LA TÁCTICA A COMIENZOS DEL SIGLO XX – Primera Guerra Mundial

Los niveles de conducción a inicios del siglo aplicaron coceptos
operacionales propios de la táctica a los niveles estratégicos, por ello
en este capítulo se tratarán grandes operaciones que técnicamente
corresponden a ese nivel y sin embargo su criterio de planeamiento y
ejecución responden a un pensamiento de orden táctico. La Primera
Guerra Mundial presenta este aspecto de confusión en que las acciones
militares se someten a procesos intelectuales tácticos aunque se
trate de cuestiones propias de los niveles operacional o estratégico.
Siguiendo ese criterio tomaremos bajo análisis grandes operaciones
como si se tratase de hechos de niveles de conducción inferior.
Del mismo modo es oportuno señalar que en esta conflagración
por primera vez se ven claramente diferenciados los niveles de decisión
estratégico y político, tanto en cuanto a sus diferentes criterios
como a que se hallan en manos de diferentes personas, ya no aparece
la concentración de la decisión político-estratégica concentrada en un
solo individuo. Esta nueva situación se resolverá de distinta manera
en cada nación beligerante.61
Es muy importante atender a estas consideraciones pues en parte
explican la confusión en la calidad de las decisiones. El proceso de
esclarecimiento de niveles de conducción y tipo de resolución sólo
comenzará a esclarecerse hasta después de la Segunda Guerra Mundial.
La segunda mitad del siglo XIX se halla plagada de innovaciones
tecnológicas en el campo militar. La aparición del ferrocarril, la pólvora
sin humo, las armas de retrocarga, las ametralladoras, los fusiles de
cargador, la artillería de tiro rápido, las ojivas de alto explosivo, iban a
impactar fuertemente en el campo de batalla y lo cambiarían por
completo. Pero ese cambio no sería ni rápido, ni ordenado, y generaría
importantes discusiones y dudas acerca de su potencialidad.
En el campo táctico la potencia de las armas de fuego y su modo
de empleo hacían sentir su influencia desde fines de las guerras napoleónicas.
En las últimas batallas de esa era podemos apreciar el
comienzo de un fenómeno conocido como el “campo de batalla vacío”.
Esto consistía en que, debido a la mejor potencia de fuego, la
infantería no podía permanecer expuesta a la vista del enemigo y en
formaciones cerradas, como respuesta las tropas se disponen en grupos
abiertos que ofrecen un blanco menor y aprovechan el terreno
para protegerse; por otra parte los fusiles de retrocarga permitían por
primera vez en la historia preparar el arma permaneciendo cuerpo a
tierra.
Se planteaban ahora dos formas posibles de combate en la batalla,
que Clausewitz clasificó como ‘combate por fuego’ y ‘combate cercano’.
En esta distinción destacaba que el combate por el fuego buscaba
la eliminación física del enemigo, mientras que el combate
cercano perseguía su destrucción moral; el primero preparaba la situación
para el segundo cuya coronación tradicional era la carga a la bayoneta.
Aquí corresponde una aclaración los ataques llevados a cabo de
esta última forma pocas veces concluyen en un combate cuerpo a
cuerpo. En general lo que sucede es que, si los asaltos no son deshechos
por el fuego, el pánico que producen desmorona la defensa haciéndola
huir desordenadamente.
Esta forma de combate resulta desgastante e incluye ingredientes
que si bien habían sido vislumbrados con anterioridad nunca necesitaron
de una atención particular. Al tener que combatir en formaciones
abiertas o de ‘batidores’, se perdían la cohesión moral y el control
que proveen las formaciones cerradas. Además el constante movimiento
para evitar el fuego y la búsqueda de terreno adecuado y su
preparación implican un desgaste físico mayor. El tirador individual
debe ahora ser más experto, pues de su puntería depende su vida, y
debe ser capaz de tomar sus propias decisiones de tiro por lo que la
iniciativa se hace más relevante. Se exige entonces un soldado con
adecuada educación académica y gimnástica, con una preparación
moral sólida, instrucción militar personalizada y una conciencia social
y política fuerte que impida el abandono de su grupo de pertenencia.
La preparación de este nuevo soldado se tradujo en la multiplicación
de las tropas de cazadores, cuyo primer batallón modelo fue el de
Chasseurs a Pied de Francia de 1830. Pronto crecieron y se expandieron
por el mundo, sin embargo siempre suscitaron dudas acerca de su
control en batalla y su eficacia. Todavía los oficiales más antiguos
seguían confiando en que una unidad en orden cerrado era capaz de
rechazar al enemigo haciendo fuego bajo órdenes de sus oficiales. Se
estaba abriendo una discusión no sólo acerca de un modelo táctico,
sino también acerca de la influencia de la moral, el espíritu de cuerpo
y la necesidad de un liderazgo diferente.
Entre los que privilegiaban el valor moral estaba el Cnl Bugead,
quien en 1854 sostenía que se podía mantener la cohesión moral, sin
perder la dirección de las tropas, ni aumentar los riesgos de bajas. Su
fórmula consistía en mantener las formaciones cerradas pero en línea
y no en columna, de este modo el poder de fuego de la unidad se
multiplicaba permitiendo un disparo a corta distancia antes del asalto.
Esta idea tuvo cierto predicamento en la Guerra de Crimea donde los
franceses se enfrentaron a densas columnas de rusos equipados con
antiguos fusiles.
Sin embargo, cuando se encontraron con tropas de igual calidad
como los austriacos en Italia en 1859 la situación se hizo diferente.
Hubo de recurrirse entonces a la línea abierta de batidores con la
preocupación de que los soldados se contentaran con un improductivo
cruce de fuegos, sin llegar al ataque. Para compensar ello se creó
una fórmula artificial en las instrucciones tácticas de Napoleón III de
1859: “Las nuevas armas son peligrosas sólo a larga distancia; no son
capaces de evitar que la bayoneta, como en el pasado, sea la terrible
arma de la infantería francesa”62. Curiosamente esta falsa promesa
funcionó a la perfección. La campaña de Italia fue ganada por Francia
al filo de la bayoneta y no por el uso del fuego.
Esta actitud se vio favorecida por una situación particular que se
la suele denominar “fuga hacia el frente”. La permanencia de una
unidad bajo fuego a distancia provoca un desgaste nervioso y una
tensión que motiva al soldado a lanzarse contra el enemigo lo más
pronto y rápido posible, actuando bajo el supuesto de que esa celeridad
disminuiría el número de bajas que sufrirían actuando como
blancos fijos. Estos criterios respecto de la eficacia de las armas, el
uso de la bayoneta y la rapidez en el ataque serán los núcleos centrales
de la doctrina francesa a comienzos de la Primera Guerra Mundial.
Ardant du Picq profundizó la apreciación de la moral de las tropas
en su libro “Estudios de Batalla”. Comprendía que las formaciones
cerradas eran inadecuadas frente a la potencia de las modernas armas,
pero también entendía que sólo el orden aseguraba el ataque imponiendo
el terror de la firmeza frente al enemigo. “Nuestra infantería
no tiene más ninguna táctica de batalla; la iniciativa del soldado gobierna…”
63 debido a ello la cohesión moral y la unión interna entre
los soldados debía ser mayor que en otros tiempos; el orden debía
provenir de un mejor adoctrinamiento y de la suficiente flexibilidad
del comando.
La discusión táctica central, fuego versus bayoneta, continuó durante
el final del siglo XIX con diferente suerte. Después de la Guerra
Franco Prusiana se afirmó en Francia la prerrogativa del fuego, al
igual que en Inglaterra hacia los primeros años del siglo XX. En ambos
casos poco después se volvió a la carga a la bayoneta.
Una cuestión esencial pero que resultó derivada del diferendo anterior
fue la opción de maniobra donde el fuego o la bayoneta debían
emplearse. Prusia en la guerra con Francia, Inglaterra en la Guerra
Anglo Bóer y Japón en la lucha contra Rusia, se inclinaron hacia el
envolvimiento como maniobra táctica preferente. Esta operación
exige de superioridad de tropas, de una cuidadosa seguridad y de un
procedimiento metódico, características que no satisfacían las ideas
francesas por lo que este país se inclinó hacia el ataque frontal, insistiendo
en compensar la potencia de fuego con una moral alta y el
espíritu agresivo. En Rusia mientras tanto el Grl Dragomirov impulsaba
los ataques directos a la bayoneta.
La quintaesencia de las ideas militares francesas la representan
las conferencias del Cnl de Grandmaison de 1911. Este oficial sostenía
que toda fuerza cuenta con una vanguardia, que provee seguridad
en el frente para permitir el despliegue del plan, y guarda flancos para
prevenir envolvimientos. De Grandmaison concluía que esas tropa 

