IDEAS SOBRE OPERACIONES ESPECIALES EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Durante la Primera Guerra Mundial se desarrollaron en Palestina operaciones aliadas detrás de las líneas enemigas turcas. Esas operaciones fueron dirigidas por el entonces Teniente Thomas Edward Lawrence del ejército ingles al mando de tropas árabes reclutadas entre las tribus de beduinos. Estas operaciones se consideran entre las primeras de la categoría de “especiales” por su ejecución y por las ideas creativas de Lawrence. En el capítulo que sigue, tomado de su libro “Los Siete Pilares de la Sabiduría” podemos ver alguna de esas ideas. Ya en ellas pueden verse rastros de la teoría de la 4ta Generación.

CAPÍTULO XXXVIII

El afán de limpieza me hizo detenerme antes de entrar en Weyh, para mudarme mis astrosas ropas. Feisal, al pre-sentarme ante él, me hizo penetrar en su tienda para hablar. Parecía que todo iba bien. Habían llegado más carros blindados de Egipto, Yenbo había quedado desguarnecido de sus últimos soldados y almacenamientos y el mismo Sharraf se había trasladado a Weyh, con una inesperada unidad, una nueva compañía de ametralladoras de curioso origen. Teníamos en Yenbo treinta hombres enfermos y heridos cuando nos marchamos de allí; y también montones de armas de desecho, con dos maestros armeros británicos que las reparaban. Los sargentos, que habían encontrado tiempo libre bastante, habían tomado trozos de diversas Maxims y, con ayuda de los pacientes, habían formado una compañía de ametralladoras, cuyos hombres entrenados en el curso de muchas demostraciones, eran tan buenos como los mejores que pudiéramos tener.

También Rabegh había sido abandonado. Los aeroplanos que allí estaban habían venido a establecerse en Weyh. Las tropas egipcias habían sido enviadas tras ellos, junto con Joyce y Goslett, y todo el Estado Mayor de Rabegh, que ahora se hallaba al frente de todo Weyh. Newcombe y Hornby se hallaban en el interior del país haciendo trizas el ferrocarril noche y día, casi con sus propias manos por falta de ayudantes. La propaganda entre las tribus seguía progresando; todo iba viento en popa, y yo estaba a punto de marcharme cuando Suleimán, el apo-sentador jefe, entró apresuradamente en la tienda y le dijo a Feisal algo al oído. Este se volvió hacia mí, con los ojos radiantes y tratando de aparecer tranquilo: «Auda está aquí», dijo. Yo exclamé: «Auda abu Tayi», y en aquel momento el cierre de la puerta de la tienda se levantó, dejando oír una voz profunda llena de expansivas salutaciones a Nuestro Señor, el Comendador de los Creyentes. Inmediatamente hizo su aparición una figura alta, fuerte, de rostro ojeroso, apasionado y trágico. Era Auda, y tras él venía Mohammed, su hijo, un niño en apariencia, y con sólo once años de edad en realidad.

Feisal se puso en pie como movido por un resorte. Auda le cogió las manos y se las besó, y ambos se apartaron uno o dos pasos para mirarse entre sí, una espléndida y sin igual pareja característica de gran parte de lo mejor que había en Arabia, Feisal, el profeta, y Auda, el guerrero, cada uno de ellos cumpliendo su papel a la perfección, y comprendiendo y amando al otro. Ambos tomaron asiento. Feisal hizo las presentaciones, y Auda, con palabra mesurada, parecía tomar nota de cada persona.

Habíamos oído hablar mucho de Auda, y proyectábamos hacernos con Akaba con su ayuda, y al cabo de un rato supe, por la fuerza y el carácter directo de este hombre, que alcanzaríamos nuestra meta. Había llegado a nosotros como un caballero errante, irritado por nuestro retardo en Weyh, y ansioso sólo por adquirir méritos en pro de la libertad árabe, en sus propias tierras. Si su actuación llegaba a ser sólo la mitad de lo que era su deseo, llegaríamos a ser prósperos y afortunados. Nos habíamos quita¬do un peso de encima cuando nos dirigimos a cenar.

