Clase 03 – Evolución de la Guerra 1815 – 1914 – GC 2

LA GUERRA EN EL SIGLO

XIX

LA GUERRA DESPUÉS DE NAPOLEÓN

Las Guerras de la Revolución y el Imperio mantuvieron a Europa
bajo las armas durante veinticinco años, después de los cuales sobrevino
un período de relativa paz con conflictos fuera del continente y
de carácter colonial. Entre ellos se enmarcan las luchas revolucionarias
latinoamericanas.
Los ejércitos que enfrentaron en América Latina las ideas republicanas
y monárquicas muestran, en cuanto al arte militar un ejercicio
básico del modelo lineal tradicional con innovaciones
provenientes de distintos ámbitos. Por un lado, el levantamiento de
guerrillas locales sujetas a estilos de combate profundamente autóctonos
y por el otro, innovaciones técnicas que emulan algunos de los
avances liderados por el modelo francés. Esto supone la existencia de
una táctica híbrida y variada en los ejércitos latinoamericanos lo que
les da un perfil propio en sus luchas contra la monarquía española.
En los treinta años que van de la desaparición del Imperio Napoleónico
hasta la mitad del siglo, los ejércitos europeos mantuvieron
con ligeras variantes el modelo alcanzado en 1815. La subsistencia de
este modelo se debe por una parte al extenso período de paz consecuencia
de las prolongadas guerras y a la tradicional tendencia militar
a mantener vigentes las doctrinas reconocidas como exitosas.
Aunque la paz obligó a la reducción del número de efectivos en
los ejércitos lo que hizo que fueran más eficaces y controlables ejercitándose
en una práctica ya conocida y asentada, todas las naciones
retuvieron el sistema de conscripción. Asi Francia reinstaló el sistema
de reclutamiento en 1818 con una duración de seis años, pero afectando
solamente al diez por ciento de los ciudadanos capaces de tomar
las armas. Austria y Rusia practicaron modelos similares, y sólo
Gran Bretaña se abstuvo de emplear la conscripción.
Que los ejércitos europeos mantuviesen la práctica de la guerra
más o menos como en los tiempos de Napoleón, no quiere decir que
tal doctrina haya sido completamente comprendida y que mantuviesen
la agilidad y destreza de las mejores campañas napoleónicas; por
el contrario nos encontramos con buenos ejecutores, pero de escasa
imaginación y habilidad, con excepción del Feldmarschall Josef Graf
Radetzky. Es probable que la mayoría de los comandantes haya pretendido
copiar el arte militar del emperador y ese haya sido su gran
error, como señalaba el General Grant refiriéndose al Gran Corso: “
Mi impresión es que su primer éxito se debe a que el hizo la guerra a
su propia manera y no en imitación de otros.”58
De todas formas el creciente nacionalismo, los desarrollos económicos
en la industria y comercio y la práctica de la era napoleónica
donde la movilización del pueblo y sus recursos se aplicaban en conjunto
a apoyar la guerra, obligaban a cambios en la manera de enfrentar
el fenómeno bélico.
Estos cambios comenzaron a manifestarse primero en el campo
de la teoría militar donde Jomini y Clausewitz marcaron las ideas
rectoras, partiendo del análisis de las guerras dirigidas por Napoleón.
Jomini analizó la guerra desde la idea práctica de cómo hacerla. Destacó
y fijó la idea de la victoria decisiva y del empleo de la masa en el
punto de decisión; elaboró principios a los que consideraba fundamentales
para el logro de la victoria en el combate y puso el acento en
el empleo de la concentración, la movilidad y las líneas de comunicaciones.
Clausewitz por su parte hizo un análisis más filosófico tratando
de comprender el fenómeno de la guerra, destacando que no había
fórmulas para conducirla pues ello depende la naturaleza, condiciones
y motivos del conflicto.
Necesariamente estos cambios fomentaban una mutación en la
manera de hacer la guerra, las innovaciones en la tecnología indicaban
lo mismo, sin embargo habrá que recorrer todo el siglo XIX y entrar
en el XX para encontrar una reorganización significativa de la doctrina
militar.
LENTOS CAMBIOS Y RÁPIDAS
TECNOLOGÍAS
La más notoria variación que sufrió la doctrina tradicional fue con
relación al empleo de la infantería. Ya hacia fines de las guerras imperiales
el incremento en el poder de fuego de la infantería, proveniente
de una mayor práctica, mejor entrenamiento y del empleo de los
batallones en dos filas, había obligado en los hechos a que en repetidas
ocasiones la infantería recurriese al empleo de formaciones abiertas.