sólo servían para iniciar combates retrógrados, que lentamente absorbían
tropas del cuerpo principal terminado por consumir toda la potencia
ofensiva de la fuerza. Su propuesta consistía en concentrar las
tropas en el frente evitando su escalonamiento, para poder lanzar
rápidamente un ataque en profundidad. Pretendía compensar la seguridad
física de las tropas adelantadas con la que proveía la dinámica
del ataque. Su criterio se adecuaba a la doctrina alemana que, gracias
al empleo de fuertes vanguardias lograba obtener la iniciativa en el
encuentro con las débiles avanzadas tradicionales francesas. La estructura
binaria francesa reforzaba los criterios de Grandmaison, obligando
al comandante a tener una exagerada reserva del 50% de sus
tropas o actuar sin ninguna.
Una nota particular dentro de la euforia por la superación siempre
descartada de la potencia de las modernas armas, la presentan el Cnl
Feyler del ejército suizo e I.S. Bloch, un banquero de Varsovia. Ambos
escribieron hacia fines del siglo XIX profetizando que el poder
destructivo de las armas modernas haría que los ejércitos acabaran
inmóviles y enterrados, y que cada movimiento sería al costo de grandes
bajas.
A comienzos del siglo XX se presentaban básicamente las siguientes
posturas tácticas frente al “campo de batalla vacío”. Había
acuerdo en que la respuesta elemental era la de emplear formaciones
abiertas de tiradores apoyadas por pequeños grupos a retaguardia que
proveían de más soldados para alcanzar la superioridad de fuego antes
del asalto. A partir de allí los franceses consideraban que la definición
del combate se alcanzaba por medio de un ataque frontal y rápido
empleando la bayoneta como arma principal. En Alemania se prefería
el ataque envolvente y una mayor presencia del fuego en todo momento.
Aunque se había reforzado la preparación moral y la educación de
las tropas, subsistían ciertos criterios de diferencia social entre oficiales
y soldados que se haría sentir durante la Gran Guerra especialmente
en las huelgas de soldados de 1917. Estas diferencias sociales
serán el obstáculo que impedirá un adecuado desarrollo del liderazgo
militar a comienzos de la última centuria.