Formábamos un alegre grupo: Nasib, Fais, Mohammed el Dheilan, primo político de Auda, Zaal, su sobrino, y el jerife Nasir, que permanecía descansando en Weyh entre dos expediciones. Le conté a Feisal curiosas historias sobre el campamento de Abdulla, y le hablé de la alegría de volar vías de tren. De pronto, Auda se puso en pie, y exclamando «Dios no lo quiera», saltó fuera de la tienda. Nos quedamos mirándonos unos a otros, y oímos un martilleo en el exterior de la tienda. Salí a ver lo que era, y allí estaba Auda inclinado sobre una roca, machacando su dentadura postiza con una piedra hasta hacerla pedazos. «Me había olvidado», me explicó, «que Yemal Pacha me la había regalado. ¡Estaba comiendo el pan de mi Señor con una dentadura turca!» Desgraciadamente le quedaban ya pocos dientes propios, de modo que en adelante masticar la carne que tanto le gustaba habría de resultarle una tarea difícil y dolorosa, y así se estuvo alimentado sólo a medias, hasta que tomamos Akaba, y sir Reginald Wingate le envió un dentista de Egipto para fabricarle una dentadura aliada.

Auda iba muy sencillamente vestido, a la manera del norte arábigo, todo de algodón blanco y un paño de cabeza rojo de Mosul. Debía de tener más de cincuenta, y su pelo negro aparecía entreverado de blanco, pero era fuerte y se mantenía erguido, de complexión flexible y enjuta, y tan activo como un hombre joven. Su cara formaba un magnífico conjunto de líneas y huecos. En ella se hallaba escrito el verdadero dolor que la muerte de su hijo favorito, Annad, había arrojado sobre su vida, al destruir su sueño de pasar la grandeza del nombre de Abu Tayi a futuras generaciones. Su frente era estrecha y ancha, su nariz larga y afilada, y poderosamente ganchuda; su boca más bien grande y móvil; sus bigotes y su barba aparecían cortados en forma puntiaguda, a la manera de los howeitat, con la mandíbula inferior afeitada por debajo.

Siglos antes, los howeitat habían llegado del Heyaz, y sus clanes nómadas se preciaban de ser verdaderos beduinos. Auda era su tipo perfecto. Su hospitalidad era devastadora; y excepto para almas hambrientas, incómoda. Su generosidad lo tenía sumido en la pobreza, a pesar de los beneficios extraídos de centenares de razzias. Se había casado veintiocho veces y había sido herido trece veces; aunque las batallas que había provocado habían causado heridas a todos sus cotribeños y la muerte de la mayor parte de sus parientes. El personalmente había matado a setenta y cinco hombres, árabes, con sus propias manos en batalla, y nunca a nadie fuera del campo de batalla. De los turcos que había muerto no llevaba cuenta: no los registraba. Los toweiha bajo su mando se habían convertido en los primeros luchadores del desierto, con una tradición de valor desesperado, y un sentido de la propia superioridad que nunca los abandonaba mientras hubiera vida y cosas que hacer; pero era esto también lo que los había reducido de mil doscientos que eran a menos de quinientos, en treinta años, al ir incrementándose las exigencias de la lucha abierta.

Auda llevaba a cabo razzias siempre que tenía oportunidad, y con tanta amplitud como podía. Había visitado Aleppo, Basra, Weyh y Wadi Dawasir en sus expediciones, y ponía buen cuidado en mantener la enemistad con casi todas las tribus del desierto que presentaran buenas perspectivas para el saqueo. Dentro de este estilo bandidesco, era tan testarudo como ardoroso, y en sus más enloquecidas empresas había siempre un frío factor de cálculo que lo hacía salir airoso. Su paciencia en medio de la acción era extrema: recibía e ignoraba los consejos, las críticas o las ofensas, con una sonrisa tan constante como encantadora. Cuando se enfadaba su cara se movía sin control, y estallaba en una pasión desatada, que sólo conseguía calmarse después de haber matado; en tales ocasiones se convertía en una bestia salvaje, y los hombres huían de su presencia. Nada en la tierra podría hacerle cambiar de idea u obedecer una orden que mínimamente desaprobara; y nada le importaban los sentimientos de los demás cuando su cara se llenaba de obstinación.

