Normandía (2)

El día D, combates terrestres: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword

Capítulo 10

Los oficiales navales británicos guiaron a los soldados hacia todas las playas. Uno de ellos era el capitán Colin Madden, que un año antes había transportado por el Atlántico una flotilla de lanchas de desembarco construidas en Estados Unidos, a través de las Bermudas y Gibraltar. El día D, Madden, a bordo del buque escolta americano Lawford, se encargó de la llegada certera de la III Brigada canadiense a la playa de Juno.

Frente a la costa, se desembarcaban los tanques, hombres y suministros de cada LST directamente en la playa o en un transbordador «Rhino», en el que se desplazaban con motor hasta la playa; los transbordadores Rhino habían sido remolcados por el Canal con las LST. En ocasiones se produjeron errores: cuando un piloto Rhino vio en la playa a un soldado que gritaba y ondeaba frenéticamente una luz roja hacia él, presupuso que le indicaba el punto donde debía desembarcar la lancha. Sin embargo, el soldado intentaba advertir al piloto de la presencia de una mina en aquel punto de la costa. La lancha de desembarco tropezó con la mina y, en consecuencia, varios vehículos sufrieron desperfectos y algunos hombres resultaron heridos.

Cuando los soldados se aproximaban a la costa, salían de las lanchas de desembarco y ponían pie —o saltaban a trompicones— sobre algo que esperaban fueran zonas del litoral libres de peligro. Con frecuencia no era así, y muchos cayeron en el momento del desembarco o pocos minutos después, a causa del fuego continuo de las baterías, los fortines y los francotiradores alemanes. Aun así, al cabo de unas horas, los hombres abarrotaron las playas y se instalaron allí mientras llegaban los demás y los empujaban hacia adelante.

Cada una de las cinco playas del desembarco —Utah, Omaha, Juno, Gold y Sword— tiene sus propias anécdotas de lucha y resistencia, o de éxitos y fracasos. En Utah, al igual que en Sword, los paracaidistas lúe ron los que iniciaron el asalto, cuando todavía era de noche. La misión se confió a los hombres de la 101 División Aerotransportada, las «Águilas Chillonas», y la 82 División Aerotransportada. De los 6.600 hombres de la 101 que se lanzaron en paracaídas aquella noche, desde una y hora y media después de medianoche, en condiciones climáticas adversas, con cielo muy nuboso, sólo 1.100 llegaron a los puntos de cobertura al amanecer. Otros 1.400 llegaron a su destino al final del día. El resto aterrizó muy lejos de las zonas de combate establecidas. Pero un número suficiente consiguió llegar a la zona, o sabía qué debía hacer aunque se encontrase en un lugar erróneo, para garantizar la protección de las salidas de la playa Utah hacia la marisma, de modo que las tropas pudieran llegar a la costa y avanzar hacia el interior.

En la ciudad de Sainte-Mére-Église, objetivo de una de las zonas de aterrizaje de la 82 División Aerotransportada, detrás de la playa de Utah, un bombardeo aliado provocó el incendio de una casa grande poco después de medianoche. Mientras el alcalde y los vecinos formaban una larga cola hasta la fuente del pueblo, y se pasaban cubos de agua de mano en mano para sofocar el incendio, comenzaron a caer paracaidistas a su alrededor, «como confeti humano». Los soldados alemanes dispararon a los americanos mientras aterrizaban. Un paracaidista, John Steele, que quedó atrapado en la torre de la iglesia, fingió su muerte para evitar que le disparasen. Tras permanecer dos horas colgado, lo bajaron de allí y se lo llevaron prisionero.

El sargento de segunda Tom Rice, de la 101 División Aerotransportada, que cayó en la zona más meridional, recordaba después los momentos finales del vuelo: «El cielo se iluminó como si fuera de día: el fuego antiaéreo, las ráfagas de trazadoras rojas, verdes y blancas convergían en el lugar donde nos encontrábamos, y la lluvia de destellos delineaba nuestro perfil en el cielo mientras nos acercábamos a la zona de aterrizaje». Rice fue el primero en lanzarse desde el avión. Era la 1.31 de la madrugada. «Estábamos a unos cien metros del suelo y caíamos a una velocidad de 265 kilómetros por hora; no podíamos ralentizar la caída porque éramos un objetivo fácil. Por suerte no me dieron. […] Aparecí en un campo salpicado de canales. No me mojé, pero mi paracaídas volvió a inflarse y me arrastró hacia el canal. Corté a tiempo la línea de suspensión. No me pude librar del arnés porque llevaba un equipo excesivo. Ni siquiera logré desenfundar el arma. Al final tuve que cortar el arnés para escapar. Nos organizamos y armamos un buen lío tras las líneas enemigas hasta que llegaron las tropas transportadas por vía marítima.»

También aterrizó tras la playa de Utah el teniente Eugene D. Brierre. Tras tocar tierra, fue enviado por el general Maxwell Taylor en tres patrullas por la zona donde se encontraban. «No nos tropezamos con ningún enemigo vivo —recordaba—. En cambio, encontramos muchos alemanes muertos. Les quitamos las insignias y se las llevamos al general Taylor.» En la primera patrulla «observé que un alemán muerto llevaba una alianza matrimonial. No le di mayor importancia. En la segunda patrulla pasé por el mismo lugar y vi que le habían cortado el dedo».

Tras la toma de Pouppeville, el pueblo más cercano al lugar donde aterrizó el teniente Brierre, y a menos de una milla de distancia de la zona de desembarco inminente, «entré en una casa donde había un alemán tendido en el suelo, con un arma cerca de su cuerpo. Estaba a punto de dispararle cuando me percaté de que estaba gravemente herido. Me hizo señas para que le entregase algo. Vi que señalaba un rosario. Agarré su arma, la descargué y la coloqué en el lado opuesto de la habitación. Después cogí el rosario y se lo entregué. En su rostro se dibujó un gesto de profundo agradecimiento, y comenzó a rezar, pasando las cuentas del rosario entre los dedos. Al día siguiente supe que murió poco después».

Tres horas después de que los primeros paracaidistas americanos descendiesen detrás de la playa de Utah, los hombres del Tercer Batallón del 505 Regimiento de Infantería de Paracaidistas —parte de la 82 División Aerotransportada, bajo el mando del teniente coronel Edward C. Krause— entraron en Sainte-Mére-Église desde las zonas donde habían aterrizado. Los alemanes se retiraron. Eran las cuatro y media de la mañana. Krause izó la bandera de las barras y estrellas en el campanario de la iglesia. Los americanos liberaban una ciudad francesa por primera vez desde 1918.