La Doctrina Francesa

La idea estratégica prevaleciente era la de alcanzar la definición
de la guerra a través de una batalla decisiva que llevara a la destrucción
de las fuerzas del enemigo. Este concepto surge del reglamento
francés para la Conducción de Grandes Unidades del 28 de octubre
de 1913. Se señala allí que el volumen de las tropas a emplearse, sus
requerimientos logísticos complejos y la alteración de la vida nacional
son causales suficientes para buscar la decisión en el plazo más breve.
Continúa diciendo el reglamento: “ la batalla decisiva, explotada
a fondo, es el único medio de plegar la voluntad del adversario por la
destrucción de sus ejércitos. Ella constituye el acto esencial de la
guerra…Para vencer es necesario romper por la fuerza el dispositivo
de combate del adversario”64
Esta idea acerca de la batalla decisiva por supuesto que no era
nueva pero estaba acompañada de una concepción de acción particular.
Las ideas militares francesas predominantes concebían como
único medio válido para actuar y hallar resultados exitosos a la ofensiva.
Todo debía supeditarse a ella, al extremo de erradicar prácticamente
la idea de la defensa. Este es el espíritu estratégico de la
offensive a outrance, que teñirá por completo la doctrina francesa de
combate. Desde el punto de vista de la conducción superior la defensa
sólo era concebible como un recurso para economizar fuerzas destinadas
a un futuro ataque. Este papel secundario asignado a la
defensa hizo que en todo estudio, ejercicio, maniobra o instrucción,
ésta se hallara totalmente ausente, en perjuicio de su aprendizaje
técnico y profesional. La ignorancia parcial en la que se sumió el
cuerpo de oficiales franceses quedó oculta por la exultante obsesión
que la ofensiva despertaba, a punto tal que era mal vista la sola mención
del término defensa.
Si bien los reglamentos tácticos comprendían capítulos referidos a
la defensa, la falta de ejercitación sobre ellos los transformaba en letra
muerta. De todas formas la defensa aún en su concepción teórica
seguía sometida en el nivel táctico a la idea del contraataque, concibiéndose
a éste como el fin principal.
El empleo de las tropas en ofensiva implicaba una decisión técnica
que consistía en dar preeminencia al combate por el fuego o a la
maniobra que favoreciese el empleo de la bayoneta. El reglamento de
1914 es terminante en su elección cuando dice “ La bayoneta es el
arma suprema del infante ella juega un rol decisivo en el asalto, que
es hacia donde todos los ataques deberían apuntar, y el cual por sí
solo es capaz de poner definitivamente fuera de acción al adversario”.
65
Igualmente el reglamento prescribía que ese asalto sólo debía
lanzarse una vez alcanzada la superioridad de fuego sobre el enemigo.
Sin embargo las consideraciones teóricas acerca de esta superioridad
le daban un perfil particular. La innovación técnica en las armas de
fuego de la infantería les había otorgado mayor alcance, mejor precisión
y una alta cadencia de tiro, aptitudes todas estas que obligaban al
atacante a aprovechar el terreno, actuar en formaciones muy abiertas
y ofrecer así un menor blanco presentando el campo de batalla vacío.
Si las ideas francesas pretendían resolver la batalla por medio de
una ofensiva coronada por una carga a la bayoneta se debía hallar un
medio, recurso o procedimiento que permitiese superar la potencia
de fuego de la defensa. Quien planteó una respuesta a este tema fue
el entonces coronel Ferdinand Foch.
En su libro “Los Principios de la Guerra“ Foch sostiene que los
adelantos tecnológicos se incluyen en los factores tangibles de análisis
de combate pero que el factor moral es un intangible que potencia
las cuestiones mesurables hasta desequilibrar cualquier ecuación
meramente matemática. Sin embargo aún cuando este factor moral
deba ser cultivado, para Foch la moral es esencial pero no gana batallas
por sí sola. Cree que el análisis teórico del combate debe ser racional
y que los reglamentos y regulaciones son importantes para la
instrucción y la preparación, pero que el militar debe aprender a pensar.
Es así como introduce el siguiente razonamiento “A cada perfeccionamiento
sufrido por las armas debe responderse retornando a la
ofensiva… ( pero)… las mimas cuestiones estudiadas con el libro de
historia en la mano reclaman la respuesta inversa …el perfeccionamiento
de las armas de fuego es un incremento aportado a la ofensiva
… si la táctica racional de la ofensiva ha consistido siempre en presentar
en un punto un mayor número de fusiles y cañones que el
adversario, es indiscutible que ella presenta, hoy día mejores fusiles y

