y había vomitado en todos los vuelos de entrenamiento. En este vuelo, sin embargo, no se había mareado. Al igual que sus hombres, nunca antes había entrado en combate, pero la proximidad de la batalla parecía tranquilizarlo más que alterarlo.

Cuando Parr comenzó a cantar «It s a Long, Long Way to Tipperary», Howard tocó el pequeño zapato rojo que llevaba en el bolsillo de su guerrera, uno de los pequeños zapatos de su hijo Terry de dos años que había traído para que le diera buena suerte. Pensó en Joy, su esposa, y en Terry y en su hija pequeña, Penny. Estaban en Oxford, viviendo cerca de una fábrica, y deseó que no hubiera bombardeos esa noche. Al lado de Howard estaba sentado el teniente Den Brotheridge, cuya esposa estaba embarazada y lista para dar a luz en cualquier momento (otros cinco hombres de la compañía tenían esposas embarazadas en Inglaterra). Howard había convencido a Brotheridge para que se uniera a los Ox and Bucks, y había elegido su pelotón para el primer planeador porque pensaba que Brotheridge y sus hombres eran los mejores de su compañía.

Un minuto después del planeador de Wallwork venía el planeador número dos, llevando al pelotón del teniente David Wood. Y otro minuto más tarde venía el número tres, con el pelotón del teniente R. Sandy Smith. Los tres planeadores de este grupo iban a cruzar la costa cerca de Cabourg, bastante al este de la desembocadura del río Orne.

Paralelo a ese grupo, hacia el oeste y unos minutos después, el capitán Brian Priday estaba sentado con el pelotón del teniente Tony Hooper, seguido por los planeadores que llevaban a los pelotones de los tenientes H. J. Tod Sweeney y Dennis Fox. El segundo grupo se dirigía hacia la desembocadura del río Orne. En el pelotón de Fox, el sargento M. C. Wagger Thomton estaba cantando «Cow Cow Boggie» y, como casi todos los soldados en todos los planeadores, fumando un cigarrillo Players tras otro.

En el segundo planeador, con el primer grupo, al piloto, el sargento jefe Oliver Boland, que acababa de cumplir veintitrés años hacía dos semanas, la experiencia de cruzar el Canal le resultó «tremendamente emotiva». Tenía la sensación de que él era «la punta de lanza del ejército más colosal jamás reunido. Me costaba creerlo porque me sentía terriblemente insignificante».

A las 00.07 horas, Wallwork se soltó del avión remolcador y cruzó silenciosamente la línea costera. En ese preciso instante, había comenzado la invasión.

Ese día, 156.000 hombres —británicos, canadienses y estadounidenses, organizados en unas doce mil compañías— estaban preparados para llegar a Francia, por aire y por mar. La Compañía D encabezaba el ataque. No era solamente la punta de lanza de esa poderosa hueste, también era la única compañía que atacaba como una unidad totalmente independiente. Howard no tendría nadie en quien apoyarse, ni de quien recibir órdenes, hasta que cumpliera con su misión principal. Cuando Wallwork soltó el cable de arrastre, la Compañía D se quedó sola.

Al soltarse se produjo una repentina sacudida, luego un silencio absoluto. Parr y sus cantantes se callaron, el ruido del motor del bombardero se desvaneció, y de repente se impuso un silencio absoluto, roto únicamente por el silbido del viento sobre las alas del Horsa. Las nubes cubrían la luna; Ainsworth tuvo que utilizar una linterna para mirar su cronómetro, que había puesto en marcha instantáneamente cuando se soltó el cable.

Tras desprenderse de los planeadores, los bombarderos Halifax siguieron su camino hacia Caen, donde debían lanzar su pequeña carga de bombas sobre la fábrica de cemento, más como operación de distracción que como ataque serio. Durante el transcurso de la campaña, Caen fue arrasada casi por completo, quedando muy pocos edificios en pie. El único en toda la ciudad que no fue tocado fue la fábrica de cemento. «Eran excelentes pilotos remolcadores —dice Wallwork—, pero espantosos bombarderos.»