En Utah hubo también algunos contratiempos, al igual que en todas las demás playas. De los 360 bombarderos estadounidenses enviados justo antes del desembarco para atacar las defensas costeras alemanas en Utah, 67 no lograron lanzar las bombas, pues la visibilidad era demasiado mala. A las tres y media de la madrugada, cuando los hombres fueron trasladados desde los buques hasta las lanchas de desembarco, muchos se rompieron las piernas al caer con el intenso oleaje desde las jarcias por las que descendían a las lanchas. El equipamiento que llevaban pesaba casi treinta kilos. Al desembarcar tres horas después, descubrieron que se encontraban más de una milla al sur del lugar donde deberían estar el comandante de división adjunto, el general de brigada Theodore Roosevelt, Jr., hijo del presidente Theodore Roosevelt y primo de Franklin Roosevelt, fue quien ocupó el mando tras desembarcar con la prime u oleada de fuerzas atacantes. En lugar de volver a embarcar para dirigí i v a la zona de desembarco establecida, decidió desplazarse por el interior. Avanzando a grandes zancadas por la playa, bastón en mano, instó a los hombres a seguir adelante.

Por sus acciones en la playa de Utah, el general Roosevelt fue condecorado con la Medalla de Honor, una de las cuatro concedidas el día I). Su mención apunta que, a pesar de su alta graduación, «guió personal mente a numerosos grupos de soldados desde la playa, por el espigón, hasta las posiciones del interior donde pudieron instalarse. […] Bajo su avezado, preciso, resuelto y tranquilo liderazgo, las tropas de asalto re dijeron puntos fuertes de la playa y en breve avanzaron hacia el interior con un número mínimo de víctimas. De este modo contribuyó significativamente a establecer la cabeza de playa en Francia». Fue el general Roosevelt quien lideró el ataque contra el blocao W5 que Rommel había inspeccionado el mes anterior. Por casualidad, los hombres arribaron a la costa en una zona menos defendida que aquella en la que pretendían desembarcar.*

El general Roosevelt murió de un ataque cardíaco poco después del desembarco de Utah. Su hermano, aviador, resultó muerto en acto de servicio durante la Primera Guerra Mundial. Cuando se creó el Cementerio Nacional Americano de la Segunda Guerra Mundial en el acantilado que domina la playa de Omaha, el cuerpo de su hermano fue traslado desde otra zona de Francia para enterrarlo a su lado. Otros ocho pares de hermanos se enterraron también allí, pero en filas distintas. Un padre y un hijo yacen también contiguos, el coronel Ollie Reed y su hijo Ollie Reed, Jr., ambos muertos en Normandía.

Una de las principales defensas alemanas en la playa de Utah era la batería de St.-Marcouf en Crisbecq. En la madrugada del 6 de junio cayeron allí unas seiscientas bombas, pero no lograron destruirla, debido a la resistencia de los recintos fortificados de hormigón, dos de los cuales se habían concluido la misma semana del día D.

Una fuerza de trescientos soldados alemanes defendía la batería. A primera hora de la mañana, cuando todavía era de noche, veinte paracaidistas americanos que aterrizaron en las proximidades —a varios kilómetros de la zona de aterrizaje prevista— cayeron prisioneros. Con las primeras luces del día la batería abrió fuego contra la flota invasora. Un destructor resultó hundido y un crucero sufrió graves desperfectos. Las fuerzas navales contraatacaron, y sus cañones pesados destruyeron los principales cañones de la batería, aunque las estructuras de hormigón permanecieron intactas, y los soldados que se encontraban en el interior, protegidos por campos minados, alambrada y diecisiete ametralladoras, hicieron frente a los americanos durante seis días, mucho después de que la batalla se hubiera desplazado varios kilómetros al sur.

Entre los hombres que participaron en la acción de Utah se encontraban ochocientos daneses, en su mayoría marineros que servían a bordo. Dinamarca estaba ocupada por Alemania desde abril de f 940. Muchos de los daneses que escaparon del país se sumaron a las fuerzas británicas. Uno de ellos, miembro del Servicio de Buques Especiales, el capitán Anders Lassen, sería condecorado a título póstumo con una Cruz de la Victoria un mes antes del final de la guerra.

En la playa de Utah, el herido John E. Dunford vigilaba la costa mientras los prisioneros alemanes eran rodeados «y encerrados en un recinto con alambrada». Eran las cinco o seis de la tarde. «Conseguí bajar hasta la orilla, donde estaban los barcos que iban a transportar a los heridos y prisioneros de guerra de regreso a Inglaterra». Mientras perdía y recuperaba la conciencia, el barco «regresaba por el Canal».

Entre las playas de Omaha y Utah había un promontorio de acantilado, Pointe du Hoc, situado a seis kilómetros de la zona de desembarco más occidental de Omaha. Los seis cañones pesados de su batería fortificada, cada uno de los cuales tenía, según los cálculos de los aliados, un alcance de 25.000 metros, representaban una amenaza para las playas de Utah y Omaha. La batería había sido atacada durante todo el mes de mayo con bombardeos diurnos, y con bombardeos continuos, diurnos y nocturnos, los días 2, 3 y 4 de junio. El reconocimiento aéreo mostraba que los daños provocados eran enormes. Pero para mayor seguridad, se llevó a cabo un nuevo bombardeo la noche del 5 al 6 de junio, seguido de un asalto de comandos realizado por los hombres del II Batallón de Tropas de Asalto. Iniciaron el ataque al amanecer, dispuestos a escalar el acantilado de treinta metros de altura. Antes de que intentasen la escalada, el ataque de dieciocho bombarderos americanos obligó a los defensores a protegerse bajo tierra. Luego, cuando las tropas de asalto comenzaron a subir por el acantilado por medio de escaleras, contaron con la poderosa y efectiva protección de dos buques de guerra aliados, el destructor americano Satterlee y el británico Talybont.

Cuando cesó el cañoneo naval, algunos defensores alemanes salieron de los búnkeres, pero en breve fueron asesinados o capturados a medida que las tropas de asalto alcanzaban la cima del acantilado. Allí se encontraron con que habían desaparecido todos excepto uno de los tan temidos cañones. El que quedaba estaba estropeado a causa de un ataque aéreo anterior. Los cinco restantes estaban escondidos en un huerto cercano, sin vigilancia. Las tropas de asalto los destruyeron con granadas.