mejores cañones; por consiguiente sus ventajas aumentan. Si se quiere
una demostración práctica esta es bien fácil de ofrecer:
Se lanzan 2 batallones contra 1
Se lanzan 2.000 hombres contra 1.000
Tirando un tiro por minuto, 1.000
defensores tiran
1.000 proyectiles
Con el mismo fusil, 2.000 atacantes
tiran
2.000 proyectiles
Ventaja en beneficio del atacante 1.000 proyectiles
Con un fusil, tirando 10 disparos
por minuto, 1.000 defensores tiran
10.0000 proyectiles
Con el mismo fusil, 2.000 atacantes
tiran
20.000 proyectiles
Ventaja 10.000
Como se ve, la superioridad material del fuego crece rápidamente,
en provecho del ataque, con el perfeccionamiento de las armas;
tanto más rápidamente crecen, todavía, el ascendiente, la superioridad
moral del atacante sobre el defensor”.66
Esta exposición, sin ser la única, es una de las fundadoras de las
ideas ofensivas francesas y de su desprecio por la defensa. El espíritu
francés ofensivo y su élan nutrían el carácter moral del ataque y eran
de un valor tal que se les daba una preeminencia absoluta en el combate.
Sobre esta base se estimaba que la rapidez en el ataque constituía
un significativo ahorro en hombres, pues la velocidad y el ímpetu
disminuirían el espacio de campo abierto a recorrer para el asalto final
a corta distancia, donde, se sostenía, las armas de fuego perdían eficacia.
Los reglamentos preveían que los ataques de infantería debían
realizarse con la cooperación de la artillería, y asimismo se recomendaba
una actitud metódica en la ejecución de las operaciones.
En los hechos las cosas resultaban diferentes. Se carecía de medios
de comunicación y procedimientos adecuados para el enlace con
los apoyos de fuego. En la hoguera de la rapidez ofensiva se consumieron
ataques lanzados sin método; para mantener el control de los
reclutas se los lanzó al combate en formaciones densas; finalmente la
repugnancia por la defensa se tradujo en un desprecio por el aprovechamiento
del terreno y su fortificación; todo ello a un precio de bajas
nunca antes visto.
Esta exacerbación por la ofensiva que, admitamos transmite cierto
perfume a gloria y heroicidad, estaba prendida también en la sociedad
francesa especialmente sobre la vieja herida de la pérdida de
Alsacia y Lorena en 1870. Una muestra de ello es el incidente de los
uniformes sucedido en 1912. Para la primera década del siglo los ingleses
ya habían establecido el color ocre para sus uniformes, lo prusianos
el verde-gris y el resto de Europa siguió la tendencia de vestir
a sus soldados con colores discretos que los confundieran con el terreno.
Francia sin embargo, conservaba la chaqueta azul, y el pantalón
y kepí rojos, lo que transformaba al soldado en un blanco fácil de las
modernas armas de fuego. Para cambiar esto el ministro de guerra
Messimy proyectó un uniforme azul-gris o verde-gris. La propuesta
levantó protestas no sólo en el ámbito militar sino también en el civil
al punto que un ex ministro de guerra exclamó en el parlamento
“…Le pantalón rouge c’est la France”