Este tipo de combate requería de armamentos más precisos y
confiables que los usados hasta el momento. Aunque las armas se
producían a gran escala conservaban cierto perfil artesanal lo que
hacía engorroso su mantenimiento debido a la individualidad de cada
pieza. La introducción del sistema de producción de partes intercam
biables desarrollada en Norteamérica abrió el camino a la verdadera
producción en masa de armas. Esta tecnología dio impulso a la fabricación
de fusiles modernos de retrocarga que pronto comenzaron a
remplazar a los viejos mosquetes, con ello y la aparición en 1849 de la
bala conoidal o Minie que aumentaba el poder de fuego del infante,
hizo que en 1859 la doctrina francesa sufriera un importante cambio.
A partir del reconocimiento de que la infantería de línea y la ligera
tenían las mismas capacidades, se determinó incrementar el empleo
de las formaciones abiertas y en escaramuza. Antes de este
cambio, los escaramuzadores marchaban por delante de las formaciones
de ataque, ahora todo el asalto se hacía en formación abierta. Esto
en alguna medida era volver a las tácticas de la revolución, pero no
debemos perder de vista que se trata ahora de soldados entrenados y
de mandos con mucha experiencia, lo que elevaba la categoría del
ejército a un nivel cuasi profesional en todos sus niveles.
En 1860 aparece por primera vez la pólvora sin humo pero no logra
su uso regular debido a ser muy inestable y por ello peligrosa.
Pero en 1884 el francés Paul Vieille desarrolla un producto más estable
que pronto comienza a generalizarse. La pólvora sin humo aportaba
una importante serie de ventajas, por un lado era más limpia que
la tradicional pólvora negra, lo que facilitaba el mantenimiento y
conservación de las armas. Al no producir humo y sólo gases facilitaba
el ocultamiento del tirador que no era detectado por su disparo y
además no molestaba la visión del campo de combate. Finalmente al
producir una combustión más lenta y energéticamente superior otorgaba
a los proyectiles mayor alcance y fuerza de impacto.
Otro cambio tecnológico muy importante fue la introducción entre
1848 y 1864 de los fusiles de retrocarga. Esto hizo que el soldado
de infantería incrementase al doble su cadencia de tiro y mejorase su
puntería. Además se producía un efecto completamente nuevo, el
infante ya no era más un blanco individual de 1,80m de altura, pues
ahora podía recargar su arma permaneciendo cuerpo a tierra. Junto a
estas mejoras el alemán Peter Paul Mauser crea el primer cartucho
metálico de empleo práctico dando lugar a un efectio fusil a cerrojo.
Estas características acrecentaban notablemente su poder defensivo:
presentaba un blanco pequeño, tenía un alcance mayor, una alta
cadencia de tiro y prácticamente no necesitaba de fortificar el terreno
para defenderse. En 1885 la situación del infante mejorará aún más
cuando el austríaco Ferdinand Ritter von Mannlicher introduzca el
cargador de horquilla en los fusiles, el que podía contener entre cinco
y ocho disparos por carga.
Con estas capacidades la infantería nada tenía que temer de la
caballería pues ahora su defensa era el fuego, prescindiendo de formaciones
especiales y de la bayoneta. Esto comenzó la declinación de
la caballería tradicional.
Del mismo modo la artillería se vio afectada por las mejoras de la
infantería. Antes podía entrar en batería a 300 metros de los infantes y
someterlos desde allí a su poderoso fuego. Ahora el alcance de los
fusiles era de 1.000 metros por lo que su despliegue era imposible a
menos de esa distancia y con blancos echados cuerpo a tierra la potencia
de los cañones disminuía vertiginosamente. Cierto es que
existía una munición de fusible que podía hacerse estallar en el aire
por encima de la tropa enemiga, pero aún no contaba con el refinamiento
técnico necesario.
Desde 1850 Alfred Crupp propuso a las autoridades prusianas la
introducción de tubos de acero para la artillería consiguiendo en 1859
que trescientos entraran en servicio. Hacia 1860 se introdujo la artillería
de retrocarga, lo que mejoró las prestaciones de los cañones. Al no
tener sistemas de retroceso, después de cada disparo debían ser repuestos
en posición y apuntados, esto llevó a que hacia fin de siglo
comenzaran a usarse sistemas de retroceso a resorte o a gas, lo que
mantenía la pieza en posición. En 1893 los franceses desarrollaron un
sistema de compensación hidrostático y un aparato recuperador que
dio origen a la famosa pieza de 75mm adoptada en 1897. Estas piezas
podían mantener una cadencia de fuego de seis disparos por minuto,
incrementables hasta veinte y con un alcance de siete kilómetros.
Como igualmente resultaban vulnerables a la infantería, los cañones
comenzaron a portar una coraza detrás de la cual los sirvientes podían
operarlos sin peligro.