La playa de Omaha fue el lugar donde se produjeron más contratiempos el día D. Los problemas comenzaron mucho antes del desembarco de las tropas. Mientras los buques se encontraban todavía a once millas de la costa, los hombres fueron transferidos desde los buques hasta las lanchas de desembarco. Era el doble de la distancia desde la que realizaron esa misma maniobra los británicos una hora después en sus playas, lo cual contravenía los consejos de los planificadores británicos. Once millas suponían un viaje de tres o cuatro horas hasta la playa. Por lo tanto, era todavía de noche cuando las tropas se trasladaron a la lancha de desembarco para arribar a la costa a la hora adecuada. Debido a la oscuridad, muchas lanchas de desembarco, incluidas las que trasladaban a los ingenieros encargados de eliminar los obstáculos de la playa, perdieron sus posiciones correctas en la flota.

El viaje no sólo fue más largo que el de las demás playas, sino también más peligroso a causa del mal estado de la mar. «Nunca vi unas aguas tan bravas —recordaba el sargento Roy Stevens—; el mar no cesaba de erizarse, y todo eran cabrillas a nuestro alrededor, a doce millas de la costa.»

Mientras la lancha de desembarco se encontraba todavía a 6.000 me-(ros de la costa, se lanzaron 29 tanques flotantes, pero muchos se hundieron como piedras con la tripulación en su interior. Sólo dos llegaron a la playa. La artillería necesaria en la playa se había cargado en los DUKW anfibios. Por ello eran inestables y volcaron. Más de veinte piezas de artillería acabaron en el fondo del mar.

Diez lanchas de desembarco que transportaban a la infantería hicieron agua con la fuerza del oleaje y se fueron a pique. Los hombres, que cargaban casi 30 kilos de equipamiento, tenían escasas posibilidades de supervivencia. Muchas lanchas que lograron alcanzar la costa se desviaron de su rumbo, de modo que, a causa del largo viaje, casi todos los hombres llegaron ateridos de frío, con calambres y mareos. Antes de que arribaran a la costa, los alemanes abrieron fuego contra ellos. Muchos murieron en los barcos. Otros se ahogaron bajo el peso del equipo mientras luchaban por mantenerse a flote en las aguas profundas. Pero otros fueron alcanzados por los disparos mientras caminaban a duras penas por el agua hacia la playa.

Una crónica oficial norteamericana recoge un episodio, la historia del desembarco de la Compañía Able: «Exactamente a las 6.36 de la mañana se lanzan las rampas del barco y los hombres saltan al agua en cualquier zona, desde lugares donde les cubre hasta la cintura hasta otros donde no hacen pie. Ésta es la señal que aguardan los alemanes desde lo alto del acantilado. La línea de flotación, ya tiroteada por los morteros, es recorrida de cabo a rabo por las ametralladoras desde ambos extremos de la playa». Aquella compañía concreta «ha previsto avanzar por el agua hasta la costa en tres filas desde cada bote, de manera que la fila del centro camine primero, seguida por las filas laterales a derecha e izquierda. Los primeros hombres que lo intentan quedan despedazados antes de recorrer cinco metros. Hasta los heridos más leves mueren ahogados, condenados a hundirse a causa de las mochilas sobrecargadas».

La versión oficial continúa así: «El mar se vuelve rojo. Incluso para los heridos leves que saltan en zonas de poco calado los disparos son mortales. Al ser derribados por el disparo de una bala en el brazo o al debilitarse por el miedo y la impresión, no logran ponerse de nuevo en pie y se ahogan en cuanto sube la marea. Otros heridos se arrastran hasta la costa y, al encontrar la arena, se quedan inmóviles de puro agotamiento, pero al subir la marea las aguas los cubren y los matan. Unos pocos logran abrirse paso en el enjambre de balas hasta 4a playa, donde se percatan de que no pueden quedarse allí. Regresan al agua para utilizarla como protección. Con la cara girada hacia arriba, para mantener los orificios nasales fuera del agria, se arrastran hacia tierra a la misma velocidad de la marea. Así es como se salvan casi todos los supervivientes. Los menos resistentes o menos inteligentes intentan protegerse de los obstáculos enemigos amarrados en la mitad superior de la playa, donde resultan alcanzados por el ruego de las ametralladoras. Siete minutos después de la apertura de las rampas, la Compañía Able yace inerte y sin líder».

Un miembro de una de las unidades de demolición de la playa de Omaha, Michael A. Accordino, contempló el momento en que la rampa de una lancha de desembarco de infantería recibía un tiroteo directo, «que provocó la muerte de unos cuantos hombres, mientras el resto huía despavorido, dejando a los muertos tendidos sobre la barandilla. Aquella fue una triste visión». Y añadió: «Perdía nueve amigos aquel día».

A media mañana, dos destructores aliados, que se acercaban a menos de mil metros de la playa de Omaha, bombardearon las posiciones alemanas que todavía disparaban hacia la playa. Durante el día, la III Sección de la 607 Compañía de Registro de Tumbas arribó a la costa para establecer un punto de concentración de cadáveres en la playa. Bajo la protección del fuego de los destructores, dos batallones de combate de ingenieros abrieron dos agujeros en las dunas, rellenaron la zanja antitanques y limpiaron los campos minados. Murieron 35 hombres, entre los cuales se cuentan dos hermanos, Jay B. y William W. Moreland, cuyos cadáveres nunca llegaron a aparecer.

Los hombres de los batallones de combate de ingenieros fueron condecorados, colectivamente, con la Cruz de Guerra francesa por permitir el avance de las tropas por la playa. Dado que las tropas francesas no llegaron a Normandía hasta varios días después, estos americanos fueron los primeros soldados de combate en recibir esta importante condecoración francesa en territorio galo desde 1940.

Entre los que murieron en la playa de Omaha estaban también 19 de los 34 soldados de una misma ciudad, Bedford (Virginia). Ninguna otra comunidad estadounidense ni británica perdió una proporción tan alta de soldados el día D. Eisenhower, reflexionando a posterior sobre las pérdidas de Omaha, donde perdieron la vida unos 2.000 soldados americanos —en casi todos los casos, mientras intentaban llegar a tierra—, revelo que la resistencia alemana en aquella zona «tenía el nivel que nos temíamos en todo el frente». Pero Omaha fue el único lugar donde los defensores alemanes lograron contener la fuerza invasora americana, de casi 35.000 hombres, hasta un perímetro de no más de una milla de profundidad.