La Doctrina Alemana

Los alemanes coincidían con los franceses en la importancia de la
batalla decisiva y en la prerrogativa de la ofensiva. También como los
galos privilegiaban el factor moral empleando con asiduidad en sus
reglamentos el término ‘espíritu ofensivo’. En esos mismos reglamentos
y como es habitual en la doctrina alemana desde la época de las
Guerras Napoleónicas también se le da un muy importante lugar a la
iniciativa, la cual, “ … ejercida dentro de justos límites es la base de
los grandes éxitos en la guerra”67.
El medio principal para aplicar estos criterios es uno de los puntos
que diferencia a germanos y galos. Mientras que los franceses
privilegian la ofensiva ocupándose esencialmente del asalto directo
de la posición enemiga, los alemanes reparan más en el empleo de la
maniobra, especialmente del envolvimiento. Del mismo modo aprecian
en mayor grado el empleo del fuego, de hecho, para ellos “ atacar
es llevar el fuego hacia delante … la ofensiva consiste en llevar el
fuego hasta el enemigo, en caso necesario, hasta la proximidad inmediata;
el asalto a la bayoneta confirma la victoria”.
Como vemos los criterios francés y alemán son bastante similares,
sin embargo mientras que en Francia el ataque bajo cualquier circunstancia
llevado impetuosamente y resuelto a la bayoneta era la
fórmula ideal, en Alemania el ataque debía ser producto de una maniobra
que lo favoreciera y es el fuego el que define el resultado
mientras que la bayoneta es sólo un aseguramiento del mismo.
En la concepción alemana la defensa era considerada una importante
herramienta para contrarrestar la potencia de fuego de las modernas
armas. De allí que en su instrucción el ejército alemán tuviera
una adecuada combinación de ejercicios ofensivos y defensivos.
Esta inclusión de la maniobra hizo que los alemanes fuesen más
metódicos en sus operaciones y que ello en conjunto produjera una
mejor coordinación entre las armas y un más adecuado empleo del
fuego lo que les dio la ventaja en las primeras semanas de la guerra.
El mayor menoscabo que presentaba la doctrina alemana era su
reticencia al empleo de formaciones abiertas de tiradores. Ello se
debía a la preocupación por la eventual pérdida de control sobre las
tropas. Así el Reglamento de Ejercicio para la Infantería del 29 de
mayo de 1906 señala que “ … a menudo será necesario recurrir al
fraccionamiento en pequeñas unidades y al empleo de las formaciones
en orden abierto. Pero debe pensarse que el abandono de las
formaciones en orden cerrado es un mal que se debe evitar todas las
veces que ello sea posible”. La consecuencia de esta recomendación
fue que densas columnas alemanas se ofrecieron como excelentes
blancos para la artillería francesa, especialmente para las ametralladoras
inglesas en la batalla de Mons.

Las Operaciones en el Frente Occidental en

1914

Los Planes Enfrentados

Alemania

A partir del tratado Franco-Ruso de 1894 la situación estratégica
de Alemania quedaba determinada por la necesidad de tener que
luchar con sus enemigos en dos frentes. Los planes alemanes para el
caso de guerra preveían, como solución a ese problema, un rápido
ataque en el oeste con la intención de eliminar a Francia de la contienda
para luego volcar todo el esfuerzo bélico contra Rusia.
Las acciones sobre suelo francés integraban el llamado Plan
Schlieffen, concebido en 1899 por el Conde Alfred von Schlieffen en
su calidad de Jefe del Estado Mayor General del Imperio Alemán. La
versión última del plan fue completada en 1906, año en que Schlieffen
sería pasado a retiro por el Káiser Wilhelm II aprovechando un
accidente de equitación del conde; en su lugar fue designado el Grl
Helmuth von Moltke, sobrino del famoso mariscal y conocido como
“Moltke el Joven”.
Antes de 1899 los planes estratégicos alemanes determinaban un
planteo inverso, es decir actuar defensivamente en el oeste y concentrarse
primero en la derrota del ejército ruso. Schlieffen estimó que
ese planteo podía fracasar en función de la clásica estrategia rusa de
ceder terreno para evitar la derrota y desgastar al enemigo llevándolo
al interior del imperio zarista. Por otra parte el conde calculaba que el
ritmo de movilización del ejército ruso era de seis semanas, más lento
que el de Francia y Alemania de sólo 15 días. Estimó entonces que