Los pensamientos de Howard iban de Joy, Penny, y Terry a su otra «familia», la Compañía D. Pensó en lo profundamente compenetrado que estaba con sus comandantes de pelotón, con los sargentos y los cabos y con muchos de los soldados rasos. Habían estado preparándose, juntos, durante más de dos años para este momento. Los oficiales y los hombres habían hecho todo lo que él les había pedido, y más. Por Dios, ¡eran la mejor compañía de todo el Ejército británico! Se habían ganado esta extraordinaria misión; se lo merecían. John estaba orgulloso de cada uno de ellos, y de sí mismo, y sintió cómo lo invadía una ola de camaradería, y en ese momento se dio cuenta de lo mucho que los quería a todos.

Luego pensó de repente en todos los peligros que les esperaban. En primer lugar, los postes antiplaneador. Las fotografías de reconocimiento aéreo tomadas en los últimos días revelaban que los alemanes estaban cavando pozos para estos postes (los Aliados los llamaban «los espárragos de Rommel»). ¿Estaban colocados los postes o no? Todo dependía de los pilotos hasta el instante en que aterrizaran los planeadores, y hasta ese instante Howard no era más que un pasajero. Si los pilotos conseguían depositar intacta a la Compañía D, a menos de cuatrocientos metros del objetivo, confiaba en que podría llevar a cabo su tarea con éxito. Pero si los pilotos se desviaban del camino aunque sólo fuera un kilómetro, dudaba que pudiera cumplir su misión. Si aterrizaban a más de un kilómetro ya no tendrían ninguna posibilidad. Si de alguna manera los alemanes veían llegar a los planeadores y les disparaban con ametralladoras, los hombres nunca alcanzarían el territorio francés con vida. Si los pilotos se estrellaban contra un árbol, un dique, o uno de los espárragos de Rommel, era probable que todos murieran justo cuando sus pies tocasen suelo francés.

Howard siempre era un mal pasajero; era la clase de tipo que prefería pilotar él mismo. En esta ocasión, mientras guiaba a Wallwork hacia el objetivo, por lo menos tuvo algo que hacer para distraerse. Ayudado por un par de hombres, el teniente Brotheridge comenzó a abrir la puerta lateral. Ésta se atrancó, y Howard tuvo que echarle una mano. Una vez abierta la puerta, miraron hacia abajo pero sólo vieron nubes. No obstante, se intercambiaron una sonrisa antes de dejarse caer en sus asientos una vez más, recordando la apuesta de cincuenta francos que habían hecho para ver quién sería el primero en saltar del planeador.

Cuando volvió a sentarse, Howard se acordó de repente de sus órdenes. Las había recibido el día 2 de mayo y desde entonces no habían cambiado en absoluto. Firmadas por el general de brigada Nigel Poett, y clasificadas «Bigot» (información altamente reservada, superior al «Top Secret»; los pocos que tenían acceso a material «Bigot»* se les llamaba «bigoted»), el texto de las órdenes de Howard era el siguiente: «Su tarea consiste en capturar intactos los puentes que atraviesan el río Orne y el canal en Bénouvüle y Ranville y mantenerlos hasta ser relevado… La toma de los puentes será una operación cuyo éxito dependerá en gran parte del factor sorpresa y de la presteza y rapidez con que se realice. Siempre que la mayor parte de su fuerza aterrice sana y salva, no debería tener muchas dificultades para vencer a la oposición que se conoce está apostada en los puentes. Las dificultades las tendrá a la hora de mantener, hasta ser relevado, el control de los puentes frente al contraataque enemigo».

El relevo llegaría de parte de los hombres de la 6ta División Aerotransportada, concretamente de la 5ta Brigada Paracaidista, y en especial de su 7mo Batallón. Aterrizarían en las zonas de lanzamiento (DZ) situadas entre el río Orne y el río Dives a las 00.50 horas.

El general de brigada Poett, al trente de la 5ta Brigada Paracaidista, le dijo a Howard que podía esperar refuerzos organizados menos de dos horas después del aterrizaje. Los paracaidistas llegarían desde Ranville, donde Poett tenía intenciones de instalar su cuartel general para la defensa de los puentes.