En el desembarco en la playa de Juno participaron soldados canadienses, 15.000 en total, el triple de los que arribaron a Dieppe en 1942. Uno de los cinco cruceros que bombardearon las posiciones alemanas durante el desembarco de Juno era el Dragón. Entre los 13 destructores había dos canadienses, el Algonquin y el Sioux. Un destructor francés, la Combatiente, también estaba en acción aquel día frente a la playa Juno. Ocho meses después se hundió en el Mar del Norte, provocando la muerte de 65 marineros franceses y dos británicos.

A las cinco y media de la mañana, dos horas antes de que comenzara el desembarco en Juno, cuatro torpederos alemanes se abrieron paso entre la cortina de humo provocada por los aviones aliados entre las baterías alemanas de Le Havre y los acorazados que bombardeaban. Los barcos dispararon sus torpedos y regresaron a su base de Le Havre. Sólo dio en el blanco un torpedo que hundió el destructor Svenner de la Real Marina Noruega. La tripulación noruega se salvó saltando al mar.

Al igual que en Utah y Omaha, en Juno el mar estaba muy agitado, y muchos hombres se marearon mucho antes de llegar a la costa. Una vez allí, el ruido del bombardeo aéreo y marítimo era casi insoportable. Pero había momentos de tregua. Gordon Hendery, que dirigía tres de las lanchas de desembarco en la playa de Juno, donde viajaban los soldados de los regimientos Canadian Scottish y Nova Scotia, recordó un tiempo después: «Ocurrió una cosa maravillosa. De repente uno de los chicos, un sargento, se puso en pie y comenzó a cantar "Roll out the Barrel". Por un instante, se disipó el miedo de nuestros rostros y cantamos todos juntos».

Con los bombardeos aéreos y marítimos, las posiciones defensivas alemanas en la playa de Juno no habían sufrido desperfectos tan graves como pretendían los invasores. A menudo prevalecía el ingenio sobre la planificación: en una ocasión, en la playa, el conductor de una topadora silenció un fortín alemán llenándolo de arena.

Las tropas canadienses perseveraron. Antes de las diez y media, aquella mañana, un grupo de periodistas logró establecer una oficina de prensa en un hotel de Berniéres. Una placa del edificio rememora lo sucedido: «La primera oficina de prensa para periodistas, fotógrafos y fincas tas, británicos y canadienses, desde donde se emitieron los primeros informes destinados a la prensa del mundo libre». Una hora después el comandante de las tropas canadienses, el general de división R. F. 1 „ Keller, desembarcó en la costa. Aquella tarde pronunció su primera conferencia en suelo francés.

Al final del día, los canadienses de Juno habían logrado penetrar unos 22 kilómetros por el interior, nías que ninguna otra fuerza invasora. Irónicamente, podrían haber alcanzado su objetivo, el aeropuerto de Carpiquet, a las afueras de Caen, si su avance no hubiera provocado un tráfico masivo de hombres y equipamientos que intentaban penetrar en el interior desde la playa. Entre los canadienses que perdieron la vida en acto de servicio aquel día se cuentan 21 hombres de una pequeña ciudad, Londres (Ontario), que servían en el regimiento de los First Hussars. Cinco días después los First Hussars perdieron otros 61 hombres en acción, más al interior del territorio francés.

Seis mil soldados británicos desembarcaron en la playa Gold la mañana del día D. El principal objetivo del desembarco era tomar la ciudad de Bayeux y las zonas altas situadas al este y oeste de la localidad. Al principio se produjeron algunos contratiempos. En el sector central el viento era tan intenso —fuerza 5, el más intenso en toda la zona del desembarco aquel día D— con olas de más de 1,20 metros de altura, y el flujo mareal tan fuerte que gran parte de las unidades blindadas de apoyo no logró arribar a la costa. Varios tanques anfibios se perdieron antes de llegar a la playa. En un sector, tres de las lanchas de desembarco de los Comandos de Infantes de Marina Reales se hundieron al tropezar con tres obstáculos alemanes. Murieron cuarenta y tres hombres.

Uno de los que atravesaron la playa hasta el malecón bajo el fuego intenso de los morteros y ametralladoras era el capitán F. H. Honeyman, el sargento de primera H. Prenty y el soldado de primera A. Joyce. Por su valentía en el asalto de la playa, Honeyman fue condecorado con la Cruz Militar, mientras que Prenty y Joyce recibieron la Medalla Militar, en todos los casos a título póstumo, pues los tres murieron en acto de servicio cinco días después.

Durante el asalto a las defensas de la playa Gold en Mont Fleury, el brigada Stanley Hollis recibió la Cruz de la Victoria —la única concedida el día D— por hostigar un fortín alemán cuyos ocupantes podían disparar a la retaguardia de las tropas británicas mientras éstas avanzaban. Hollis disparó su Sten en el interior del fortín, saltó sobre el tejado, re-cargó el arma, lanzó una granada por la puerta, mató a dos alemanes, y se llevó prisioneros a los 26 restantes. Aquel mismo día, en el pueblo de Crépon, a unos tres kilómetros hacia el interior, Hollis rescató, gracias •A una maniobra disuasoria, a dos de sus hombres que estaban atrapados en una casa, desde donde continuó disparando un arma Bren a la vista de los alemanes, que mientras le disparaban no veían a los dos hombres que regresaban al frente británico.

Cuando las tropas desembarcaron en Gold, las radios del cuartel general de un destacado batallón fueron destruidas por la artillería alemana, lo cual imposibilitó que el batallón solicitase fuego de apoyo desde los barcos o aviones. Pero los contratiempos de la cabeza de playa se superaron gracias al valiente asalto continuo de las tropas que estaban en la costa. Tomaron los bastiones alemanes y contuvieron un ataque de los tanques alemanes. Tras llegar por tierra a Arromanches, las tropas británicas controlaron el pequeño puerto al final de la tarde, preparándolo así para la llegada del puerto Mulberry.

Aquella tarde, ante el temor de un contraataque alemán, los comandantes británicos en Gold no dieron la orden de avanzar hacia el objetivo, Bayeux, que permanecía en manos alemanas. Pero se aseguraron el control de la cabeza de playa. Aquella tarde el primer puerto Mulberry zarpó de Gran Bretaña con rumbo a Arromanches. Sus estructuras se transportaron por el Canal con 150 remolcadores —británicos, americanos y holandeses—, cuyas chimeneas llevaban la marca «M» de Mulberry.