esa diferencia le daría alguna libertad de acción antes de que el ejército
ruso pudiera representar un peligro inmediato; Schlieffen concluyó
que ese mes y medio podía emplearse en derrotar primero a las
fuerzas francesas. Acometer este plan implicaba dejas una tenue línea
de fuerzas en Prusia Oriental vigilando al ejército ruso; esto implicaba
un riesgo muy alto pero como señaló Federico el Grande “Es mejor
perder una provincia que dividir la fuerzas con las que se puede lograr
la victoria” 68.
Este cambio estratégico fundamental obligó a un replanteo de las
operaciones en el oeste. El principal obstáculo para lograr una rápida
victoria era que la frontera común entre Francia y Alemania resultaba
muy estrecha para una operación de envergadura y potencia. A demás
en esa misma frontera entre Verdún y Belfort se concentraba el núcleo
de las fortificaciones defensivas francesas. Esas defensas comprendían
a demás una brecha al sur de Nancy, conocida como la
Trouée des Charmes, creada deliberadamente para canalizar cualquier
ataque alemán y volverlo vulnerable a contraataques franceses
desde el norte y el sur. Según Schlieffen la región era casi inexpugnable.
La alternativa militarmente obvia consistía en evitar las fortalezas
rodeándolas, sin embargo ello planteaba un inconveniente. El camino
del rodeo implicaba desplazar el centro de gravedad de la operación
hacia el norte y, lo que resultaba más grave, atravesar Bélgica y Holanda
violando la neutralidad de estos países. Satisfecho con la solución
militar Schlieffen estimaba que el despliegue del ejército
alemán en la frontera de los Países Bajos llevaría a Francia a lanzar
una invasión preventiva sobre Bélgica liberando así a Alemania del
problema diplomático de no respetar a vecinos neutrales.
El plan Schlieffen proponía un despliegue del ejército Alemán
desde el norte de Colonia hasta Colmar. El ala izquierda entre Colmar
y Metz era la más débil y su función consistía en atraer a las fuerzas
francesas hacia la región de Alsacia y Lorena y retener allí a la
mayor cantidad de fuerzas enemigas. En tanto el centro entraría en
Francia entre Longwy y Sedan para doblar inmediatamente hacia el
sur constituyendo el pivot del ala derecha. Ésta luego de atravesar
Bélgica y el sur de Holanda entraría en Francia entre Lille y Givet,
penetrando el territorio galo en profundidad suficiente como para
luego girar hacia el sur, rodear Paris por el oeste y atacar la retaguardia
de los ejércitos franceses para aplastarlos contra las fortalezas del
Mosela, las montañas Jura y la frontera Suiza. El plan tenía como
objetivo derrotar a Francia a través de la destrucción de sus ejércitos,
por ello en ningún momento Schlieffen pensó en tomar Paris. El
diseño de esta estrategia era el básico y elemental modelo del yunque,
el ala izquierda alemana, y el martillo, su ala derecha que realiza-
ría un gigantesco giro para concluir en una Kesselschlacht o batalla de
envolvimiento.
Esta operación exigía de un escrupuloso respeto del principio de
economía de fuerzas, pues debía hallarse un balance casi perfecto
entre las fuerzas de aferramiento y las tropas de rodeo. Sin embargo
no era sólo este el único inconveniente que el número de tropas presentaba
pues en Alemania no había suficientes soldados regulares
para cubrir las necesidades del plan. Para zanjar este último problema
Schlieffen decidió incluir a las divisiones de la reserva, integradas por
hombres de entre 24 y 32 años, doctrinariamente inadecuados para
una acción ofensiva. Con esta idea revolucionaria casi llegó a alcanzarse
el número de soldados necesarios. En cuanto a la proporción de
fuerzas Schlieffen estableció que entre las tropas de aferramiento y
las de rodeo debía existir una proporción de 7 a 1 a favor de estas
últimas.
Conceptualmente brillante, el plan adolecía de un defecto principal.
Debido a que una de las cuestiones centrales era el aprovechamiento
de las seis semanas de la movilización rusa, los tiempos de
puesta en marcha y operación debían seguir un ajustadísimo cronograma.
Si para derrotar a Francia se disponía de sólo 42 días, era necesario
iniciar el ataque inmediatamente de conocido el comienzo de la
movilización del ejército ruso. La misma rigidez, marcada por el escaso
tiempo, era de aplicación forzosa para cada etapa del plan; cualquier
retraso constituía una pérdida de tiempo irrecuperable.