El mismo Poett estaba a tan sólo dos o tres minutos por detrás de Howard, volando con los exploradores (Pathfinders) que marcarían la zona de lanzamiento al grueso de la 5.a Brigada Paracaidista. El grupo de Poett estaba formado por seis aviones; éstos eran los aviones en vuelo rasante que von Luck e Hickman habían oído. Poett quería ser el primero en saltar, pero a las 00.08 horas estaba luchando desesperadamente por abrir la compuerta situada en el suelo del avión. Él y sus diez hombres quedaron atrapados en un viejo bombardero Albemarle, al que ninguno de ellos había subido nunca antes. Llevaban tal cantidad de equipamiento que tuvieron que «empujar, empujar y empujar para entrar». Luego habían pasado un muy mal momento apretándose unos contra otros lo suficiente como para poder cerrar la compuerta. Ahora, sobre el canal y casi llegando a la costa, no podían abrir la maldita puerta. Poett comenzó a temer que nunca podría salir de allí, que acabaría aterrizando ignominiosamente otra vez en Inglaterra.

En el tercer planeador, el teniente Sandy Smith sentía que el estómago se le cerraba como solía sucederle antes de una importante prueba deportiva. Tenía tan sólo veintidós años y disfrutaba con esa sensación de tensión. Estaba dominado por la típica sensación de seguridad que solía sentir antes de un partido cuando era una estrella del rugby en Cambridge. «Estábamos preparados —recuerda—, estábamos en forma. Y éramos completamente inocentes. Pensaba que todos íbamos a actuar como grandes guerreros, al son de los tambores y las bandas, y que yo iba a ser el más valiente entre los valientes. En mi mente no tenía ni la más mínima pizca de duda de que iba a ser así.»

Al otro lado del pasillo, frente a Smith, el doctor John Vaughan estaba sentado pero sin poder estarse quieto. Se inquietó claramente cuando Smith abrió la puerta. Vaughan era médico paracaidista y contaba en su haber con muchos saltos. Confiaba en el paracaídas. Pero se había ofrecido como voluntario para esta concreta misión, sin saber lo que era, y acabó en un planeador de madera contrachapada, con una puerta abierta frente a él, y ningún paracaídas. No podía dejar de pensar: «Dios mío, ¿por qué no tengo un paracaídas?».

En Oxford, Joy Howard dormía. Había tenido un día rutinario: había cuidado de Terry y de Penny, había hecho sus quehaceres domésticos, había metido a los niños en la cama a las siete de la tarde, después había pasado un par de horas escuchando la radio y arreglando los vestiditos de Penny.

En su último permiso, John había escondido su uniforme de diario en el armario de la habitación de invitados. Fue entonces cuando cogió el pequeño zapato rojo de Terry, había besado a los niños, se había alejado, y había regresado para besarlos una vez más. Antes de irse, le dijo a Joy que cuando escuchara que la invasión había comenzado, podía dejar de preocuparse, porque él ya habría acabado su trabajo. Joy notó que faltaba uno de los pequeños zapatos rojos de Terry y, buscándolo, encontró el uniforme. Sabía que la invasión era algo inminente, porque el hecho de dejar el uniforme significaba que John no esperaba cenar en el comedor de los oficiales en un futuro próximo.

Pero eso había sido hacía semanas, y desde entonces nada había sucedido. Durante dos años surgieron constantes rumores de invasión, pero no había pasado nada. El 5 de junio de 1944, Joy no tenía ninguna sensación en particular, simplemente se fue a dormir. Oyó bastante tráfico aéreo, pero como la mayoría de los bombarderos con base en los Midlands se dirigían hacia el sur, y no hacia el este, se encontraba en la periferia de la gran armada aérea y no le prestó mucha atención al ya habitual ruido. Se durmió.

En el extremo sudeste de Londres, casi en Kent, Irene Parr sí oyó y vio la inmensa flota aérea que se dirigía hacia Normandía, e inmediatamente pensó que la invasión había comenzado, en parte por el gran número de aparatos, y en parte porque Wally —en un grave incumplimiento de las normas de seguridad— le había dicho que la Compañía D iría en vanguardia y que suponía que ésta tendría lugar durante la primera semana de junio, cuando la luna estuviera en su momento más conveniente. Por supuesto, ella no sabía dónde se encontraba él exactamente, pero estaba segura de que estaba en peligro, y rezó por él. Le hubiera hecho muy feliz saber que en lo último que pensó Wally antes de abandonar Inglaterra fue en ella. Justo antes de embarcar en el Horsa de Wallwork, Wally había cogido un trozo de tiza y había bautizado al planeador con el nombre de «Lady Irene».