En la playa Sword, donde el objetivo de aquel día era la ciudad de Caen, pasaban dieciséis minutos de la medianoche cuando los primeros planeadores británicos, tras ser remolcados sobre el Canal con bombarderos Halifax y liberados a 8.000 pies sobre la costa de Normandía, comenzaron a aterrizar en el objetivo, cerca de los puentes del río y del Canal Orne.

El primer hombre que llegó a tierra fue el mayor John Howard, de la Infantería Ligera de los Ox and Bucks. Cuatro minutos después, los paracaidistas exploradores aterrizaron en la zona para marcar las zonas de aterrizaje de otros planeadores. El primero de estos paracaidistas era el teniente Robert de Latour, que murió dos semanas después.

El ataque sobre el puente en el Canal Orne fue dirigido por el teniente Dan Brotheridge, que había aterrizado con sus treinta hombres en el planeador número 1. Lograron tomar el puente, pero Brotheridge murió, y su lápida en el cementerio cercano de Ranville lo describe como el primer soldado inglés que cayó en acto de servicio. Tenía 29 años. Las palabras grabadas en su lápida dicen: «Desde la amargura de la guerra, halló la paz perfecta». Junto a él, en el mismo cementerio, está la tumba de un soldado alemán desconocido. La toma del puente sobre el Canal Orne obligó al comandante de la compañía alemana local en Bréville a desviarse seis horas por Caen, en su recorrido para avisar al cuartel de su compañía, situado a sólo diez minutos al otro lado del puente.

En el flanco oriental de Sword, las tropas canadienses de la III Brigada de Paracaidistas —miembros del Primer Batallón de Paracaidistas Canadienses— emprendieron una misión de destrucción de puentes, tras aterrizar cerca de Varaville y Robehomme a las dos y media de la madrugada. Aunque, al igual que muchos otros paracaidistas aquel mismo día, éstos aterrizaron en una zona mucho más amplia de la prevista, lograron reagruparse y llevar a cabo su misión, volando los puentes del río Dives. En el pequeño cementerio del pueblo de Toufreville está la tumba del cabo E. O’Sullivan, que murió aquel día. Tenía 20 años. El pueblo homenajeó su memoria otorgando su nombre a la plaza de la iglesia. Otro de los paracaidistas canadienses, Dennis Flynn, resultó herido durante el ataque. Tras un período en el hospital se reunió con los paracaidistas y volvió a saltar en marzo de 1945, durante la Operación Varsity, en el cruce del Rin. En aquella ocasión se destrozó la pierna con el fuego de las ametralladoras alemanas, mientras escoltaba a dos prisioneros alemanes que cruzaban el río de regreso. Más tarde recordaba que sólo había saltado tres veces en paracaídas: una para practicar, otra el día D, y la tercera para cruzar el Rin.

Durante los aterrizajes de paracaidistas canadienses cerca de Varaville, dos aviones de transporte de paracaidistas fueron abatidos cerca del pueblo de Grangues. Los seis miembros de la tripulación y diecinueve paracaidistas murieron. Un segundo avión realizó un aterrizaje de emergencia a menos de cien metros del primero. Murieron cuatro miembros de la tripulación y cuatro paracaidistas, y los demás resultaron gravemente heridos. El cháteau cercano al lugar donde se estrellaron los aviones estaba ocupado por los alemanes, que se llevaron a los supervivientes heridos del segundo avión a unas caballerizas. Allí se juntaron en cautividad con los supervivientes de un planeador accidentado en las proximidades. En total, 44 soldados, marineros y aviadores murieron. Más tarde, aquel mismo día, ocho de los prisioneros de guerra fueron fusilados. Los alemanes dijeron a los vecinos del pueblo que había habido un intento de fuga. Enterraron a los ocho en una trinchera, donde los identificó en 1945 un equipo de médicos británicos.

Las tropas británicas de los planeadores que llegaron a los puentes de Orne poco después de medianoche contaron con el refuerzo de los paracaidistas una hora después. Muchos se desviaron con los fuertes vientos, pero el oficial al mando, el teniente coronel de aciago nombre Geoffrey Pine-Coffin (su apellido significa «féretro de pino»), ordenó a su corneta que concentrase el máximo número de hombres posible; unos doscientos respondieron a la llamada. Antes de las tres de la madrugada definieron un perímetro en torno a los dos cruces.

Los soldados alemanes combatieron con tenacidad desde los prime-ros momentos del aterrizaje de planeadores y paracaidistas. Pero no lograron impedir que las tropas británicas irrumpiesen en la batería de Merville, situada a un kilómetro y medio por el interior, mientras la playa era un polvorín. Los hombres del IX Batallón de Paracaidistas se lanzaron veinte minutos después de la medianoche, y muchos cayeron fuera de la zona prevista. A las 2.20 de la madrugada sólo había llegado a la zona la cuarta parte de los que se habían lanzado dos horas antes. Su comandante, el teniente coronel Terence Otway, que había aterrizado en la zona correcta, estaba decidido a alcanzar a toda costa el objetivo. Tras ponerse en marcha con todos los hombres que pudo reunir, llegó a la batería de Merville a las 4.20 de la mañana. Tras ello vino un encarnizado combate y la invasión de la batería. Cuarenta minutos después Otway informó sobre aquella victoria al general Richard («Windy») Gale, el comandante de su división, con señales de humo y palomas mensajeras. Cuando examinaron la batería, observaron que los cañones pesados que supuestamente contenía, con potencia para bombardear la cabeza de playa, nunca se habían instalado allí.

Una vez invadida la batería de Merville, los alemanes se concentraron en controlar el pueblo de Ranville, a unos ocho kilómetros por el interior. Sin embargo, al cabo de pocas horas fueron expulsados del lugar.

Hoy la iglesia del pueblo exhibe una placa clónele se recuerda que Ranville fue el primer pueblo francés liberado. Así se puso fin a cuatro años de régimen nazi, y el general Gale estableció su cuartel general en un cháteau cercano.

Los alemanes estaban decididos a no abandonar. Más adelante, aquel mismo día, recuperaron la batería de Merville, que controlaron hasta el día siguiente, cuando fue de nuevo invadida por las tropas del Comando número 3. Cuando los hombres de la 21 División Panzer atacaron el puente del Canal de Orne durante la tarde del día D, fueron dispersados por los planeadores y paracaidistas del mayor John Howard, que habían aterrizado al final de la mañana. Los paracaidistas del flanco oriental de la playa Sword combatieron sin tregua durante 21 horas contra los tenaces adversarios alemanes hasta que al fin controlaron el área próxima a las zonas de desembarco y aterrizaje. El general Gale apuntó posteriormente la siguiente reflexión: «Los hombres estaban cansados, pero satisfechos y orgullosos de sus logros».