Francia

Los franceses preveían atacar Alemania y destruir sus ejércitos
rápidamente, contando con que sus aliados rusos atacarían al mismo
tiempo obligando a los germanos a dividir sus fuerzas. Esta concepción
estratégica preveía que ambos ataques se realizaran al decimoquinto
día de la movilización ruso-francesa; aunque resultaba obvio
que el oso ruso no alcanzaría su pleno alistamiento en tan breve plazo,
los franceses estimaban que ellos si, y que ese tiempo sería menor
que el de la movilización alemana, lo que les daría la ventaja. La
cuestión central de la decisión militar era cómo emplear esas fuerzas
para alcanzar la victoria.
La doctrina francesa, tanto en el nivel estratégico como en el táctico,
privilegiaba la acción ofensiva en todo momento, sintetizada en
la frase offensive a outrance. Se sostenía que el ataque era superior a
la defensa, que la ofensiva proporcionaba resultados positivos y que la
defensa pasiva sólo llevaba a la derrota. Este criterio afirmaba que las
bajas sufridas en un ataque nunca iban a ser de consideración en razón
de la velocidad y el ímpetu del mismo. A demás se concebía a
estas ideas como las más adecuadas al espíritu del soldado francés, a
su coraje y a su elán.
Uno de los principales promotores de esta doctrina era el Grl
Ferdinand Foch, director de la Ecole Supérieure de la Guerre. Este
brillante oficial sostenía entre otras cosas que “la voluntad de conquista
es la primera condición de la victoria”, que la “Victoire c’est la
volonté”, y que “una batalla ganada es una batalla en la cual uno no
se confiesa a sí mismo derrotado”. Otro impulsor era el profesor de la
misma escuela Cnl Louise de Grandmaison quien explicaba en sus
conferencias para los jóvenes oficiales que debían cultivarse apasionadamente
todas aquellas actitudes y acciones que llevaran la marca
del espíritu ofensivo.
Este espíritu ofensivo había impregnado profundamente no sólo
al cuerpo de oficiales sino también a los soldados y al pueblo francés.
La conciencia ofensiva era tan fuerte que prácticamente no se realizaban
instrucciones teóricas ni prácticas que comprendieran acciones
defensivas ni atrincheramientos o preparaciones de fortificación del
terreno.
Pese a estas ideas que inflamaban la pasión del ejército francés
igualmente había oficiales que pensaban que la defensa podía resultar
una alternativa de utilidad. Así en 1911 el Grl Michel, comandante
del ejército presentó ante el ministro de guerra un plan que pretendía
contrarrestar el movimiento alemán a través de Bélgica y su ataque
por el norte de Francia. Lo que Michel proponía era enfrentar a los
germanos en la línea Verdún – Namur – Amberes y contenerlos allí.
Este plan presentaba tres obstáculos, por una parte se requería de
más tropas que las regulares; para solucionarlo Michel preveía la incorporación
de tropas de reserva amalgamadas junto con las regulares.
Esta idea fue rechazada, por los militares porque consideraban que la
mezcla de tropas era para ejércitos decadentes. Los políticos, sobre
todo los de izquierda se oponían porque el crecimiento del ejército
era asociado con un golpe de estado, y porque no estaban dispuestos a
apoyar una ley que aumentara el tiempo del servicio militar para poder
incorporar las reservas.
El segundo inconveniente era su carácter defensivo, lo que chocaba
con el espíritu ofensivo reinante en Francia.
El impedimento final era que no todos los responsables de la estrategia
francesa creían que los alemanes iban a atacar a través de
Bélgica. Las líneas generales del plan Schlieffen eran conocidas por la
inteligencia francesa, pero el análisis que de él se hizo concluyó que
el ejército alemán no poseía suficientes soldados como para ejecutarlo,
y que los germanos jamás pensarían en incorporar reservas para
alcanzar el numero de tropas suficientes.
Como es de comprender el Grl Michel fue considerado un insano
y un peligro nacional, consecuentemente fue removido del cargo de
comandante en jefe. En su reemplazo se designó a Joseph Jacques
Cesaire Joffre, un general de cincuenta y nueve años que había sido
jefe del Cuerpo de Ingenieros, se desempeñaba como jefe de los
Servicios de Retaguardia, y carecía de experiencia en trabajo de estado
mayor. Para compensar esa debilidad se le asignó al Grl Castelnau
como segundo, un oficial con experiencia que sería comandante de
un ejército durante la guerra. En los dos años siguientes a su designación
Joffre trabajó en un plan ofensivo cuyo centro de acción era la
región de Alsacia y Lorena, perdidas por Francia durante la guerra
franco prusiana de 1870.
Este plan, conocido como Plan XVII, consistía en un ataque sobre
Lorena entre Metz y Estrasburgo, la ocupación de Alsacia y un
ataque en dirección al bosque de las Ardenas para amenazar por el
flanco cualquier avance alemán hacia el sur de Namur; el plan contaba
además con una reserva para emplearse en una eventual batalla
decisiva. En caso que los alemanes intentasen el envolvimiento por el
norte, allí se dirigirían los franceses entrando a Bélgica por el sur, es
decir a través de las Ardenas, pero esta operación sólo se ejecutaría
por orden del Comandante en Jefe. Este plan carecía de objetivos
estratégicos claros por lo que podemos suponer que, aparentemente,
los franceses pensaban que un ataque victorioso en cualquier lugar
terminaría la guerra.
El plan se completó en abril de 1913 y se distribuyó entre los
mandos de los ejércitos implicados en febrero de 1914, pero sólo se
les entregó la parte del plan que es afectaba específicamente. El plan
en sí no contenía objetivos ni una agenda de operaciones, sólo trataba
del despliegue de fuerzas y algunas directivas sobre eventuales líneas
de ataque en respuesta de una invasión alemana.
La implementación del plan requería de un reordenamiento de
las defensas de Francia, lo que llevó entre otras cosas al abandono de
la fortificación de la ciudad de Lille. El gobernador militar de la ciudad
Grl Lebas se presentó ante el Grl Castelnau, jefe del Estado
Mayor General, para reclamar la permanencia de la defensa de la
ciudad en razón de que ésta se encontraba en medio del avance alemán

por el norte. Castelnau le respondió que tal defensa no sería
necesaria, pues los alemanes no tenían tropas suficientes para semejante
ataque, por lo cual si lo realizaban “los cortaremos por la mitad…
si ellos llegan tan lejos como Lille, mucho mejor para
nosotros.”69
Este aparente exceso de confianza era realmente una temeridad.
El Deuxieme Bureau o Jefatura de Inteligencia de Estado Mayor
Francés tenía información que confirmaba la maniobra a través de
Bélgica que fue confirmada en 1904 por un oficial traidor alemán que
vendió documentos del plan a Francia. Por otra parte en 1909 Schliefen
publicó un artículo anónimo en la Deutsche Revue en que criticaba,
sin dar detalles, las reformas que Moltke había hecho a su plan.
En 1913 esta misma oficina pudo confirmar el empleo de las tropas
de reserva alemana en el frente de combate. Ninguna de estas informaciones
fueron consideradas por el alto mando francés.