Wallwork había cruzado la costa al este de la desembocadura del río Orne. A pesar de ser el piloto del primer planeador, y de que el segundo y el tercero estaban justo detrás de él, no era quien guiaba al grupo hacia la zona de aterrizaje (LZ). Cada piloto estaba solo, ya que de todas formas los pilotos no podían ver los otros planeadores. Boland recuerda la sensación «de estar solos ahí arriba, en medio de un absoluto silencio, flotando sobre la costa de Francia, y sabiendo que no había vuelta atrás».

Wallwork no podía ver los puentes, ni tampoco el río y el canal. Volaba obedeciendo las indicaciones del cronómetro de Ainsworth, observando su brújula, su indicador de velocidad, su altímetro. A los tres minutos y cuarenta y dos segundos, Ainsworth dijo: «¡Ahora!», y Wallwork hizo que el planeador diera un giro de noventa grados a la derecha.

Miró por la ventana en busca de algún punto de referencia. No podía ver nada: «No puedo ver el bosque de Bavent», le dijo a Ainsworth en un susurro, para no perturbar a sus pasajeros. Ainsworth le contestó bruscamente: «Por el amor de Dios, Jim, es el sitio más grande de toda Normandía. Presta atención». —No está allí —susurró Jim lleno de furia. —Pues, de todos modos, vamos hacia allí—respondió Ainsworth. Luego comenzó a contar: «Cinco, cuatro, tres, dos, uno, bingo. Justo ahora un giro a estribor v seguimos en camino». Wallwork empujó el volante de madera y volvió a girar. Ahora se dirigía hacia el norte, a lo largo de la orilla este del canal, descendiendo a gran velocidad. Utilizando los inmensos alerones, había llevado el planeador de siete mil a quinientos pies de altura y había reducido la velocidad de vuelo de 255 a alrededor de 175 kilómetros por hora.

Por debajo y tras él, Caen estaba en llamas, víctima de los bombardeos aéreos, a lo que había que añadir las trazadoras y los reflectores que iluminaban el cielo en busca de los aparatos aliados. No veía nada ante él. Deseó que Ainsworth tuviera razón y que estuvieran en el sitio indicado.

El objetivo era un pequeño campo, de forma triangular, de unos quinientos metros de largo, con la base en el sur y la punta cerca del extremo sudeste del puente del canal. Wallwork no podía verlo, pero había estudiado fotografías y una maqueta detalladla de la zona durante tanto tiempo y con tanta dedicación que tenía en su mente la vivida imagen del lugar hacia el que se dirigía.

Estaba el puente en sí, con su superestructura y su torre de agua en el extremo este, dominando el llano paisaje. Había un fortín de ametralladoras al norte del puente, en el lado este, y un emplazamiento antitanque justo al otro lado de la carretera. Estas fortificaciones estaban rodeadas de alambre de espino. En la última reunión que Wallwork había mantenido con Howard, éste le había dicho que quería que el morro del Horsa se abriera paso a través de la alambrada. Wallwork pensó para sí que no existía ni la más remota posibilidad de que pudiera aterrizar ese enorme, pesado, aparatoso, sobrecargado e impotente Horsa, a medianoche, sobre una franja de aterrizaje virgen y llena de baches que apenas conseguía ver. Pero en voz alta le aseguró a Howard que lo intentaría. Lo que él y Ainsworth pensaban, sin embargo, era que con un frenazo tan repentino ambos pilotos podían acabar con una o las dos piernas rotas. Y estuvieron de acuerdo en que si salían de ésa sólo con las piernas rotas, habrían tenido suerte.