Veía la vida como una saga. Todos los acontecimientos resultaban por igual significativos, todos los personajes que entraban en contacto con él adquirían un halo heroico. Su espíritu estaba cargado de poemas sobre viejas razzias y epopeyas de viejas luchas, con los que inundaba a quien tuviera más cerca. Si carecía de audiencia, se los cantaba a sí mismo con su tremenda voz, profunda, sonora y ruidosa. Carecía de control sobre sus labios, y podía llegar a causar daños tan terribles a su propio interés como al de sus amigos. Hablaba de sí en tercera persona, y tan seguro estaba de su fama que le encantaba gritar historias contra sí mismo. A veces parecía poseído por un demonio travieso, y en las asambleas podía llegar a inventar y contar bajo juramento sonrojantes historias sobre la vida privada de sus huéspedes o sus anfitriones, y, a pesar de todo esto, era modesto, tan simple como un niño, directo, sincero, amable, y calurosamente estimado incluso por aquellos para quienes podía resultar más molesto: sus amigos.

Joyce vivía cerca de la playa, junto a las dispersas hileras de las tropas egipcias, en un imponente conjunto de pequeñas y grandes tiendas, y charlamos sobre las cosas hechas y las que quedaban por hacer. Todos los esfuerzos se hallaban aún dirigidos contra el ferrocarril. Newcombe y Garland se hallaban cerca de Muadhaddhan con el jerife Sharraf y con Maulud. Tenían consigo muchos billi, la infantería montada en mulas, así como cañones y ametralladoras, y esperaban poder tomar el fuerte y la estación de aquel lugar. Newcombe pretendía entonces hacer avanzar a todos los hombres de Feisal hasta muy cerca de Meadin Salih, y, tras ocupar parte de la línea, dejar aislada a Medina y forzar su propia rendición. Wilson estaba a punto de llegar para ayudarnos en esta operación, y Davenport debía tomar a tantos hombres del ejército como le fuera posible transportar, para reforzar el ataque árabe.

Todo este programa era el que yo había creído necesa¬rio para el ulterior avance de la Rebelión Árabe cuando tomamos Weyh. Yo mismo había planeado y diseñado parte del mismo. Pero ahora, gracias a la feliz fiebre y la disentería que había pasado en el campamento de Abdulla, había tenido tiempo de meditar sobre la estrategia y la táctica de la guerra irregular, y me parecía que no sólo los detalles, sino la esencia misma de ese plan estaban equivocados. Era pues tarea mía explicar mi cambio de ideas, y si era posible persuadir a mis jefes de que aceptaran mi teoría.

Empecé pues con tres proposiciones. Primeramente, los irregulares no podían atacar plazas fuertes, por lo que quedaban incapacitados para forzar decisiones. En segundo lugar, eran tan incapaces de defender una línea, como lo eran de atacarla. En tercer lugar, su virtud radicaba en el avance en profundidad, y no en el avance frontal.

La guerra árabe era geográfica, y el ejército turco un mero accidente. Nuestra meta era encontrar el eslabón material más débil del enemigo y cargar contra él hasta que el tiempo lo hiciera caer en toda la línea. Nuestro más amplio recurso, los beduinos, sobre los que debíamos construir nuestra estrategia, estaban inhabituados a las operaciones formales, pero tenían como valores propios la movilidad, la testarudez, la autoconfianza, el conocimiento del país y el valor inteligente. Con ellos la dispersión era fuerza. Debíamos, por tanto, ampliar nuestro frente al máximo, para imponer a los turcos la defensa pasiva más larga que fuera posible, ya que ésa era, desde el punto de vista material, su más costosa forma de guerra.

Nuestro deber era alcanzar nuestra meta con la mayor economía dejadas humanas, puesto que las vidas nos eran más preciosas que el dinero o el tiempo. Si teníamos paciencia suficiente y una destreza sobrehumana, podríamos seguir las directivas de Saxe, y alcanzar la victoria sin dar una sola batalla, simplemente sacando partido de nuestras ventajas psicológicas y matemáticas. Afortunadamente, nuestra debilidad no era tanta como para exigir tal cosa. Éramos más ricos que los turcos en transporte, ametralladoras, carros y explosivos de alta potencia. Podíamos desarrollar una fuerza de choque altamente móvil, altamente equipada, y de reducido tamaño, y usarla sucesivamente en determinados puntos bien distribuidos de la línea turca, para obligarlos a fortificar sus posiciones por encima del mínimo defensivo de veinte hombres. Esto podía constituir un atajo para la victoria.