El Plan Moltke

Como antes dijimos Schlieffen dejó el Estado Mayor en 1906 fecha
en que fue reemplazado por el Grl Moltke. Así como el conde
había concebido la posibilidad de una rápida victoria en el oeste a
través de una batalla decisiva, Moltke pensaba que eso no era posible
y que la guerra podía resultar prolongada; aunque algunos oficiales de
estado mayor pensaban igual dentro y fuera de Alemania, ningún
ejército desarrolló planes para enfrentar una guerra de largo plazo.
Con este planteo se presentó Moltke al Káiser al proponer la modificar
del plan original.
En primer lugar redujo la amplitud del rodeo renunciando a la invasión
de Holanda; ello le obligaba a tomar la fortaleza de Lieja integrada
por seis fuertes mayores, seis menores y 400 cañones, para lo
cual constituyó un destacamento especial de 60.000 hombres, integrados
en seis Br I y tres DC, bajo el mando del Grl Otto von
Emmick.
Moltke suponía que los franceses atacarían la región de Lorena
por lo que la decisión de la batalla se produciría en el centro del dispositivo
alemán. Por ello decidió reforzar esa región disminuyendo la
potencia del ala derecha llevando ahora la proporción entre alas a 3 a
1, abandonando la de 7 a 1 como Schlieffen pretendía. Apreciando
como seguro el ataque francés a Lorena previó atacar él también para
aferrar a los galos y facilitar la maniobra de rodeo. De esta forma dejaba
abierta la posibilidad de transformar el envolvimiento de Schlieffen
en un doble envolvimiento, con un brazo partiendo de la zona de
Alsacia y Lorena y el otro a través de Bélgica y el norte de Francia.
Para asegurar esta alternativa restringió la amplitud de este último
movimiento obligando al ala derecha a mantenerse en contacto con el
eje de conversión en Metz. De todas formas, pese a la debilitación
del ala derecha aún se mantenía su misión de envolvimiento por el
oeste de París.
Estas alteraciones no cambiaron en nada la rigidez horaria del
plan original por lo que esta debilidad continuaba vigente. La inflexibilidad
del plan era tal que se habían calculado los tiempos sobre la
base de no enfrentar ningún revés militar. Los caminos más allá de
Lieja debían estar despejados para “…el duodécimo día de movilización,
Bruselas sería tomada para el M-19, la frontera francesa se cruzaría
en M-22, la línea Thionville-St. Quentin se alcanzaría en M-31,
París y la victoria decisiva en M-39.”70
Esta rigidez encerró también a la decisión política del gobierno
alemán. El plan era también único y sólo se presentó al Canciller y al
Ministro de Guerra en 1912 lo que no ofrecía ninguna alternativa al
ataque inmediato en caso de movilización. Cuando por informaciones
erróneas acerca de la neutralidad francesa en las primeras horas de la
guerra el Káiser solicitó que se atacase primero en el este, el ejército
no tuvo ninguna respuesta que ofrecerle.
Otro problema que presentaba el plan era que, al parecer no se
habían tomado a conciencia las posibilidades de su viabilidad logística,
tema que aún hoy plantea numerosos interrogantes. Nunca antes
se había intentado una maniobra de envolvimiento que implicara a
cinco ejércitos y un millón de hombres.

La situación de Inglaterra

La preocupación central inglesa la constituía Bélgica, la porción
de territorio continental europeo que apunta directamente a las costas
británicas.
Aunque existían conversaciones desde 1905 entre Francia e Inglaterra
acerca de una acción militar conjunta en caso de guerra, no se
había formalizado ningún acuerdo. En 1909 el director del Colegio de
Estado Mayor inglés Grl Henry Wilson decidió hacer una visita a su
par de la Ecole Superieure de la Guerre, Grl Foch. Ambos se hicieron
amigos personales.

61 para mayor abundamiento se recomienda leer a Gordon Craig “The political
Leader as Strategist” en “Makers of Modern Strategy”, 1986, Princeton
University Press, Princeton, New Jersey.
62 Griffith, P., 1992 “Forward into Battle” pg 64. California, Presidio Press.
63 Ardant du Piq, 1987, “Battle Studies”, pg 177, en “Roots of Strategy”,
Book 2, Harrisburg, Stackpole Books.
64 Teniente Coronel Lucas, 1925 “La evolución de las ideas tácticas en Francia
y Alemania durante la guerra 1914-1918”, pg 18. Buenos Aires, Biblioteca
del Oficial Vol. 84. Círculo Militar.

65 Griffith, P., 1992 “Forward into Battle” pg 87. California, Presidio Press.

66 Foch, F., 1943, “Los Principios de la Guerra”, pg 58 y 59, Buenos Aires,
Biblioteca del Oficial Vol. 300. Círculo Militar.

67 Teniente Coronel Lucas, 1925 “La evolución de las ideas tácticas en Francia
y Alemania durante la guerra 1914-1918”, pg 42. Buenos Aires, Biblioteca
del Oficial vol 84. Círculo Militar
68 Tuchman, B.1962, “The Guns of August”, pg. 35, New York, Bantam
Books

69 Tuchman, B.1962, “The Guns of August”, pg. 45, New York, Bantam
Books.
70 Tuchman, B.1962, “The Guns of August”, pg. 43, New York, Bantam
Books


 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en CLASE. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s