Además de la constante preocupación por esta situación, y por el tremendo esfuerzo que suponía volar en la oscuridad y entre nubes, Wallwork tenía otras. Cuando el avión tocara tierra su velocidad oscilaría entre los 145 y los 160 kilómetros por hora. Si chocaba contra un árbol o un poste antiplaneador, él moriría y sus pasajeros quedarían demasiado heridos o aturdidos como para llevar a cabo su tarea. Y el paracaídas también le preocupaba. Estaba en la parte trasera del planeador. El cabo Bailey lo tenía a su cargo. Wallwork había accedido a agregar el paracaídas en el último momento, porque su Horsa estaba muy sobrecargado y Howard se negaba a eliminar parte de su cargamento de municiones. La idea era que el paracaídas de freno proporcionara una parada más segura y tranquila. Pero Wallwork temía que provocara una caída en picado del planeador.

El mecanismo de control del paracaídas estaba sobre la cabeza de Ainsworth. En el momento indicado, éste accionaría un interruptor eléctrico, la escotilla se abriría hacia abajo, y el paracaídas se inflaría. Cuando Ainsworth accionara otro interruptor, el paracaídas se desprendería del planeador. Wallwork entendía la teoría; simplemente esperaba no tener que utilizar el paracaídas. A las 00.14 horas, Wallwork le dijo a Howard por encima del hombro que se preparara. Howard y los hombres cruzaron los brazos y levantaron las piernas. Casi todos pensaron lo más obvio: «Ya no hay vuelta atrás», o «ahí vamos», o «se ha acabado». Howard recuerda: «Vi cómo Jim sostenía esa maldita y enorme máquina y cómo aterrizaba justo en el último segundo; nunca olvidaré la expresión de su rostro en ese momento. Vi cómo unas inmensas gotas de sudor perlaban su frente y todo el rostro».

El segundo y el tercer planeadores estaban justo detrás de Wallwork, cada uno respetando su minuto de distancia. Sin embargo, en ese momento el otro grupo de Horsas se dividió. El planeador número cuatro de Priday había seguido el curso del río Dives en vez del Orne. Al ver un puente sobre el Dives a aproximadamente la distancia correcta tierra adentro, el piloto del cuarto planeador se preparó para aterrizar. Los otros dos Horsas, yendo en la dirección correcta, remontaron el río Orne. Localizaron un espacio abierto. Se «estrellarían», término que utilizan los pilotos de planeadores para decir aterrizar, apuntando hacia el sur, a lo largo de la orilla oeste del río, en un campo rectangular de casi mil metros de longitud.

El general de brigada Poett finalmente consiguió abrir su compuerta (en otro de los Albemarles uno de los oficiales de Poett cayó al vacío mientras abría su compuerta y se perdió en el Canal). De pie sobre el agujero en el suelo del bombardero, con un pie a cada lado, Poett no podía ver nada. Voló justo por encima de la batería de Merville, otro objetivo crítico para los paracaidistas esa noche. Pasó otro minuto, eran las 00.16 horas. El piloto pulsó la luz verde, y Poett juntó los pies y se dejó caer a través de la compuerta zambulléndose en la noche.

En el puente del canal, el soldado Romer y el resto de los centinelas estaban pasando otra noche de rutina yendo y viniendo de un extremo al otro del puente. Los bombardeos sobre Caen ya eran algo habitual para ellos; no les incumbía y no valía la pena ni siquiera echar un vistazo. Los hombres que estaban en el fortín de las ametralladoras dormitaban, como de costumbre, al igual que los soldados en las trincheras. No había nadie ocupándose del cañón antitanque.

En Ranville, el mayor Schmidt abrió otra botella de vino. En Bénouville, el soldado Bonck terminaba su vino y entraba en la habitación con su amiguita francesa. Se desabrochó el cinturón y comenzó a desabotonarse los pantalones mientras la prostituta se sacaba rápidamente el vestido. En la carretera, viniendo de Ouistreham, el sargento Hickman y su grupo se dirigían hacia el sur a toda velocidad, camino a Bénouville y el puente. En el café, los Gondrée dormían.

Wallwork estaba ya a tan sólo doscientos pies de altura y su velocidad de vuelo era inferior a los 160 kilómetros por hora. A las 00.15 horas había recorrido la mitad del tramo final. Aproximadamente a dos kilómetros de su objetivo, las nubes dejaron ver la luna. Wallwork pudo observar el río y el canal, que en ese momento le parecieron cintas de plata. Entonces el puente apareció frente a él, exactamente donde él lo esperaba. «Vale —pensó—, ya te tengo.»

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