Cuando los comandos aerotransportados controlaron los dos puentes del Orne y la batería de Merville, y destruyeron los puentes del río Di-ves, llegó el momento del desembarco propiamente dicho. Entre las tropas que cruzaron el Canal durante la noche y combatieron al aproximarse a la costa, se encontraban 500 hombres del Comando número 4, que desembarcó a las 8.20 de la mañana. Eran los primeros que desembarcaban en la playa Sword. Muchos habían sufrido graves mareos durante la travesía, primero en dos vapores y después en la lancha de desembarco. Uno de los oficiales, el mayor Patrick («Pat») Porteous, había sido condecorado con una Cruz de la Victoria en Dieppe. El barco en el que viajaba se había llenado de agua con el oleaje. «La aproximación a la playa fue un infierno —señaló posteriormente—, pero cualquier cosa era preferible a aquel barco espantoso. Cuando se abrieron las rampas frontales, el barco se hundió en un metro de agua.»

A las 8.40 de la mañana, veinte minutos después de que los hombres del Comando número 4 arribasen a la costa, los siguieron el brigada Lord Lovat y el Comando número 6. Lovat rae el primero en llegar a la costa, seguido de Piper Bill Millin, que posteriormente describió su llegada. «Lovat entró primero en el agua […] —recordaba Millin—. Le seguí muy de cerca […]. Es un hombre de uno ochenta de estatura y, por supuesto, el agua le llegaba a las rodillas. […] Pensé que para mí estaría bien, así que salté al agua y me llegaba a la cintura […] de todas formas logré avanzar y luego comencé a tocar la gaita. Toqué "Higland Laddie" en dirección a la playa, que estaba envuelta en un intenso tiroteo. En aquel momento había varios […] tres […] tanques en llamas; varios cadáveres flotaban en la orilla, boca abajo, y se mecían adelante y atrás con la marea. Algunos cavaban frenéticamente […] otros estaban en cuclillas tras un malecón bajo. Nadie podía salir de la playa. El camino y las salidas eran un polvorín.»

Millin corrió a refugiarse en una de las salidas de la playa, «un camino estrecho», según recordaba, «y llegué allí, justo detrás de un grupo de soldados que estaban destrozados […] unos nueve o doce […] no paraban de gritar, y al verme con la falda escocesa y la gaita me pidieron a gritos: " Jock! ¡Trae al médico!". Entonces miré a mi alrededor y para mi estupor vi aquel tanque que salía de una lancha de desembarco con los maya-les en funcionamiento, avanzando directo hacia el camino. Intenté llamar la atención del comandante […] tenía la cabeza fija en la tórrela […] pero no prestó atención, siguió adelante y aplastó todos los cuerpos».

Mientras los comandos seguían inmóviles en la orilla, tumbados boca abajo, Lovat pidió a Millin que tocase. «Me pareció bastante ridículo —recordaba Millin— tocar la gaita y entretener a la gente igual que en las playas de Brighton en tiempos de paz. De todas formas […] empecé a tocar y a desfilar arriba y abajo. El sargento vino corriendo y me dijo: "¡No sigas, imbécil! Estás llamando la atención hacia todos nosotros". De todas formas continué desfilando arriba y abajo hasta que nos mar-chamos de la playa.»

Poco después del desembarco, el Comando número 4 venció a los defensores alemanes, se reagrupó y avanzó hasta la ciudad de Ouistreham. El bastión alemán en la localidad, centrado en el casino, fue tomado por las tropas francesas libres del Comando Interaliado número 10, lo cual permitió que las tropas presentes en el pueblo continuasen la marcha hacia el interior. La versión del propio Comando recuerda el elevado número de bajas de los alemanes, «que opusieron resistencia desde las fortificaciones y camuflaron con astucia los blocaos». Los emplazamientos de cañones de hormigón alemanes «habían soportado el terrible bombardeo aéreo y naval, y se produjeron fuertes tiroteos» antes de que sus posiciones se hiciesen insostenibles «y se rindiesen varios», los primeros prisioneros de guerra alemanes de Overlord.

Con el Comando número 4 desembarcó también un corresponsal de guerra de Reuters, Doon Campbell. Como le faltaba la parre inferior del brazo izquierdo por un defecto de nacimiento, estaba exento del servicio militar. Agazapado en una zanja durante tres horas, envió sus mensajes desde Normandía con la mano derecha. Iba a quedarse con las tropas de primera línea en Francia, Bélgica y Alemania. En abril de 1945 envió a su diario un testimonio directo de la liberación del campo de concentración de Belsen.

Los hombres y las máquinas llegaron a la playa de Sword a lo largo del día. Alf Freeman, artillero de un cañón antitanque motorizado, re-cuerda que él y el resto de la tripulación de su cañón de 76 milímetros «recibimos la orden de desembarcar en una zona de 1,80 metros o más de profundidad, de modo que tuvimos que "taponar" el motor, como se suele decir, tuvimos que proteger todas las partes eléctricas, los en-chufes, el distribuidor, los plomos y el carburador. Y sucede que tuvimos mucha suerte, porque cuando descendimos al agua por la rampa del buque de desembarco de tanques, sólo había 40 o 60 centímetros de profundidad, y el motor estaba situado en una posición muy alta, con ruedas altas y neumáticos gruesos, de modo que el agua apenas afectó al motor. Condujimos por la playa entre dos cintas blancas hacia la tierra de Normandía».

Frente a la costa estaba fondeado un crucero francés, el Courbet, que fue uno de los barcos remolcados por el Canal, sin motor ni cañones, sólo cargado de hormigón, para formar el rompeolas Gooseberry necesario para proteger la lancha de desembarco. Era uno de los buques de guerra que habían participado en el ataque naval anglo francés de los Dardanelos en 1915. En junio de 1940 contribuyó a la evacuación británica desde Cherburgo, cubriendo la zona con sus cañones. Ante la playa de Sword, inmóvil, enarboló la bandera francesa tricolor y la Cruz de Lorena de la Francia libre. Los alemanes, creyendo que tenía capacidad para combatir, lo bombardeaban constantemente, e incluso lo torpedearon. Se aferraban a la creencia de que era un barco de combate junto a otros barcos de la fuerza naval aliada, que disparaban desde detrás de él contra las baterías costeras alemanas.