Junto con estas armas comenzó el desarrollo de otra cuyo primer
nombre fue mitrailleuse. Desarrollada en Francia bajo la tutela de
Napoleón III, aunque estaba disponible para 1870, no contaba con
una adecuada doctrina de empleo. Considerada un secreto, pocos
sabían de su existencia y los que la conocían no sabían como usarla.
Las primeras ametralladoras contaban con una ayuda mecánica
para la repetición del disparo, como el caso de las manibelas de las
armas Gatling, recién en 1884 Hiram Maxim, un norteamericano
trabajando bajo la tutela económica inglesa desarrollará la primera
ametralladora verdaderamente efectiva que alcanzará los 600 disparos
por minuto.
Rusia fue uno de los primeros paises en incorporar ametralladoras
a su ejército, adquirió cien en 1865, para 1880 contaba con más de
cuatrocientas y en la guerra ruso – japonesa cada división tenía al
menos una compañía de ametralladoras, mientras que los japoneses
sólo las incorporaron después de ver como su enemigo las empleaba
en batalla. En la Argentina las ametralladoras fueron introducidas por
Domingo Faustino Sarmiento durante su presidencia entre 1868 y
1874.
Todos estos cambios tecnológicos ponían como arma determinante
del campo de batalla a la infantería y como su método de combate
el empleo del fuego y la lucha a distancia. La gran perdedora en estos
cambios resulta ser la caballería, presentando un blanco inmenso y
con escasa potencia de fuego. Su maniobrabilidad y velocidad resultaban
ahora inútiles pues se veían contrarrestadas por la rapidez, potencia
y alcance del fuego de fusilería y artillería.
La forma de hacer la guerra cambiará también gracias a dos inventos
no militares. Por un lado el ferrocarril facilitará la movilización,
concentración, despliegue y transporte de tropas. Con el tiempo se
aplicará igualmente a la efectiva distribución de abastecimientos. La
telegrafía, alámbrica primero e inalámbrica después brindará a los
ejércitos un medio de comunicación rápido y a grandes distancias
mejorando los sistemas de comando y control.
En el campo militar se introducirán otras mejoras, la más importante
y fundamental es el establecimiento de un efectivo sistema de
Estado Mayor a partir del modelo prusiano. El Estado Mayor perfeccionado
por Helmuth von Moltke no sólo estableció los métodos y
procedimientos del Estado Mayor moderno para poder conducir
grandes ejércitos a largas distancias, sino que además incluyó en su
evolución las nuevas tecnologías disponibles. El Estado Mayor Prusiano
introdujo de manera evidente y formal el estudio de la historia
militar y la estrategia como elemento fundamental para desarrollar
una fuerza armada eficiente. El empleo de estas disciplinas como
fuente de preparación y perfeccionamiento profesional militar se
repetirá en el “Ejército de los 100.000” a partir de 1920. La organización
prusiana fue rápidamente copiada en casi todo el mundo.
La moderna tecnología en armas favorecía notoriamente el ejercicio
de la defensa por sobre las operaciones ofensivas. Moltke señalaba”
Está absolutamente más allá de duda que el hombre que dispara
sin agitación tiene la ventaja sobre quién dispara mientras avanza,
aquel encuentra protección en el terreno, donde el otro halla obstáculos,
entonces, si al más animoso arrojo se le opone una serena fir
meza esto hace al efecto del fuego, hoy en día tan poderoso, que
determinará el resultado.”59
La innegable verdad enunciada por Moltke, no tuvo la misma autenticidad
para todos los militares de fines del siglo XIX. Algunos
expertos opinaban que el aumento del poder de fuego permitía disminuir
el número de efectivos reservados a la defensa y que ese sobrante
de personal podía destinarse a engrosar las fuerzas aplicadas a
operaciones ofensivas. Esto proveería de suficientes hombres para las
siempre exigentes maniobras de envolvimiento.
Hubo especialistas que sin despreciar lo dicho, interpretaron que
al mayor poder de fuego potenciaba también a las fuerzas atacantes,
las que empleadas en mayor número que las defensoras podían arrollarlas
fácilmente. Ninguna de las dos teorías avizoraba el hecho de
que la defensa contaba con un mayor aplomo para hacer puntería e
incluso incrementar la cadencia de fuego, lo que contendría casi cualquier
ataque. Y que esas características unidas al mayor alcance podrían
fácilmente inmovilizar cualquier maniobra de envolvimiento.
Estas ideas contrarias a la realidad se sostuvieron aún a través de la
evidencia ofrecida por sucesivas guerras. Es posible admitir con cierta
flexibilidad que los ejemplos de la Guerra de las Seis Semanas (1866)
o de la Guerra Franco Prusiana (1870-1871), no fueran concluyentes.