No debíamos esforzarnos por tomar Medina. Los turcos eran allí inocuos. Prisioneros en Egipto, nos costarían alimentos y guardias. Queríamos que se quedaran en Medina, y en cualquier otra posición lejana, en el mayor número posible. Nuestro ideal debía ser hacer que el ferrocarril simplemente funcionara, sólo lo justo, con un máximo de pérdidas y de incomodidad. El factor comida los limitaría al ferrocarril, pero sólo al ferrocarril del He-yaz, al Transjordano y a las vías férreas de Siria y Palestina, reservándonos nosotros las restantes novecientas noventa y nueve milésimas partes de las vías férreas del mundo árabe. Si llegaban a evacuar más pronto de la cuenta, como primer paso para concentrarse, tendríamos que restaurar su confianza reduciendo nuestros ataques contra ellos. Su estupidez tenía que ser nuestra aliada, ya que pretendían ocupar, o pensar que ocupaban, tanto territorio de sus viejas provincias como le fuera posible. Su orgullo de vieja potencia imperial nos mantendría en la actual y absurda situación, todo flancos y ni un solo frente.

Criticaba luego en detalle el esquema guía. Ocupar el punto medio de la vía férrea podía llegar a resultar caro, ya que la fuerza ocupante se vería amenazada por cada lado. La mezcla de fuerzas egipcias e irregulares tribeños suponía una debilidad moral. Los soldados^ profesionales podían hacer que los beduinos se mantuvieran aparte, dedicándose a observarlos, felices de verse dispensados del papel principal. La consecuencia serían los celos unidos a la ineficacia. Por otro lado, el país billi era muy seco, y el mantenimiento de un amplio cuerpo de tropas en línea suponía una dificultad técnica.

Ni mi razonamiento general, ni mis objeciones particulares, sin embargo, tenían mucho peso. Los planes estaban hechos, y los preparativos estaban en marcha. Todo el mundo se hallaba muy ocupado con su propio trabajo para concederme una autoridad específica con la que llevar adelante mi plan. Todo lo que conseguí fue que me escucharan y admitieran que mi contraofensiva podía llegar a constituir una útil maniobra de distracción. Empecé a planear con Auda abu Tayi una marcha hasta los pastos de primavera de los howeitat en el desierto sirio. Entre ellos podíamos reclutar una fuerza móvil camellera, y rodear Akaba desde el este sin cañones ni ametralladoras.

El este era su lado desguarnecido, su línea de menor resistencia, y la más sencilla para nosotros. Nuestra marcha sería un ejemplo extremo de movimiento envolvente, puesto que implicaba una marcha por el desierto de seiscientas millas para capturar una línea de trincheras sin disparar un solo tiro desde nuestros barcos, pero no había otra alternativa practicable, y se hallaba tan completamente dentro del espíritu de mis meditaciones durante la enfermedad que su resultado podía ser afortunado, y sin duda alguna instructivo. Auda consideraba que todo era posible con dinamita y dinero, y que los pequeños clanes de los alrededores de Akaba se nos unirían. Feisal que ya se hallaba en contacto con ellos, también creía que nos ayudarían si conseguíamos un éxito preliminar en Maan, y luego avanzábamos con fuerza contra el puerto. La Marina había realizado un ataque sorpresa mientras nos hallábamos pensando esto, y los turcos que habían capturado nos dieron una información tan valiosa que yo me sentí ansioso de salir cuanto antes.

La ruta del desierto hasta Akaba era tan larga y tan difícil que no podríamos llevar cañones, ni ametralladoras, ni provisiones, ni soldados regulares. Consecuentemente, el único elemento que yo pensaba sustraer al plan general de los ferrocarriles era mi propia persona, y en tales circunstancias, eso era insignificante, pues me hallaba de tal modo en contra que mi ayuda hubiera sido más bien contraproducente. Así que decidí irme por mi cuenta, con o sin órdenes superiores. Escribí una carta llena de disculpas a Clayton, asegurándole estar movido por las mejores intenciones y partí.

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