En Lion-sur-Mer, entre las cabezas de playa británicas y canadienses, los defensores alemanes contenían el avance del Comando de la Royal

Navy número 41, que tenía la misión de enlazar las dos cabezas de playa. El cañoneo naval no logró desplazar a los alemanes, que todavía mantenían su posición al final del día.

Un bastión alemán situado a unos cinco kilómetros de la playa de Sword por el interior, un bunker de hormigón conocido por los atacantes como «Hulmán», refrenaba el avance. Los británicos tardaron seis horas en vencer a los defensores. Veinte de los atacantes —hombres del Regimiento Suffolk— murieron en el asalto. Las tropas de refuerzo en-viadas para tomar Hillman desviaron unidades blindadas desde el lugar de la ofensiva hacia Caen. En el marco de aquella ofensiva, a la una de la tarde un ataque de diez minutos con bombas incendiarias británicas contra Caen provocó la muerte de muchos civiles. A las 4.25 de la tarde, los británicos lanzaron otro asalto incendiario en el que murieron más ciudadanos, y la funeraria donde el municipio había almacenado quinientos féretros para «emergencias graves» quedó reducida a cenizas. El primer concejal observó en su diario: «No tendremos ni un solo ataúd para enterrar a los muertos».

Los alemanes no abandonaron la ciudad de Caen, a pesar de los bombardeos. Para impedir la sublevación francesa, ejecutaron a más de ochenta miembros de la Resistencia que estaban retenidos como rehenes en la prisión de Caen.

Caen no cayó en manos de las fuerzas aliadas aquel mismo día; de hecho, permaneció bajo control alemán durante más de un mes. Al anochecer del día D, las tropas británicas más cercanas se encontraban todavía a ocho kilómetros de su objetivo. Luego, a las siete de la tarde, contraatacaron los alemanes: las tropas Panzer avanzaron hacia las playas y llegaron a la costa del Canal en un punto comprendido entre las playas británicas y canadienses. Si Rommel hubiera estado en su cuartel general aquel día, tal vez habría enviado antes esta unidad. Pero no recibió la noticia del desembarco aliado hasta las diez y cuarto de la mañana, más de tres horas después de que los americanos hubieran empezado a abrirse camino hacia la costa. Inmediatamente voló de regreso a Francia, tras recibir órdenes de Hitler de empujar a los invasores «de nuevo al mar» antes de medianoche. Sin embargo, a medianoche 155.000 aliados estaban ya en la costa.

Seis tanques alemanes llegaron a la costa del Canal aquella tarde, en un punto todavía patrullado por unidades alemanas y defendido por los cañones costeros germanos. Pero a medida que se concentraban más tanques para aumentar la resistencia, fueron víctimas de un error inusitado. Por el camino, en dirección oeste a este, volaban en masa los aviones y planeadores aliados de la VI Brigada de Aterrizaje, parte de la VI División Aerotransportada. Estas tropas se desplazaban hacia un punto de aterrizaje situado a 8 kilómetros de allí. Pero el comandante de la unidad Panzer se convenció de que aquella masa de hombres iba contra él, y que aquel era un «contraataque aéreo» deliberado. En consecuencia, se retiró, llevándose los seis tanques que ya estaban en la costa expuestos y encalladlos.

Los alemanes no habrían podido mantener el control de la costa durante mucho tiempo. La potencia de los cañones navales británicos era masiva. Un cañón naval de 15 pulgadas que provocó la muerte y destrucción de los defensores alemanes en la playa de Sword y en sus alrededores se había disparado por última vez en la Batalla de Jutlandia de 1916. Centenares de soldados alemanes murieron por aquellos lejanos proyectiles, ante los cuales no tenían defensa alguna.

Las Fuerzas Aéreas alemanas eran incapaces de prestar ayuda a los Panzer. Mientras los aliados realizaron 10.000 salidas aéreas el día D, frente a las 139 de las Fuerzas Aéreas alemanas, que en otro tiempo se consideraron la punta de lanza de la invasión de Gran Bretaña, y que únicamente lograron derribar un avión aliado. Pero los Panzer no se daban por vencidos. A tres kilómetros de la costa, cerca de Douvres-la-Délivrande, se encontraba una unidad de radar alemán sumamente fortificada. Allí se reunieron los Panzer, y allí combatieron sin intención de replegarse. Se aferraron a aquel bastión durante once días más, y se convirtieron en una espina en el costado de las tropas que avanzaban. Pero al final fueron derrotados.

En el cementerio militar cercano hay infinidad de hileras de tumbas alemanas. También yace allí un soldado de Lancashire, Gunner Clayton. Cincuenta años después, Gunner Connell, que estaba a su lado cuando Clayton murió, hizo su primer peregrinaje de regreso a Normandía. Junto a la tumba pronunció dos palabras, «Amigo mío», y lo recordó en silencio.

La noche del 6 de junio el diario londinense Evening News publicó el siguiente titular victorioso: «Monty lidera la invasión. Los tanques avanzan más allá de Caen». Pero no era así. Los alemanes todavía controlaban Caen y no tenían intención alguna de ceder. A las nueve y media de la noche, Montgomery, comandante en jefe de las fuerzas que ya estaban en la costa y de las que se preparaban para desembarcar en los días siguientes, cruzó el Canal en un destructor británico. No desembarcó, sino que se reunió con sus dos comandantes, el general Bradley y el general Dempsey, que estaban a bordo de un barco frente a la costa. Luego Montgomery pasó la noche en un destructor de la Royal Navy.

A pesar de los duros combates de las playas, el número de víctimas aliadas del día D fue relativamente bajo. De los 150.000 hombres que se lanzaron en paracaídas, aterrizaron en planeador o desembarcaron por vía marítima, se calcula que murieron 4.572.* Churchill confió lo siguiente a Stalin: «Esperábamos perder 10.000 hombres». En la Primera Guerra Mundial, el primer día de la Batalla del Somme, murieron 20.000 soldados. Entre los muertos del día D había 359 canadienses; en 1942 perdieron la vida más de 900 canadienses en Dieppe.

La primera noticia del desembarco de Normandía llegó al cuartel general supremo alemán de Berchtesgaden hacia las tres de la madrugada del 6 de junio. No despertaron a Hitler. Tres horas después, a medida que llegaba más información por teléfono, el general Gunther Blumentritt, jefe de estado mayor para el comandante en jefe occidental (Von Rundstedt), informó al general Warlimont de que «con toda probabilidad ésta era la invasión y Normandía era, al parecer, la zona».