Más duro de aceptar es el rechazo de las pruebas ofrecidas por la
Guerra Civil Norteamericana (1861-1865) bajo el argumento de que
se trataba de una guerra de aficionados o de “dos turbas armadas”
como dijera Moltke. Lo que sí resulta incomprensible es que se cerrara
los ojos a las duras experiencias de las Guerras Anglo-Boer (1899-
1902) y Ruso-Japonesa (1905-1905).
Aunque no hay una explicación directa y única acerca del por qué
de estas ideas, que fueron expuestas bajo una elaboración académica
de relevancia, podemos señalar que la preeminencia que se dio al
valor de la moral de la tropa tuvo una gran influencia sobre ellas. Es
esta la época en que la obra del Coronel Ardant du Picq “Estudios de
Batallas”, cuya primera publicación parcial se hizo en 1868 y su versión
completa en 1880, cobra adeptos en el campo militar bajo la idea
de la fuerza moral, con la deformación de apoyarse casi con exclusividad
en ella.
La resultante fue una especie de reminiscencia medieval donde
la exaltación moral y los valores de valentía, el “elan” francés y la idea
de ataques incontenibles, sumergieron a la táctica en la solución del
ataque frontal para todo problema de batalla. Este pensamiento nutrirá
en mayor o menor medida las doctrinas militares europeas con las
que sus ejércitos llegarán a la Primera Guerra Mundial.
La ya peligrosa concepción del empleo principal del choque y la
bayoneta se agravó cuando los comandantes comenzaron a preocuparse
por la falta de control que podían ejercer sobre la masa de escaramuzadores,
lo que llevará a abandonar su doctrina de empleo para
retornar a los ataques en densas líneas y columnas de batallón. Esto
agotará la última protección que tenía la infantería en el ataque consistente
en su capacidad de Dispersión.
Por supuesto que para poder emplear semejantes tácticas se necesitaban
muchos hombres, los que dijimos no estaban disponibles
porque luego de las Guerras Napoleónicas los ejércitos se redujeron.
Los prusianos para solucionar este problema desarrollaron la idea de
mantener un ejército profesional que contaba con una masa de conscriptos
por períodos de tres años a los que instruía en las prácticas
militares, éstos permanecían luego en la reserva durante cinco años;
ambas fuerzas constituían el ejército activo en caso de guerra; que
además contaba con la Landwehr, que era una milicia regional que
también podía movilizarse en apoyo del ejército. El sistema fue aplicado
por varias naciones europeas.
Aunque el ferrocarril había resuelto el problema del transporte de
semejantes fuerzas, quedaba pendiente el del equipamiento y abastecimiento
de las mismas. La respuesta la dio la revolución económica
europea del siglo XIX que afectó la industria, la agricultura y el
comercio. Ella permitió que se pudieran mantener ejércitos equivalentes
al diez por ciento de la población nacional, mientras que un
siglo antes apenas se alcanzaba el tres por ciento.
En otro sentido, sin que resulte una novedad aparece un tipo de
guerra que adquiere una personalidad propia dentro de lo que genéricamente
podemos llamar guerras coloniales; esta es la guerra de guerrillas.
Se manifiesta especialmente en Cuba como reacción a la
opresión española y en África del Sur en las primeras reacciones de
los Boers en desafío de Inglaterra.
Estas guerrillas actuaban efectuando razias y golpes de mano contra
objetivos de carácter logístico, como ferrocarriles, depósitos de
agua, puentes o establecimientos de carácter económico. La respuesta
de las potencias colonialistas la inició España por medio del establecimiento
de lo que se conoce con el nombre de la Trocha. Las
guerrillas actuaban en pequeños grupos, eran muy móviles y no fáci
les de identificar, por lo que los españoles para coartar su libertad de
movimiento, dividieron a Cuba en tres segmentos separados por dos
trochas guarnecidas de alambradas de púas y casetas con la idea estratégica
de ir acorralando a los insurrectos. Algunos intereses internacionales,
especialmente con Estados Unidos, impidieron que se
completara el plan.
Por su parte los ingleses practicaron un sistema similar en África
logrando numerosos fraccionamientos del terreno mediante el empleo
de 9.000 casetas y 8.000 kilómetros de alambres de púas.
Estos procedimientos, si bien tenían éxito en la captura de guerrilleros,
generaban problemas logísticos a la población, pues cortaban
las líneas de comunicación y transporte, para solucionar esto, se crearon
campos donde se reunía a la población amiga para proveerles de
elementos de subsistencia y vivienda, aunque no siempre éstos fueron
suficientes, provocando hacinamiento y enfermedad. Hay quienes
señalan que estos campos también se emplearon para retener
prisioneros y éste sería el origen de los tristemente conocidos campos
de concentración.

58 Doughty, R. 1996 Warfare in the Western World, Vol I, pg. 327, Massachusetts,
D.C. Heath and Company
59 Jones, Archer.,1987 “The Art of War in the Western World”pg.401,New
York ,Oxford University Press.

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