Tras reconocer la gravedad del desembarco, el general Blumentritt, en nombre de Von Rundstedt, instó a que las reservas controladas por el Alto Mando de las Fuerzas Armadas (OKW), constituidas por cuatro divisiones motorizadas o blindadas, se liberasen de las zonas donde se concentraban y se desplazasen a posiciones más próximas a las playas. El general Warlimont telefoneó de inmediato al general Jodl, jefe de la rama de operaciones del Alto Mando de las Fuerzas Armadas alemanas. «Pronto nos percatamos —observa Warlimont— de que Jodl estaba bien informado, pero a la luz de los últimos datos no estaba totalmente convencido de que aquella fuera la invasión real. Por lo tanto, no consideraba que hubiera llegado el momento de utilizar nuestras últimas reservas», y opinaba que Von Rundstedt debía «intentar resolver primero la situación» con las fuerzas de Rommel. De este modo habría tiempo, en opinión de Jodl, «para clarificar si la operación de Normandía no era un ataque previo disuasorio de la principal operación por el estrecho de Dover».

Warlimont apunta también que Jodl tomó su decisión «bajo su propia responsabilidad o, en otras palabras, sin consultar a Hitler; a partí r de entonces, aquello fue motivo de acerbas acusaciones contra el OKW. La derrota alemana en Normandía, con todas sus fatales consecuencias, se debió fundamentalmente, según la opinión popular, a la decisión de no liberar las reservas del OKW».

Hasta las 10.30 de la mañana el personal del cuartel general de Rommel en La Roche-Guyon no consideró que la situación estuviese suficientemente definida para informar a Rommel, que todavía se encontraba en Alemania. Otros tres oficiales destacados se encontraban también lejos de sus puestos: el general Schlieben, comandante de la fortaleza de Cherburgo, estaba en un curso de entrenamiento en Rennes; el general Feuchtinger, comandante de la 21 División Panzer —las mejores tropas destacadas en Normandía— estaba de permiso en París, junto con su jefe de operaciones.

En toda la mañana del 6 de junio, las diversas partes del cuartel general supremo alemán en Berchtesgaden permanecían en contacto sólo por teléfono. El general Jodl y sus asesores se encontraban allí también, en la pequeña cancillería del Reich. El personal de Jodl estaba en otro edificio. Hitler permanecía en su residencia de Berghof. A mediodía los principales oficiales de Berchtesgaden celebraron la reunión informativa diaria con Hitler. Pero en aquella ocasión, la reunión no se celebró en Berchtesgaden, donde estaba todo el personal militar relevante, sino a una hora por carretera de allí, en el castillo de Klessheim, al norte de Salzburgo.

El motivo de este desplazamiento era que Hitler aguardaba una visita de estado húngara. El primer ministro húngaro, el general Dome Sztójay —ex agregado militar húngaro en Berlín— iba a ser recibido con todos los honores. A causa de las noticias provenientes de Normandía, la reunión informativa, que cuando estaban presentes visitas oficiales no era más que un «paripé» formal, fue precedida de una conferencia preliminar en una sala contigua al vestíbulo del castillo. La necesidad de una mano que guiase la situación era urgente.

«Muchos de los presentes y yo estábamos nerviosos por las consecuencias de los tremendos acontecimientos que se producían—recordaba el general Warlimont—, y mientras contemplábamos los mapas y cartas aguardábamos con inquietud la llegada de Hitler y las decisiones que iba a tomar. Las expectativas ambiciosas estaban condenadas a la decepción. Como solía ocurrir, Hitler decidió fingir. Al acercarse a los mapas, se rió entre dientes de manera despreocupada y se comportó como si aquélla fuera la oportunidad que aguardaba desde hacía tiempo para ajustar cuentas con su enemigo. En un inusual acento austríaco cerrado, dijo: "O sea que allá vamos". Después de breves informes sobre los últimos movimientos nuestros y del enemigo subimos al piso siguiente, donde se representó la función ante los húngaros.» Warlimont añadía que «la habitual sobrevaloración de las fuerzas alemanas y la confianza en la "victoria final" eran más repelentes de lo normal».

Hitler, convencido de que el desembarco de Normandía no era el segundo frente «verdadero», no sabía si debía dedicar todos sus recursos a la cabeza de puente. Durante el 6 de junio se dieron órdenes secretas a todas las unidades navales alemanas, advirtiéndoles de que se preparasen para ataques por sorpresa en zonas distintas de Normandía. Este mensaje se descifró en Bletchley aquella misma tarde, lo cual dio a los aliados la seguridad de que el 7 de junio, el día D más uno, no se enfrentarían a toda la fuerza del ejército alemán.

El día D presenció el lanzamiento de la Operación Houndsworth, cuando dos miembros del Servicio Aéreo Especial británico (SAS), Johnny Cooper —que aquel día cumplía 24 años— y Reg Seekings, se lanzaron en la región francesa de Morvan como avanzadilla del Escuadrón «A» del Primer Regimiento del Servicio Aéreo Especial. Sus instrucciones consistían en establecer una base entre Loira y Dijon, entablar contacto con la Resistencia francesa, armarla, entrenarla y ayudarla a bloquear las líneas de suministro alemanas y las líneas ferroviarias francesas, con el fin de ralentizar el traslado de refuerzos hacia la cabeza de playa de Normandía. Iniciaron su misión pocas horas después del desembarco.

En el interior de Francia, casi treinta mil combatientes de la Resistencia aguardaban la llamada a las armas, tras haber sido equipados masivamente por los paracaidistas británicos. Entre las armas contaban con decenas de miles de fusiles Sten y unas 250.000 granadas. A medida que recibían las noticias del desembarco aliado, a través de las radios clan-destinas y también por los rumores que circulaban, los combatientes de la Resistencia recogieron las armas de los depósitos ocultos e iniciaron sus actos de sabotaje contra la red de ferrocarril, esencial para el desplazamiento de las tropas alemanas al campo de batalla.

Para muchos, el día D no fue sólo un momento decisivo, sino una jornada de supremo alivio. En palabras de un muchacho canadiense de 15 años, Morley Wolfe, que ya se había integrado en el Escuadrón Real de Cadetes Aéreos canadienses: «Para mí el 6 de junio de 1944 rae el final de mi guerra. No necesitaba preocuparme ni prepararme para el servicio militar, sólo seguir los acontecimientos hasta la victoria final».

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